Quienes fueron niños en la década de 1960 recuerdan una libertad particular: salir de casa después del desayuno y no ser localizados hasta que se encendieran las farolas
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Quienes fueron niños en la década de 1960 recuerdan una libertad particular: salir de casa después del desayuno y no ser localizados hasta que se encendieran las farolas

Sin móviles, sin GPS y sin supervisión constante: una generación creció pasando el día entero en la calle y muchos expertos creen que aquello enseñaba habilidades que hoy se están perdiendo.

adasfasdfasfasdfasGetty Images

Cada vez es más raro ver a niños jugando al fútbol, al pilla-pilla, al escondite... menos aún a chapas, con peonzas o intercambiando cromos. Forma parte de otra época, primero por el crecimiento de la tecnología, pero también por la cada vez mayor preocupación por la seguridad, sobre todo en ciudades. Lo que antes era normal, ahora es impensable: tus hijos jugando horas en la calle o con amigos por ahí, sin saber incluso dónde están. Libertad frente a seguridad.  

Había una regla sencilla que millones de niños entendían perfectamente. Después del desayuno podían salir a jugar, recorrer el barrio, reunirse con amigos, inventar juegos y desaparecer durante horas. La única condición era regresar cuando se encendieran las farolas, un concepto que usa Ainura Kalau en su blog Artfulparent.

No hacían falta teléfonos móviles, mensajes de WhatsApp ni aplicaciones para compartir la ubicación. Tampoco existía la supervisión permanente que caracteriza gran parte de la infancia actual. Bastaba un acuerdo alcanzado por la mañana y una confianza mutua entre padres e hijos.

Para quienes crecieron durante las décadas de 1950, 1960 o 1970, aquel sistema resulta fácil de recordar. Para muchos niños de hoy, en cambio, parece casi una historia de ficción.

Sin embargo, psicólogos y sociólogos llevan años preguntándose si aquella libertad cotidiana proporcionaba algo que las nuevas generaciones están perdiendo.

Una infancia construida en la calle

La libertad infantil de los años sesenta no consistía simplemente en jugar al aire libre. Era una forma diferente de relacionarse con el mundo.

Los niños se movían en grupos de edades mezcladas. Los mayores cuidaban en cierta medida de los pequeños. Los conflictos se resolvían sin intervención inmediata de los adultos. Las reglas de los juegos se negociaban sobre la marcha y el aburrimiento obligaba a inventar nuevas formas de entretenimiento.

Los barrios funcionaban como auténticos ecosistemas infantiles. Parques, descampados, solares vacíos y calles poco transitadas se convertían en territorios que los niños exploraban y conocían al detalle. Aprendían a orientarse, a evaluar riesgos y a desenvolverse en situaciones inesperadas. Ese conocimiento no se enseñaba. Se adquiría.

Lo que hoy ha cambiado

La comparación con la infancia actual es evidente. Hoy gran parte del tiempo infantil transcurre entre escuela, actividades extraescolares, desplazamientos supervisados,

pantallas y espacios organizados por adultos. Los horarios están mucho más estructurados y la autonomía geográfica suele ser menor.

Muchos niños apenas recorren solos unas pocas calles alrededor de casa. En numerosos casos, cualquier desplazamiento implica la presencia de un adulto. Las ciudades también han cambiado. Los descampados han desaparecido, el tráfico es más intenso y las preocupaciones sobre seguridad tienen un peso mucho mayor que hace medio siglo.

Jonathan Haidt y la pérdida de la autonomía

Uno de los investigadores que más ha analizado este fenómeno es Jonathan Haidt, autor del libro La generación ansiosa. Haidt sostiene que una parte importante del desarrollo emocional y social de los niños ocurre precisamente cuando los adultos no están presentes

Según su tesis, las experiencias de autonomía permiten desarrollar capacidades como resolución de conflictos, negociación, tolerancia a la frustración, gestión del riesgo, independencia emocional y resiliencia.

El psicólogo defiende que los padres no deben dirigir cada interacción social de sus hijos, sino crear entornos seguros donde puedan aprender por sí mismos.

El miedo que cambió la crianza

La desaparición de aquella libertad no se produjo de golpe. Muchos investigadores sitúan el punto de inflexión en los años noventa, coincidiendo con varios fenómenos simultáneos: la expansión de los canales de noticias 24 horas, una mayor atención mediática a los secuestros infantiles, el crecimiento de la llamada crianza intensiva, y una cultura cada vez más orientada a minimizar cualquier riesgo.

Paradójicamente, numerosos estudios muestran que los secuestros por desconocidos seguían siendo extremadamente raros. Sin embargo, la percepción del peligro aumentó enormemente.

Y cuando suficientes familias dejaron de permitir que sus hijos jugaran solos, el sistema empezó a desmoronarse. Porque la libertad infantil dependía también de que hubiera otros niños en la calle.

Sin embargo, esto es más propio de Occidente. Se puede argumentar que un niño en China puede caminar solo por la noche sin problema por su régimen, pero Japón es una democracia y ocurre exactamente igual. La imagen de los niños japoneses con el uniforme y la mochila yendo solos caminando a la escuela es tan habitual como cualquier otra costumbre arraigada nipona. 

Lo que se perdió con las farolas

La nostalgia suele simplificar el pasado, pero muchos expertos creen que detrás de estos recuerdos existe una cuestión real. Lo que desapareció no fue simplemente el juego al aire libre. Lo que se perdió fue una forma de autogestión infantil.

Los niños de entonces aprendían a organizar su tiempo sin instrucciones constantes. Decidían qué hacer, con quién hacerlo y cómo resolver los problemas que surgían. Pasaban horas sin una agenda marcada. Y eso desarrollaba capacidades que hoy algunos investigadores consideran cada vez más escasas.

Una habilidad que ya casi no se enseña

Los adultos que crecieron bajo aquella regla de las farolas suelen recordar la experiencia de forma parecida. No hablan de ausencia de control ni de falta de afecto. Hablan de confianza.

La sensación de disponer de un día entero para explorar, aburrirse, improvisar y regresar a casa al anochecer dejó una huella duradera en muchas personas. 

La gran pregunta que plantean psicólogos como Haidt es si una generación que aprendió a gestionar sola sus tardes desarrolló habilidades emocionales diferentes a las de quienes han crecido bajo supervisión permanente. La respuesta sigue siendo objeto de debate.

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Redactor de El HuffPost. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Valladolid y Máster en Comunicación Corporativa en ESERP, ha trabajado como redactor, editor y coordinador en Grupo Merca2, así como redactor en Infodefensa y Business Insider, además de colaboraciones en otros medios y blogs como Wall Street International o La Voz del Basket. También realiza críticas de cine desde hace años.

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