Ramon, escolta de políticos amenazados: "Cuando voy a un restaurante con mi familia, elijo el sitio de forma táctica. Quiero visibilidad, y si la mesa no me convence, pido otra"
Tras dos décadas protegiendo a personas amenazadas, reconoce que la vigilancia permanente también ha cambiado su vida fuera del trabajo.

Para la mayoría de la gente, elegir una mesa en un restaurante depende de si está junto a la ventana, cerca del aire acondicionado o lejos del ruido. Para Ramón, esa decisión responde a una única pregunta: ¿desde dónde puedo controlar mejor lo que ocurre?
Después de veinte años trabajando como escolta de políticos y otras personas amenazadas en los Países Bajos, asegura que hay costumbres imposibles de dejar atrás. Incluso cuando disfruta de una comida con su familia, analiza la distribución del local, busca una posición que le permita vigilar las entradas y, si no le convence el sitio asignado, pide cambiar de mesa.
"Quiero tener buena visibilidad y, si la mesa no me convence, sin duda intentaré buscar otra", explica a AD. No vive esperando que ocurra un atentado, pero admite que la vigilancia constante forma ya parte de su manera de entender el mundo. "Estoy al tanto de lo que pasa y, además, soy muy protector con mi familia".
Su historia refleja cómo un trabajo pensado para proteger a otros puede acabar transformando también la vida privada de quienes lo desempeñan.
Entrenar para situaciones que nadie quiere vivir
Ramón forma parte de la unidad de seguridad de alto riesgo de la Gendarmería Real de los Países Bajos. Su misión consiste en garantizar que las personas bajo protección lleguen sanas y salvas a su destino, independientemente de quiénes sean.
Puede tratarse del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, de un ministro, de un alcalde o de cualquier ciudadano que haya recibido amenazas graves. "Toda vida humana vale lo mismo para nosotros", resume.
Para ello, los agentes entrenan de forma constante escenarios extremos. Practican con armas cortas y largas, escudos balísticos y simulaciones de ataques contra vehículos para aprender a evacuar rápidamente a la persona protegida.
Aunque este tipo de situaciones son poco habituales en los Países Bajos, el objetivo es que, si algún día llegan a producirse, cada movimiento salga de forma automática.
No todos los protegidos necesitan el mismo tipo de escolta
La amenaza determina el nivel de protección. Cuando el riesgo de atentado es elevado, los escoltas permanecen muy cerca de la persona protegida, como ocurre con algunos dirigentes políticos que aparecen rodeados permanentemente por agentes.
Sin embargo, en otras ocasiones sucede justo lo contrario. Ramón explica que muchas personas amenazadas prefieren mantener un perfil bajo y que una presencia excesivamente visible podría llamar la atención sobre ellas. "A veces, el anonimato es la mayor fortaleza", asegura.
Ese equilibrio entre seguridad y discreción forma parte del trabajo diario de una unidad que ha crecido con rapidez durante la última década.
Los atentados y los asesinatos cambiaron el modelo de protección
La unidad especializada nació tras los atentados terroristas de París en 2015, especialmente el ataque contra la sala Bataclan, que llevó a reforzar la seguridad de edificios oficiales y posibles objetivos sensibles en los Países Bajos.
Posteriormente, los asesinatos del abogado Derk Wiersum y del periodista Peter R. de Vries evidenciaron que la amenaza contra determinadas personas era mucho mayor de lo que se pensaba. Como consecuencia, el número de agentes destinados a protección personal prácticamente se duplicó.
Aun así, el trabajo suele alternar largas horas de aparente tranquilidad con momentos en los que todo cambia en cuestión de segundos, como ocurrió cuando un hombre armado con un cuchillo irrumpió en la entrada del Parlamento neerlandés.
La parte más difícil empieza cuando termina el turno
Ramón reconoce que el uniforme se queda en el trabajo, pero el estado de alerta no desaparece tan fácilmente. En ocasiones se sorprende observando el retrovisor para comprobar si alguien sigue su coche. No modifica su ruta cada día ni cambia de vehículo para despistar a posibles perseguidores, pero admite que hay reflejos que ya forman parte de su personalidad.
Ese nivel de concentración también obliga a cuidar mucho la relación entre compañeros. Los integrantes de la unidad hablan abiertamente sobre el cansancio, el estrés o las circunstancias personales que pueden afectar al rendimiento.
Si un agente atraviesa una etapa especialmente complicada, el resto adapta el trabajo para compensarlo. "Tenemos conversaciones muy profundas porque trabajamos juntos de forma muy intensa. Esa es, sin duda, la fortaleza de nuestra unidad", afirma.
Tras veinte años en la Gendarmería Real, Ramón también percibe un cambio en la sociedad. Considera que las amenazas evolucionan constantemente —con los drones como uno de los desafíos más recientes— y lamenta que cada vez haya menos respeto hacia los vehículos de emergencia y los agentes que trabajan en la protección de personas.
Pese a todo, asegura que sigue sintiendo la misma motivación que el primer día. Saber que contribuye a que personas obligadas a vivir bajo amenaza puedan desarrollar una vida algo más normal sigue siendo, dice, la mayor recompensa de su profesión.
