Nacho Rodríguez, arquitecto: "En aras de la vocación también se socava la dignidad del profesional"
"Yo en ningún momento tuve un problema en decir: ‘Yo no quiero", asegura.
A veces la vocación se presenta como una especie de salvavidas emocional bajo la idea de que amar lo que haces basta para compensar cualquier sacrificio. Pero en la vida real, esto no siempre es así. Hay momentos en los que la pasión choca con alquileres imposibles, jornadas que no terminan y sueldos que no alcanzan, y entonces surge una cuestión: ¿hasta dónde debería llegar uno por su oficio sin perderse a sí mismo en el camino?
Esa pregunta es la que se plantea Nacho Rodríguez, arquitecto de una generación marcada por el estallido de la burbuja inmobiliaria. Recién salido de la carrera, cuenta cómo le pilló la crisis del ladrillo y se encontró con un mercado laboral prácticamente inexistente y con unas pocas oportunidades marcadas por unas condiciones cuestionables: jornadas de hasta cincuenta horas semanales por sueldos que apenas superaban los mil euros.
Frente a ese escenario, decidió apartarse de una dinámica que no le encajaba, poniendo sobre la mesa un debate incómodo pero necesario sobre los límites entre vocación y dignidad profesional. “Yo en ningún momento tuve un problema en decir: ‘Yo no quiero’”, resume en el podcast ‘Alzados y Caídos’, al explicar que rechazó entrar en dinámicas de jornadas interminables y sueldos bajos.
“Me parece esclavismo”
Durante su intervención, define aquella situación como “superprecaria” y la enlaza directamente con la idea de “esclavismo”, una palabra dura que sirve para subrayar el choque entre el relato romántico de la arquitectura y la realidad laboral de buena parte del sector. La entrevistadora le plantea precisamente esa contradicción: que la vocación se usa a menudo para justificar la precariedad.
“Sí, eso pasa. O sea, que en aras de la vocación se sacrifica la dignidad del profesional. Eso me parece muy turbio”, responde Nacho contundente. Su reflexión pone palabras a un malestar compartido por toda una generación de arquitectos que, más allá de casos individuales, han tenido que abrirse camino en un sector donde la precariedad se ha asumido durante años como parte casi inevitable del aprendizaje.
Esta idea no es algo nuevo, sino que ya en 2014 el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España (CSCAE) señalaba que la arquitectura vivía una precariedad extendida, con solo un 24% de profesionales por encima de los 1.000 euros mensuales y un 71% en situación de desempleo, empleo irregular o salarios inferiores a esa cifra. Más de una década después, testimonios como el de Nacho evidencian que, aunque el contexto haya cambiado, la profesión todavía busca equilibrar la pasión por el oficio con unas condiciones de trabajo dignas.