Las llaman "flores de piedra" y de ellas sale el agar-agar: así trabajan las últimas recolectoras de algas de un pueblo de Taiwán
"Es un trabajo duro, si te golpea una ola puedes lastimarte", cuenta una de ellas.

Antes de llegar a los supermercados convertido en un ingrediente habitual de postres, bebidas o productos alimentarios, el agar-agar comienza su viaje entre las rocas de la costa de Taiwán. Allí, un puñado de mujeres sigue desafiando al mar para recoger a mano las llamadas "flores de piedra", una tradición que ha pasado de generación en generación y que hoy lucha por sobrevivir frente al paso del tiempo y la falta de relevo.
En el pequeño pueblo costero de Magang, situado en el extremo noreste de la isla, apenas cuatro mujeres continúan dedicándose a esta labor de forma habitual. Todas superan los 70 años y forman parte de las conocidas como hainu o "mujeres del mar", las últimas guardianas de un oficio artesanal que consiste en recolectar algas del género Gelidium, de las que posteriormente se extrae el agar-agar mediante un largo proceso de secado, limpieza y cocción.
Entre ellas está Wu Feng-chiao, de 72 años, que lleva más de cinco décadas enfrentándose al oleaje del Pacífico para recoger estas algas. Con gafas de buceo, traje de neopreno y una red a la espalda, conoce cada roca de la costa y sabe que un descuido puede acabar en una caída. "Es un trabajo duro, si te golpea una ola puedes lastimarte", explica la mujer en declaraciones recogidas por Ouest-France, quien asegura que aprendió este oficio de su padre cuando apenas era una adolescente.
Un oficio en apuros
El trabajo no termina en el mar, sino que tras cargar sacos de entre 20 y 25 kilos por un terreno resbaladizo, las recolectoras extienden las algas al sol durante unos cuatro días para secarlas. Después las limpian varias veces y las hierven para extraer el agar-agar, una sustancia gelatinosa utilizada tanto en bebidas y postres como en la industria alimentaria, farmacéutica y científica por su capacidad para formar geles naturales.
Con apenas 300 gramos de algas secas pueden elaborarse alrededor de medio centenar de botellas de una popular bebida refrescante de agar-agar que forma parte de la gastronomía local. Este oficio es tan emblemático en la cultura local que durante la primavera, cuando la cosecha alcanza su mejor momento, las carreteras de la costa se llenan de mantos de algas secándose al sol, conformando una imagen de lo más característica del noreste taiwanés.
En Magang apenas quedan cuatro mujeres que continúan saliendo al mar, todas ellas mayores de 70 años, mientras los jóvenes optan por marcharse a las ciudades en busca de otras oportunidades. Por si fuera poco, a la falta de relevo se suma que cada vez hay menos algas. Más concretamente, este año la presencia de "flores de piedra" ha disminuido notablemente, mientras el desarrollo urbanístico también amenaza la tranquilidad del pueblo.
Pese a las dificultades, Wu Feng-chiao sigue acudiendo a la costa cada vez que el mar se lo permite. “A veces, simplemente no puedo resistirme. Como ayer, no tenía pensado ir, pero al ver la calma del mar, no pude evitarlo”, confiesa. Para ella, recolectar estas algas es una forma de mantener viva una parte de la historia de Taiwán que podría desaparecer cuando las últimas hainu cuelguen definitivamente sus redes.
