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02/09/2014 06:59 CEST | Actualizado 01/11/2014 10:12 CET

Por qué pongo a mi marido por delante de mis hijos

Los instantes robados lejos de los pequeños son imprescindibles. Por tanto, lo siento mucho, niños, pero a veces Mamá preferiría acurrucarse en el sofá con Papá en vez de jugar por enésima vez con vosotros en ese mismo día. ¿Esto nos convierte en malas madres?

Antes de tener hijos, me imaginaba el tipo de madre que esperaba ser: una pizca de Carol Brady de La tribu de los Brady por su paciencia, una parte de Claire de Modern Family por el sentido del humor, y una pincelada de Peg, de Matrimonio con hijos, por los dulces. Era consciente de que nunca podría llegar a ser la madre ideal; en mi ADN no entra eso de preparar la cena con lo que haya en la nevera todas las noches. Además, no tengo joyas con perlas.

Cuando mi marido y yo dimos la bienvenida a nuestro Bebé Número Uno en 2009, inmediatamente me puse expectativas realistas para mí como madre y para nosotros como pareja. Porque, ¿qué sentido tiene ponerse objetivos inalcanzables? Obviamente, quería ser la mejor madre posible, pero no quería que mis hijos me absorbieran hasta el punto de separarme de mi marido. O de mí misma. Mientras luchaba por encontrar el equilibrio entre mi empeño y mi realidad, me topé con las expectativas predeterminadas que la sociedad, especialmente otras madres, había establecido para mí.

Desafiar las rancias nociones de lo que se supone que son las madres era el tema de un artículo escrito por Amber Doty titulado Putting Your Husband First [Poner a tu marido por delante de todo]. En esa pieza, Doty afirma rotunda que su marido es su prioridad número uno:

"Aunque entiendo... la posible transitoriedad del matrimonio frente a la unión indisoluble entre madre e hijo, considero mi inversión en mi relación con mi marido como algo beneficioso para nuestra familia en su conjunto. Dar prioridad a las necesidades de mi marido disminuye las probabilidades de divorcio y aumenta la posibilidad de que nuestros hijos vivan en un hogar con dos progenitores".

Cuando leí este pasaje, asentí en silencio con solidaridad. Ser padres es difícil y, sinceramente, no quiero tener que hacerlo yo sola. Traté de pensar en las veces en que había puesto las necesidades de mi marido por delante de las de nuestros hijos y -toma asiento- en las (escasas) ocasiones en las que había puesto mis propios intereses por delante de los de los demás. No cabe duda de que las cenas con amigos y las noches con mi marido contribuyen a calmar las turbulentas aguas del mar de la crianza.

El razonamiento de la autora, con la cual estoy de acuerdo, es que ella y su marido son un equipo, y que los equipos vencedores practican juntos y llevan a cabo una comunicación abierta. Está claro que conseguir esto último no siempre es fácil si los niños están constantemente interrumpiendo conversaciones (y momentos sensuales), por lo que los instantes robados lejos de los pequeños son imprescindibles. Lo siento, niños, pero a veces mamá preferiría acurrucarse en el sofá con papá en vez de jugar por enésima vez con vosotros en ese mismo día.

¿Esto nos convierte en malas madres?

Pues sí. Al menos, según los comentarios malvados publicados por varios lectores anónimos y sorprendentes. A muchos no les gustaba la idea de que una madre "ignorara a sus hijos de esa forma tan egoísta" "complaciendo a su marido". Otros simplemente se devanaban los sesos pensando en la razón por la que una mujer decidía tener hijos si no le iba a dar su atención absoluta.

Os lo voy a aclarar: si nuestros hijos son nuestra única razón de ser, crecerán y se convertirán en unos egocéntricos mimados que no comprenden el significado de dar o compartir su tiempo o sus cosas. ¿Acaso no tenemos ya suficientes personas así en nuestra sociedad?

Pedir a nuestros hijos que esperen un minuto o decirles que no no les va a herir su incipiente autoestima. Mostrar amor y aprecio por su otro progenitor no les va a dañar su delicada psique. De hecho, es más bien todo lo contrario. Al hacer de nuestra pareja, o de nosotros mismos a veces, nuestra prioridad, estamos enseñando a nuestros hijos a respetar a los demás y a respetarse a sí mismos. Presenciar el apoyo y el cariño que se dan sus padres puede que les inculque algo de paciencia y compasión. No veo qué hay de egoísta en eso. De hecho, me parece una excelente forma de crianza.

No hablo de coger el próximo vuelo a París o apuntarse a una clase de cocina mientras tu hijo está en el escenario del instituto el día de su graduación, pero, ¿qué hay de malo en dejar a los niños con la abuela una noche? Eso no te convierte en un mal padre.

Valorar a nuestra pareja, querer a nuestros hijos y encontrar tiempo para nosotros mismos puede coexistir dentro de un matrimonio saludable y una familia feliz. Si queremos construir algo, necesitamos cimientos fuertes, y este es el motivo por el que sigo poniendo mi relación con mi marido por delante de nuestros hijos. Como padres, nuestros objetivos de futuro incluyen la felicidad, la salud y la independencia de nuestros hijos, y quizás también una casa en la playa. Como pareja, esperamos poder evitar los momentos en silencio mirándonos el uno al otro en la mesa de la cocina, sin apenas confianza con la persona con la que nos casamos hace 50 años. Y, como mujer, llevo con orgullo los títulos de Esposa y Madre, pero antes de casarme y de tener hijos, era Stephanie, y me niego a perderme de vista.