Luciano Floridi, filósofo de Yale: "La diferencia ya no será quién usa la IA, sino quién es controlado por ella"
El reputado académico y catedrático italiano abre el debate acerca de las capacidades semánticas de la IA y cómo las personas deberían apoyarse en ella para crear y pensar mejor, pero en ningún caso para que funcione como sustituta.
En el debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial, Luciano Floridi ocupa una posición singular. No es un tecnófobo ni un entusiasta ingenuo, sino uno de los pensadores que más ha contribuido a dotar de marco filosófico a un cambio que ya está alterando la vida cotidiana, el trabajo y la política.
Profesor en la Universidad de Yale, director del Centro de Ética Digital y catedrático en la Universidad de Bolonia, Floridi ha acuñado conceptos que hoy circulan con naturalidad en el debate público, como infosfera u onlife, para describir un mundo donde lo digital y lo físico ya no se pueden separar.
Su última gran aportación conceptual es otra expresión llamada a quedarse: capital semántico. Una idea que, según explica, permite entender qué nos hace humanos en una época en la que las máquinas producen textos, imágenes y decisiones con una eficacia inédita.
El capital semántico: lo que la máquina no puede copiar
Floridi define el capital semántico como la suma de experiencias, conocimientos, referencias culturales y vivencias que dan sentido a nuestra relación con el mundo. No se trata solo de lo que sabemos, sino de cómo y desde dónde lo sabemos.
La canción que escuchabas obsesivamente a los quince años, el río que aprendiste a situar en un mapa escolar, el idioma que hablaste en casa, la familia en la que creciste o el contexto histórico que te tocó vivir: todo eso conforma una riqueza invisible pero decisiva. Es un capital porque genera valor, orienta decisiones y permite interpretar la realidad con profundidad.
En un entorno dominado por la automatización, este capital se vuelve crucial. Cuanto más capaces son las máquinas de producir información, más importante resulta distinguir qué aporta el ser humano más allá del cálculo y la repetición. La IA puede generar contenido, pero no puede vivir una biografía.
Automatización, desigualdad y sentido
Para Floridi, uno de los errores habituales es centrarse exclusivamente en los riesgos tecnológicos sin analizar qué tipo de valor queremos proteger como sociedad. La inteligencia artificial puede amplificar desigualdades, sí, pero también deja más visible algo que antes pasaba desapercibido: dónde termina la tarea mecánica y dónde empieza la aportación humana.
En este contexto, el capital semántico funciona como un criterio social y político. No todos accedemos al significado en igualdad de condiciones. No todas las culturas, trayectorias vitales o experiencias reciben el mismo reconocimiento. Revalorizar ese capital implica asumir que la diversidad cultural y biográfica no es un obstáculo, sino una fuente de riqueza colectiva.
Floridi lo resume en una idea clave: cuanto más rico es el capital semántico de una persona o de una sociedad, más probable es que la tecnología funcione como herramienta y no como sustituto.
En términos prácticos, esto implica:
- Valorar la educación como transmisión de sentido, no solo de competencias técnicas
- Defender la pluralidad cultural frente a la homogeneización informativa
- Entender el contexto histórico como una forma de alfabetización social
- Comunicación, sociedad y organizaciones “fronterizas”
Otro de los puntos críticos del análisis de Floridi es la degradación de la comunicación. A su juicio, hemos confundido comunicación social con comunicación comercializada o "socializada": interacciones superficiales, métricas de impacto y automatismos que simulan diálogo sin producir comprensión colectiva.
Los grandes problemas contemporáneos -desde la desigualdad hasta el cambio climático- no pueden resolverse individualmente ni mediante algoritmos aislados. Requieren cooperación, cultura compartida y sentido común construido socialmente.
En ese terreno, Floridi asigna un papel clave a las organizaciones sin ánimo de lucro. Las define como "guardianes de frontera" frente a la trivialización del significado. Entidades capaces de proteger espacios donde el valor no se mida solo en eficiencia, velocidad o rentabilidad, sino en impacto humano y social.
¿Quién controla a quién?
La advertencia final del filósofo conecta directamente con el titular. Para Floridi, el futuro no se dividirá entre quienes usan o no usan inteligencia artificial. Esa distinción ya no es relevante. La verdadera fractura será otra: entre quienes mantienen control crítico sobre la tecnología y quienes delegan en ella su capacidad de decisión.
Si una persona utiliza la IA para pensar mejor, crear más o comprender el mundo con mayor profundidad, sigue siendo un agente activo. Pero si la necesita para aprobar exámenes, escribir trabajos o decidir qué pensar, se convierte en un usuario pasivo, fácilmente reemplazable y manipulable.
La analogía es sencilla: no es lo mismo conducir un coche que ir siempre en el asiento de atrás. Con la inteligencia artificial ocurre lo mismo. La diferencia no es técnica, sino política y cultural.
Y, como advierte Floridi, esa diferencia determinará quién sigue siendo ciudadano y quién acaba siendo simplemente controlado.