Jaime Martínez Valderrama, científico del CSIC: "La desertificación no es que avance el Sáhara: es mala planificación, y nosotros la estamos creando"
Según el experto, el error más común es confundir paisajes áridos con degradación ambiental real.
Si piensas en desertificación, probablemente te venga a la cabeza la imagen de dunas avanzando, tierra seca y el Sáhara "comiéndose" poco a poco otros territorios. Es una idea muy extendida, pero es incorrecta por una razón fundamental: la desertificación no es un fenómeno externo que avanza, sino un proceso que generamos nosotros.
Así lo explica el científico del CSIC Jaime Martínez Valderrama en el programa Hoy por Hoy Alicante de la Cadena SER, que insiste en cambiar el enfoque. Porque entender mal el problema lleva a aplicar soluciones equivocadas. Y eso, en un contexto de cambio climático y presión sobre los recursos, tiene consecuencias.
No, el desierto no "avanza"
Uno de los errores más repetidos en medios y redes es hablar de la desertificación como si fuera una invasión del desierto. Pero la ciencia lo descarta.
La desertificación es la degradación de zonas áridas causadas por dos factores combinados: el clima (como las sequías) y, sobre todo, la actividad humana. Sin ese componente humano, no se puede hablar propiamente de desertificación.
Esto cambia completamente el marco. No se trata de frenar algo que viene de fuera, sino de revisar lo que se hace dentro:
- Sobreexplotación de acuíferos.
- Deforestación.
- Uso intensivo del suelo.
- Mala planificación del territorio.
Es decir, no es un problema natural inevitable, sino en gran parte una consecuencia de decisiones humanas.
Las imágenes que confunden
Otro de los grandes fallos es visual. Muchas informaciones ilustran la desertificación con imágenes espectaculares de desiertos o paisajes erosionados. El problema es que esas fotos impactan... pero engañan.
En España tenemos el caso del desierto de Tabernas o las Bardenas Reales, que se utilizan con frecuencia como ejemplo. Sin embargo, estos paisajes no son el resultado de desertificación reciente, sino formaciones naturales o históricas.
Tabernas, en Almería, es un entorno árido por condiciones climáticas y Las Bardenas presentan formas erosionadas, pero no implican necesariamente degradación actual.
Confundir estos escenarios con desertificación lleva a un error de base: pensar que el problema es el paisaje en sí, cuando en realidad el problema es la pérdida de funcionalidad ecológica del territorio.
Un concepto clave: degradación irreversible
Hay otro matiz importante: incluso los desiertos pueden identificarse. Puede parecer contradictorio, pero no lo es. Un desierto es un ecosistema poco productivo por razones climáticas, pero sigue teniendo vida y recursos. Por ejemplo, muchos de los mayores acuíferos del planeta están bajo zonas desérticas.
Cuando esos recursos se explotan de forma intensiva —por ejemplo, extrayendo agua sin control— se produce degradación. Y ahí sí hablamos de desertificación.
El problema es que en estas zonas el equilibrio es muy frágil, como explica el experto en la entrevista. El agua escasea y los procesos naturales son lentos. Por eso, cuando se rompe ese equilibrio, la recuperación es extremadamente difícil o incluso imposible a corto plazo.
El error que condiciona las soluciones
Entender mal la desertificación no es solo un problema teórico. Tiene consecuencias prácticas. Si se piensa que el desierto "avanza", la respuesta suele ser defensiva:
- Plantar árboles como barrera.
- Crear 'murallas verdes'.
- Intentar frenar un enemigo externo.
Pero si el origen está en casa, el enfoque cambia por completo. La solución pasa por gestionar mejor el agua, replantear los modelos agrícolas, evitar la sobreexplotación del suelo y planificar el territorio con criterios sostenibles.
España, un caso especialmente sensible
España es uno de los países europeos más vulnerables a este fenómeno. Según datos del Ministerio para la Transición Ecológica, alrededor del 74% del territorio está en riesgo de desertificación.
Esto no significa que todo se convierta en desierto, sino que existe un alto grado de presión sobre los recursos y un riesgo real de degradación si no se gestionan bien. Y aquí vuelve la idea central del científico del CSIC: no es algo que vaya a pasar, es algo que ya está ocurriendo en parte y que depende de cómo actuemos.
La desertificación no tiene la épica visual de un desierto avanzando. Es más silenciosa, más compleja y, sobre todo, más incómoda. Es, en gran medida, cómo usamos los recursos que ya tenemos. Y eso cambia todo.