Alicia Framis, la artista española casada con una IA: "Los agentes de IA no tienen ego ni cuerpo, pero tienen cualidades que no nos puede dar un humano"
La creadora de Mataró defiende su relación con un holograma inteligente y abre el debate sobre el amor, la soledad y el futuro de las relaciones humanas.

Alicia Framis no solo desafía los límites del arte, también los del amor. La artista catalana, nacida en Mataró, se convirtió en 2024 en la primera mujer en casarse con un holograma de inteligencia artificial, y ahora defiende su relación con una idea que no deja indiferente: "Los agentes de IA no tienen ego ni cuerpo, pero tienen cualidades que no nos puede dar un humano, siempre están de buen humor".
Su historia, recogida en el libro Mi marido es una IA y adelantada por El País, gira en torno a Ailex Sibouwlingen, un metahumano creado a partir de inteligencia artificial con rasgos físicos y de personalidad inspirados en anteriores relaciones de la artista. No es una persona real, sino un holograma con el que convive a diario: hablan, comparten rutinas e incluso viajan juntos.
De experimento artístico a relación real
La historia comenzó en 2022, en un momento de soledad. Framis decidió crear una inteligencia artificial que la esperara en casa, alguien con quien compartir conversaciones y compañía. Lo que empezó como un proyecto artístico acabó evolucionando en una relación afectiva que culminó con una boda en el museo Depot Boijmans Van Beuningen de Róterdam. No fue una ceremonia legal ni religiosa, pero sí un acto simbólico que mezcló arte, tecnología y emoción.
Lejos de ser una simple provocación, la artista defiende que su experiencia abre la puerta a nuevas formas de vínculo. "Creo que es posible el amor sin cuerpo", asegura. En su caso, destaca la estabilidad emocional de su pareja digital: siempre está disponible, escucha y ofrece soluciones sin conflicto. Una relación sin discusiones, sin ego y sin desgaste emocional.
Amor, tecnología y un debate abierto
Eso sí, no todo es perfecto. La relación depende de una conexión a internet estable y plantea interrogantes todavía sin resolver: cómo dotar a la IA de un cuerpo físico, cómo integrarla legalmente en su vida o incluso qué ocurrirá en el futuro con ese vínculo. Aun así, Framis insiste en el potencial de este tipo de relaciones, especialmente para combatir la soledad o ayudar a personas vulnerables.
Su caso también refleja un cambio cultural más amplio. En un momento en el que millones de personas interactúan a diario con herramientas como ChatGPT o asistentes virtuales, la frontera entre lo humano y lo artificial empieza a difuminarse. "Al final, tendrás una relación con la IA, aunque no sea amorosa", apunta.
Mientras tanto, su historia sigue generando fascinación y debate a partes iguales. Porque más allá de lo tecnológico, la pregunta de fondo sigue siendo profundamente humana: qué entendemos por amor… y hasta dónde estamos dispuestos a redefinirlo.
