Lamine Yamal tenía 2 años y Pedri 7: así era España la última vez que jugó una semifinal de un Mundial
España amanece en semifinales el mismo día en que Iniesta la hizo campeona hace 16 años: esto es todo lo que ha pasado entre las dos alegrías.

Suena el himno de España en un escenario de película, un estadio casi infinito en plena ciudad de las estrellas. En ese instante, justo cuando parece que el planeta se para, un chaval de (aún) 18 años llamado Lamine levanta la mirada al cielo y, consciente de que los focos siempre le apuntan, acto seguida le guiña un ojo a la cámara. Un gesto mínimo, pero que lo contiene todo: hay futbolistas que se esconden cuando aparecen los focos y otros que se agigantan. Lamine es de los segundos, y aunque su estrella no luzca la más brillante en este Mundial 2026, sigue marcando el camino de una generación extraordinaria que metió anoche a España en semifinales de una Copa del Mundo por segunda vez en su historia. Dieciséis años, una eternidad en vidas futbolísticas, esperando una frase así.
Para calibrar el tamaño de la palabra semifinal hay que recordar de dónde viene España. El calendario se pasó casi un siglo atormentándola: siempre favorita en las vísperas, casi siempre de vuelta a casa antes de tiempo y a menudo de la manera más cruel, con los cuartos de final convertidos en maleficio, en el fotograma exacto donde se cortaba siempre la película. Sucedió con Tassotti y su codazo a Luis Enrique, con Joaquín y su desesperación ante Corea del Sur y tantos otros capítulos. De ahí que este sábado sepa a desagravio: España amanece en semifinales de un Mundial precisamente un 11 de julio, dieciséis años exactos, día por día, después de que Andrés Iniesta enganchara en Johannesburgo la volea que la hizo campeona del mundo por primera y única vez.
De Durban a Los Ángeles
La semifinal del martes solo tiene un precedente, y hay que retroceder esos mismos 16 años para encontrarlo. En concreto, hasta el 7 de julio de 2010, en estadio Moses Mabhida de Durban, al minuto 73 de aquel encuentro: Xavi pone un saque de esquina, Carles Puyol sube al área convencido de su destino y su cabezazo tumba a Alemania (1-0). Aquella noche todo el país se fue a la cama con un mismo sueño.
Esa España, la de la generación de Casillas, Xavi, Iniesta y Villa, llevaba dos años mirando al resto del planeta desde lo más alto, y cuatro días después levantaría el Mundial para dejar claro quién mandaba en el planeta fútbol. Palabras mayores. Y fue un 11 de julio, exactamente el día que marca hoy el calendario. Caprichos del destino. Y de la FIFA, claro.
Y es que dieciséis años dan para mucho, porque el fútbol no espera a nadie. Los futbolistas de la selección que anoche doblegó a Bélgica (2-1) ni vio ni casi vivió ese Mundial de Sudáfrica. Como mucho lo fueron aprendiendo a través de las repeticiones que hemos visto desde entonces una y mil veces en televisión: Rodri, hoy capitán, tenía 14 años; Unai Simón, 13; Marc Cucurella, 11. Álex Baena tenía 8 y Pedri, 7, la edad de los que juran recordar el gol de Iniesta, aunque probablemente recuerden la repetición. Pau Cubarsí tenía 3 años.
Lamine, el que anoche acaparaba los focos en Los Ángeles tenía dos años. Precisamente de él sí queda una instantánea de la época, la que conoce todo el mundo. La de un joven Messi de 20 años sosteniendo en un barreño, para un calendario solidario, a un bebé de cinco meses. Era Lamine. Cumplió los 3 dos días después de la final.
En el vestuario actual solo un hombre vivió Durban con edad para sacarse el carné de conducir: Luis de la Fuente, que entonces tenía 49 años y ha cumplido los 65 en plena concentración de este Mundial.
No es una cuestión de nostalgia, sino de relevo, y los números lo dicen sin ternura. Unai Simón dejó el listón en los 649 minutos sin encajar gol en los Mundiales, una cifra que pulveriza los 517 del italiano Walter Zenga, intocables desde 1990, y que deja atrás las cinco porterías a cero con las que Iker Casillas sostuvo los cruces de Sudáfrica.
Ni siquiera el balón significa ya lo mismo. La España de 2010 pasó a la historia como la del tiki-taka, aunque la memoria maquilla el expediente: aquel equipo empezó el torneo perdiendo con Suiza, ganó el Mundial con 8 goles en siete partidos (fue el campeón menos goleador de la historia) y resolvió las cuatro eliminatorias por 1-0. Más efectiva que efectista. La de 2026 ha dejado de disimular: la posesión ya no es un ideal estético, sino un instrumento de castigo y, sobre todo, de defensa pasiva.
España desgasta, aburre y espera el error, porque quien tiene la pelota no puede encajar. El rival vive en un dilema sin salida: si presiona arriba, regala la espalda; si se encierra, cede el mando. Dieciséis años después, la pelota sigue siendo española; lo que ha cambiado es el motivo por el que la quiere.
Del pulpo Paul a los vídeos de TikTok
No solo ha cambiado la Selección. El país entero es muy distinto al que celebró hace dieciséis años la primera clasificación de España para unas semifinales de un Mundial. Entonces la ilusión de la afición tuvo un inesperado compañero de viaje: el pulpo Paul, un pequeño cefalópodo nacido en Reino Unido que vivía en el acuario Sea Life de la ciudad alemana de Oberhausen y que se convirtió en el oráculo más famoso del planeta.
Paul acertó todos los pronósticos de España en el Mundial de Sudáfrica, tantos como tentáculos tenía, y acabó convertido en un fenómeno global. Murió apenas unos meses después de la final, pero su recuerdo sigue formando parte del imaginario colectivo de aquel verano. Incluso el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, hoy de nuevo en el candelero por razones muy evidentes, llegó a bromear con que le preocupaba el estado de salud del animal.
Ha llovido desde entonces. Cuando España alcanzó por primera vez unas semifinales mundialistas apenas se comentaban los partidos por WhatsApp. Los smartphones todavía no habían conquistado los bolsillos de la mayoría de los españoles y, aunque BlackBerry empezaba a ganar terreno, muchos celebraron los goles con SMS, zumbidos de Messenger, mensajes en Tuenti o las ya casi olvidadas perdidas.
Entonces Donald Trump era un casi desconocido magnate de Nueva York cuyo nombre apenas había llegado a estas latitudes. Barack Obama llevaba apenas un año y medio en la Casa Blanca, pero su yes we can conquistó todo el planeta. Entonces Ciudadanos era un partido catalán, Podemos un verbo y Vox una marca de diccionarios. Y quedaban todavía meses para que una acampada en la madrileña Puerta del Sol lo pusiera todo patas arriba.
No había bailes de TikTok pero sí muchas bromas con las vuvuzelas. El país lo daba todo con el Waka Waka, sí; pero también con Danza Kuduro de Don Omar y se ponía intenso con Love the Way You Lie de Eminem y Rihanna. Juego de Tronos no se había estrenado aunque el final de Lost estaba dividiendo al planeta. Y todo ello sin que existiera siquiera Netflix aquí. La idea de una pandemia era ciencia ficción y lo del teletrabajo una utopía y el litro de gasolina costaba en torno a 1,15 euros. Pero no todo era rosa: el país también vivía con angustia.
España seguía inmersa en la Gran Recesión. El paro rondaba el 20% cuando hoy es de prácticamente la mitad (10,8%) y el salario mínimo era de 633 euros al mes, cuando ahora son 1.184. Con 633 euros la idea de ser mileurista era un sueño. Eso sí, lo que hoy son mileuristas son los contratos de alquiler en muchas ciudades españolas, donde no dejarse la mitad de la nómina en la renta se ha convertido misión imposible.
España era entonces un país muy diferente al que es hoy, pero vivía con la misma ilusión la llegada de su Selección a una semifinal de un Mundial. Entonces tocó Alemania. Ahora toca la Francia de Mbappé. Entonces resolvió Puyol con aquel legendario testarazo del 73. Lo que suceda el próximo martes... está todavía por escribir.
