Dime dónde vives y te diré cuándo mueres: la brecha de la esperanza de vida en Europa se dispara desde 2005
Un estudio detecta que mientras regiones europeas siguen ganando años de vida, otras se estancan o retroceden, con el lugar de residencia convertido en elemento decisivo.

Durante décadas, Europa se acostumbró a una idea tranquilizadora: cada generación viviría un poco más que la anterior, casi como una ley no escrita del progreso. Ese consenso implícito empezó a resquebrajarse a mediados de los años 2000. Desde entonces, el mapa de la esperanza de vida en Europa occidental dibuja una fractura cada vez más nítida entre territorios que avanzan y otros que se quedan atrás. No es una metáfora: el lugar donde se vive condiciona cuántos años cabe esperar vivir.
Esa es la principal conclusión de un trabajo firmado por investigadores del del Instituto Nacional de Estudios Demográficos (INED) y del Instituto Federal Alemán de Investigación Demográfica (BiB), publicado el pasado 24 de enero en la revista Nature Communications y difundido por Le Monde. El estudio analiza la evolución regional de la esperanza de vida en Europa occidental entre 1992 y 2019 y detecta una “Europa de la longevidad a dos velocidades” que se consolida tras una clara ruptura en torno a 2005.
Entre 1992 y ese año, los investigadores describen una especie de “edad de oro”. Las ganancias en esperanza de vida eran estables y generalizadas: alrededor de tres meses y medio por año en los hombres y dos meses y medio en las mujeres. Además, las regiones que partían con peores indicadores avanzaban más rápido, lo que permitía reducir las diferencias territoriales. Vivir en un departamento u otro importaba, pero cada vez un poco menos.
Ese patrón se rompe a partir de mediados de la década de 2000. En 2018-2019, las ganancias medias se habían reducido prácticamente a la mitad: 55 días al año para los hombres y 35 para las mujeres. Lo relevante no es solo el frenazo, sino su distribución desigual. Mientras las regiones “de vanguardia” mantienen una progresión relativamente estable, los territorios rezagados ven cómo el avance se estanca o incluso se invierte.
Francia ofrece un ejemplo claro de esa divergencia. En 2019, la esperanza de vida femenina alcanzaba los 87,33 años en París, frente a los 83,44 en el departamento de Aisne. Entre los hombres, la diferencia era de casi seis años entre los 82,66 de Hauts-de-Seine y los 76,7 del Pas-de-Calais. “Los departamentos que estaban a la cabeza a comienzos de los años noventa eran numerosos, especialmente en el oeste y el suroeste en el caso de las mujeres, pero se observa una desaparición progresiva de Francia del grupo de regiones en avance”, explica Florian Bonnet, investigador del INED y principal autor del estudio. Según los últimos datos disponibles, en 2025 la esperanza de vida media en Francia se sitúa en 85,9 años para las mujeres y en 80,3 para los hombres.
El fenómeno no se limita a un solo país. El norte de Italia y Suiza han emergido como nuevas zonas de alta longevidad, mientras que Alemania presenta el patrón inverso. “Ninguna región alemana ha figurado nunca entre el 10% con mayor esperanza de vida en Europa occidental”, subraya Pavel Grigoriev, investigador del BiB. Entre 1992 y 2019, además, han aparecido nuevas áreas rezagadas en el oeste y el norte del país, cuando a comienzos de los noventa esa situación se concentraba en la antigua Alemania del Este.
¿Dónde está la clave de ese giro? Los análisis apuntan de forma consistente a la mortalidad en el grupo de edad de 55 a 74 años. “Las regiones que se descuelgan después de 2005 son aquellas donde la mortalidad en ese tramo se estanca o vuelve a aumentar”, señala Bonnet. En Francia, el efecto se relaciona con comportamientos de riesgo persistentes: el tabaquismo, en aumento entre las mujeres desde los años setenta, y el consumo de alcohol. En Alemania, las diferencias regionales en la prevalencia del tabaco explican una parte sustancial de las variaciones de mortalidad, especialmente entre las mujeres.
Los autores introducen también otros factores estructurales. Las comparaciones regionales se basan en el lugar de residencia en el momento de la muerte, lo que implica que las migraciones internas y desde Europa del Este hacia el oeste del continente pueden haber influido en los resultados. “Las poblaciones con mejor salud han podido concentrarse en zonas en crecimiento”, apunta Bonnet. A ello se suma el impacto de la crisis financiera de 2008, que intensificó la polarización económica y territorial, dejando áreas enteras fuera de los beneficios de una economía cada vez más orientada a los servicios.
El Reino Unido presenta una dinámica particular. En Escocia, donde la esperanza de vida es especialmente baja, los investigadores señalan el aumento de la mortalidad entre los 35 y 54 años en los años previos a la pandemia. Se trata del fenómeno conocido como “muertes del desespoir”, vinculado al abuso de alcohol, drogas y al suicidio. Aunque en Europa es mucho menos acusado que en Estados Unidos, aparece con mayor intensidad en Escocia y en Irlanda del Norte. “Nuestros trabajos en curso sugieren incluso un aumento de estas muertes relacionadas con el alcohol entre los mayores de 65 años en algunas regiones”, advierte Bonnet.
Más allá del diagnóstico territorial, el estudio lanza un mensaje de fondo: el freno observado no implica que Europa haya alcanzado un límite biológico inamovible. Las grandes áreas metropolitanas, como París o Londres, siguen registrando avances significativos en longevidad. Para los autores, identificar con precisión las zonas donde se vive más y donde se vive menos debería servir para orientar políticas de salud pública más específicas y una mejor asignación de recursos sanitarios.
Jay Olshansky, profesor de salud pública en la Universidad de Illinois en Chicago, que no participó en la investigación, introduce una nota de cautela. A su juicio, incluso en un contexto de fuertes desigualdades espaciales, “es esperable un ralentamiento del ritmo de mejora de la longevidad humana”. A medida que más personas alcanzan edades muy avanzadas, el peso del envejecimiento biológico aumenta y limita, de forma casi mecánica, las ganancias futuras. La novedad, según muestra el estudio, es que ese límite no se manifiesta de igual forma en todos los lugares. En la Europa del siglo XXI, vivir más o menos sigue dependiendo, cada vez más, de dónde se viva.
