Cientos de familias hacen colas de dos horas y media para llevarse bolsas de ropa de segunda mano por 2 euros al año: "Cuando ves la cantidad de ropa que se tira, es inadmisible"
"¡Está en muy buen estado, algunas prendas casi nuevas!”, asegura un beneficiado.
Cuando el dinero no alcanza y el coste de vida aprieta, muchas familias se ven obligadas a agudizar el ingenio para cubrir necesidades básicas. Desde intercambiar ropa hasta acudir a iniciativas solidarias, cualquier alternativa cuenta para estirar el presupuesto sin renunciar a lo esencial. En ese contexto, propuestas como las tiendas de segunda mano con fines sociales se han convertido en un salvavidas para cientos de hogares.
Es lo que está ocurriendo en la ciudad francesa de Amiens, donde cientos de personas acuden cada fin de semana a las llamadas “friperies”, espacios solidarios en los que, a cambio de una cuota simbólica, pueden llevarse bolsas de ropa de segunda mano en buen estado. La alta demanda refleja una realidad cada vez más extendida: familias que, ante la falta de recursos, encuentran en este tipo de iniciativas no solo un apoyo económico, sino también una forma de acceder a prendas dignas sin gastar demasiado.
Detrás de esta iniciativa está la asociación Les Robin.e.s des Bennes, que organiza estos mercadillos solidarios con un objetivo claro: dar una segunda vida a la ropa y hacerla accesible a quienes más lo necesitan. Para acceder a estas prendas basta con pagar una cuota anual de apenas dos euros, que permite acudir durante todo el año y beneficiarse también de otras ayudas. Sin embargo, la demanda es tal que el tiempo de espera llegó a las dos horas y media y se llegaron a distribuir varias toneladas de prendas en apenas unas horas.
Entre 500 y 600 personas
Para muchas personas la iniciativa no solo supone un ahorro económico, sino también dignidad y sorpresa por la calidad de las piezas encontradas. "¡Está en muy buen estado, algunas prendas casi nuevas! ¡Tenemos ropa para todo el año!", exclama Élodie en declaraciones recogidas por Franceinfo, que vino a renovar el armario de su hija. “Cuando ves la cantidad de ropa que termina en el vertedero, es inaceptable”, añade.
“Vine a buscar ropa para mi hijo. Pantalones, camisetas y suéteres, porque todavía hace bastante frío”, explica Cindy mientras rebusca entre los contenedores de ropa instalados en el municipio. Como madre con recursos limitados, encuentra en esta iniciativa una ayuda imprescindible para vestir a su hijo sin que el gasto suponga un problema, especialmente en una etapa en la que los niños crecen rápido y la ropa deja de servir en cuestión de meses.
Raphaël Patin, voluntario de la asociación, confirma la presión que generan estas jornadas: “De media, durante un fin de semana de ropa gratuita, recibimos entre 500 y 600 personas y distribuimos entre 2 y 2,6 toneladas de ropa”, señala. La asociación gestiona un flujo constante de donaciones, pues recoge y redistribuye grandes volúmenes, de modo que el stock se renueva con regularidad y no suele haber escasez inmediata.
El origen de esas montañas de prendas es variado: desde donaciones vecinales hasta ropa procedente de recogidas en empresas y comercios que prefieren dar una segunda vida a lo que ya no usan. “La mayoría provienen de una pequeña cosecha que se realiza en la empresa donde trabajo; mis compañeros me las dan cuando están ordenando sus armarios”, cuenta Jessica, que habitualmente deposita toneladas de ropa en los puntos de entrega.