Un éxodo de miles de kilómetros (segunda parte)

Un éxodo de miles de kilómetros (segunda parte)

Justo detrás del hotel Hara en los Evzones, se encuentra la frontera que separa Grecia y Macedonia, tan cerca que parece estar llamando a los agotados viajeros.

“¿Por qué no podemos cruzar ya?”, pregunta impaciente Salaam, un joven iraquí de unos 20 años, mientras observa cómo un grupo de personas sale del sucio hotel y sigue un camino que lleva a la frontera.

“Porque el traficante nos ha dicho que esperemos hasta que se haga de noche”, le explica su amigo Mostafa (en la imagen), un escritor y estudiante de literatura árabe de 22 años, procedente de la devastada ciudad de Alepo.

Pero no podían haber elegido un momento peor para ir a Macedonia. En unas pocas horas, las autoridades macedonias empezarían una violenta campaña para bloquear la frontera durante varios días, evitando que miles de personas la cruzaran.

Estos cuatro -Salaam, Mostafa, Abdo y Hamad- son “compañeros de viaje”, así es como se denominan a ellos mismos, porque se han conocido en el camino desde Turquía. Pero ahora son familia.

A diferencia de la mayoría de los refugiados y los inmigrantes que cruzan a Macedonia, ellos eligen hacer la ruta de Turquía a Grecia por tierra en vez de por mar.

“Me ahogo aunque me llegue el agua por las rodillas”, dice Abdo, también procedente de Alepo, mientras se ríe y asiente con la cabeza.

Pero, aun así, deben enfrentarse al río Maritsa, que recorre gran parte de la frontera entre Turquía y Grecia. Lo intentan cinco veces -tres por el río Maritsa y dos por tierra- antes de poder eludir a las autoridades griegas y llegar a Grecia. Allí pagan 1.400 euros cada uno para que los lleven directamente al hotel Hara.

Este grupo tiene como objetivo llegar a Noruega o a Suecia, donde esperan terminar sus estudios, encontrar trabajo y vivir la vida que llevaban antes de que la guerra les hiciera cambiar de planes.

“Lo que Dios ha escrito, escrito está”, dice Salaam sin miedo, poniendo el codo sobre la mesa y dejando ver una larga cicatriz que le quedó en el antebrazo por un bombardeo suicida al que sobrevivió en Faluya.

Mostafa también tiene una cicatriz que le recuerda por qué tuvo que abandonar su hogar. Es pequeña y redonda, es una quemadura de un cigarro que le hicieron en el brazo, mientras se encontraba retenido por la Fuerza Aérea de Inteligencia de Siria.

“Cuando piensas en el pasado y en todo lo que has tenido que sufrir, tienes que ser más atrevido”, explica Mostafa.

Horas después emprenden el camino hacia la frontera. Pero los vehículos militares y unos policías como armarios con equipamiento antibalas y porras les bloquean el paso. Si alguien intenta cruzar, recibe golpes, gas lacrimógeno, disparos de armas paralizantes y balas de goma.

Numerosos refugiados, atrapados en la frontera macedonia el 21 de agosto de 2015.

Al caer la noche, surge un escenario postapocalíptico, con el humo y las llamas al lado de las vías de tren. Se ha levantado viento y la temperatura ha descendido en picado, por lo que la gente quema lo que sea para mantener el calor.

A pesar del tumulto del día, ahora hay un silencio lleno de tensión excepto por los gritos de los niños, a los que sus madres mecen arropadas bajo el despiadado cielo nocturno.

Hay algo más de ayuda aquí aparte de la hilera de retretes portátiles y las fuentes de agua potable instaladas por la agencia de refugiados de la ONU y Médicos Sin Fronteras.

“La muerte fue lo que nos hizo huir de Siria”, declara junto al fuego Anas, un hombre de 36 años procedente de Alepo que se dedicaba a la producción de aceite prensado en frío. “No queremos morir aquí”.

Con el amanecer, crece la desesperación. La gente suplica comida. Algunos han ido a los campos de girasoles que hay cerca a coger pipas para poder comer. Un hombre pide frenéticamente pañales limpios para su hijo.

Los cuatro amigos, que dormían en las vías del tren y se hicieron una foto para recordar este momento tan incómodo, están intentando que no cunda el pánico. Las autoridades macedonias tienen que abrir la frontera en algún momento, insisten; es cuestión de esperar.

“¿Es que no te gusta nuestra casa?”, bromea Mostafa señalando al suelo que están pisando. Va a por café a la estación de tren más cercana, donde la cafetería está haciendo el agosto con esta inmigración masiva.

Cambian de tema y hablan de la gente a la que han dejado atrás, gente por la que están preocupados.

“Le mandé un mensaje a mi madre ayer”, empieza diciendo Abdo. “Y me dijo ‘¡Dios mío, estás muy delgado, vuelve a Siria!’. Pero yo le dije: ‘No, ya hemos recorrido la mitad del camino’”.

Varados en la frontera, Salaam, Mostafa, Abdo y Hamad todavía no saben que, en tan solo tres semanas, llegarán todos a Oslo.

“Lo tengo todo pensado”, dice Mostafa con una sonrisa entusiasmada. “Cuando llegue tengo que escribir todo esto. Es una aventura”.

“¿Puedo sugerir un titular para tu historia?”, pregunta el que alguna vez fue escritor. “‘Somos humanos’”.

L

El sol es abrasador y la irascibilidad se está extendiendo por Macedonia. Han conseguido cruzar la frontera, a pesar de que los policías llevaban porras y gas lacrimógeno, pero cientos de personas llevan todo el día esperando -algunos, días enteros- al lado de esta estación de tren derruida de Gevgelija.

Como la policía de Macedonia había emitido los papeles de deportación, los refugiados pueden abandonar la zona de la frontera y viajar por el país. Pero las colas para conseguir los papeles son largas y los trenes, escasos. “Si necesitan policías, les dejamos algunos de nuestro país”, bromea Karam, un joven de 21 años, procedente de Iraq y estudiante de ingeniería informática. Sus papeles aún no se han procesado. Así que se limita a esperar.

“Estoy embarazada”, grita una mujer agachada a la sombra bajo un árbol. “¡Estas condiciones son inhumanas!”.

A lo lejos, la Cruz Roja empieza a construir unos albergues provisionales y unas duchas para que los viajeros puedan lavarse. Pero estas -junto con un campamento de refugiados construido por el Estado que dirigirán la agencia de refugiados de la ONU y otros grupos de ayuda- no estarán acabadas hasta dentro de varias semanas. Ahora mismo no hay a la vista ningún lugar en el que protegerse del calor del mediodía.

Aunque algunos macedonios tienen miedo de que el flujo continuo de refugiados e inmigrantes sin papeles traiga delincuencia, enfermedades y caos, muchos otros se han ofrecido a ayudar. La abogada Mersiha Smailovic y el contable Jasmin Redzepi (en la foto), ambos voluntarios de la ONG Legis, proporcionan ayuda médica, alimentos, ropa, calzado y kits de higiene a la gente en Gevgelija.

La crisis de los refugiados es algo familiar para Smailovic, que explica que sus abuelos bosnios huyeron de la ira del movimiento chetnik antimusulmán del año 1962, escapando de lo que ahora es Serbia hacia Macedonia. Y décadas después, durante la guerra de Bosnia, miles de musulmanes suníes fueron asesinados y muchos fueron evacuados.

“Yo sé lo que es ser un refugiado”, explica ella, que lleva un pañuelo en la cabeza a juego con el vestido. “Sé lo que es huir de la guerra y tener miedo”.

Las dos sirvieron de investigadoras para el informe reciente de la ONG Human Rights Watch sobre el infame centro de detención de Gazi Baba (Macedonia) en el que, según dicen los inmigrantes y los refugiados, se les propinaban palizas y se les obligaba a dormir en el suelo, les daban muy poca comida y no tenían acceso a representación legal hasta finales de julio, cuando el Gobierno liberó a todos los detenidos.

“La policía y la mafia macedonias han cometido cientos de crímenes”, declara Redzepi, asintiendo con desprecio.

Stefan Maskovski, un estudiante y autor de 24 años que lleva viviendo toda la vida en Gevgelija, explica que no puede quedarse de brazos cruzados viendo cómo sufren los refugiados.

En abril, cuando un tren atropelló y mató a 14 refugiados de Afganistán y Somalia en Macedonia -y no era el primer accidente de este tipo-, Markovski puso a lo largo de las vías del tren que unen Gevgelija y Veles carteles en los que advertía en inglés, en árabe y en francés de los peligros del tren.

“Los inmigrantes andaban por las vías porque tenían miedo de encontrarse a la policía si iban por la carretera”, explica, sentado en un restaurante cercano a la estación (uno de los muchos que no permiten la entrada a refugiados). “Sentimos que se está exponiendo innecesariamente a la gente a correr riesgos e incluso a la muerte”.

La agencia de refugiados de la ONU adoptó esta idea, tomando la iniciativa y colocando carteles reflectantes. Entonces, a mediados de junio, Macedonia empezó a permitir que los refugiados y los inmigrantes cogieran trenes, deteniendo así el flujo de gente en las vías.

Como consecuencia, la estación de tren de Gevgelija y sus alrededores se han convertido en un campamento de refugiados masivo al aire libre . “La gente duerme en frente de mi casa”, contaba Markovski. “Mi madre les da de comer cuando les ve. Yo entiendo a los inmigrantes; es instinto de supervivencia”.

Cuando casi es la hora de que el próximo tren que se dirige a la frontera serbia salga de la estación, empieza a aparecer gente en las vías, suplicando por conseguir una plaza en el tren. La policía antidisturbios bloquea el camino, permitiendo subir solo a unas pocas personas. Hay tres vagones de tren reservados para turistas y para los residentes en la ciudad; el resto de vagones ya están llenos de cientos de refugiados e inmigrantes. No hay asientos suficientes para todos, así que muchos van de pie para que las mujeres y los niños puedan hacer el viaje de cinco horas sentados.

Los antidisturbios sólo permiten a un pequeño número de refugiados y migrantes montar al tren, un vehículo de la era soviética en el que viajarán en vagones separados y atestados hasta la frontera con Serbia, que tendrán que cruzar a pie.

Los afortunados que han podido subir al tren están contentos. “¡He conseguido subir al tren!”, grita el joven Alaa, un estudiante de unos 23 años, haciéndose oír por encima del ruido de la locomotora y de las animadas conversaciones de los que también han podido subir al tren. “Estoy tan feliz ahora mismo”.

El esperanzado joven, que se dedicaba a la venta al pormenor en Siria, consiguió subir con todos sus primos. Ya no serán otra de las familias que tienen que separarse indefinidamente en las estaciones de tren o al cruzar una frontera. Están un paso más cerca de Alemania, donde esperan poder acabar sus estudios.

Alaa explica que está acostumbrado a las condiciones de suciedad e incomodidad que conlleva este viajar constante, ya que ha crecido con ellas. “Íbamos 92 en el camión en Esmirna”, recuerda en el pasillo, rodeado por varios hombres. “Y 52 en la lancha”.

Contempla el vagón de tren de la era comunista, lleno de pasajeros cansados y apretujados como sardinas enlatadas. Hay un fuerte olor a humanidad, consecuencia de los días sin acceso a duchas. Los asientos forrados de terciopelo de imitación azul están manchados con la suciedad de décadas.

Los pasajeros sacan la cabeza por las ventanas a medio abrir, el aire frío les golpea en la cara a medida que el tren pasa velozmente por tierras de cultivo y zonas montañosas. A medida que se pone el sol, un resplandor rojo se cuela en el tren. Y después llega la noche y su cielo lleno de estrellas.

Continúa el viaje con destino a Serbia.

Hoy es el primer aniversario de boda de Dozkin y Serwan.

Hace un año, la pareja kurda celebró su amor rodeada de familia y amigos en un salón de bodas de Kobani. Hoy, celebran su primer año de matrimonio esperando en una cola, de la mano, para que les den los papeles de deportación en un campo de refugiados de Serbia, nada más pasar la frontera de Macedonia.

“¿Qué se supone que tenemos que hacer?”, pregunta Dozkin, una joven de 26 años, estudiante de cuarto curso de Derecho, mientras se frota la redondeada barriga. “Es nuestro destino”.

Está embarazada de nueve meses. Va a tener una niña.

“Normalmente la gente se casa y se va de luna de miel”, dice Serwan, el joven de 29 años estudiante de Economía. “Llevábamos 20 días casados cuando el Estado Islámico llegó a nuestra ciudad. Destruyeron nuestra casa antes de que acabara nuestra luna de miel”.

Ataviada con los colores tan llamativos que suelen llevar las mujeres kurdas, Dozkin brilla especialmente entre las tiendas de campaña grises y el suelo de tierra que la rodean.

Tres semanas después de su boda, la pareja huyó de Kobani cuando el Estado Islámico tomó el control de grandes regiones del norte de la ciudad siria. Los ataques aéreos de la coalición liderada por Estados Unidos que alcanzaron a los extremistas solo les hicieron más miserables, destruyendo su casa y haciendo imposible su regreso, incluso después de que los combatientes kurdos echaran al grupo terrorista.

Ha sido un viaje muy largo desde Erbil (Iraq), de donde huyeron inicialmente, pero no pararán hasta llegar a Alemania. Lo que más necesitan es seguridad y la oportunidad de terminar sus estudios y encontrar un trabajo.

“Hay gente que lo ha conseguido antes que nosotros”, dice Dozkin, esperanzada. “Hay posibilidades de que funcione. Solo necesito aprender alemán”.

Aunque lo primero es lo primero: “¡Daré a luz!”, dice riendo.

Tienen que cruzar dos fronteras más antes de que pueda tener al bebé en un hospital de Alemania, donde esperan poder solicitar asilo.

La noche anterior, tras salir del pueblo macedonio de Lojane -donde miles de kosovares buscaban refugio hace menos de dos décadas- fueron a campo través hasta Serbia siguiendo un sendero ahora muy conocido.

Los autobuses coordinados por los voluntarios locales y por la ONU esperaban cerca de la frontera para recoger a los agotados viajeros y llevarles al campamento de refugiados de Preservo.

Si no fuera por los autobuses, la gente cruzaría hacia Serbia a merced de los traficantes que obligan a los refugiados a pagar cantidades exorbitantes de dinero para que les guíen en una caminata de horas hacia el campamento. Incluso se rumorea que hay mafias que actúan en esta área, que roban o secuestran a los refugiados para cobrar un rescate.

“Veo a mujeres cansadas y a niños llorando”, dice Taulant Arifi, un voluntario que espera al lado de los autobuses mientras otro voluntario habla con un grupo de jóvenes afganos. “Intentamos hacerles felices”.

Una vez a salvo en el campamento -fruto del trabajo conjunto de los trabajadores del Gobierno y la ONU en el que hay varias tiendas grandes e instalaciones médicas-, Dozkin aplaude la ayuda humanitaria de Serbia.

“La policía de este país nos ha tratado de una manera totalmente diferente”, explica mientras su grupo de viaje espera a los papeles de deportación que les permitirán coger un tren para atravesar Serbia. “Cuando nos quedamos dormidos en la frontera, la Policía serbia nos protegió”.

Un joven trabajador del campamento oye la conversación al pasar.

“Lo entendemos perfectamente”, añade. “Ha habido muchas guerras aquí”.

Dozkin y Serwan salen de la estación de tren de Subotica, en Serbia, antes de que la mayoría de locales se hayan tomado el café de por la mañana.

La pareja sonríe débilmente. Acaban de hacer un viaje en tren de doce horas a través de Serbia que los ha traído desde Presevo a esta ciudad fronteriza a las puertas de Hungría; todavía les espera un día entero de viaje a pie.

“Caminad recto para abajo, hacia la otra calle”, dice un policía en un inglés algo pobre al grupo de 17 kurdos sirios. Señala a un autobús que los llevará más cerca de la frontera.

Serwan agarra la mano de Dozkin y se van tan rápido como pueden.

Tras 45 minutos, el grupo se apea en Horgos, un pequeño pueblo fronterizo. En el centro de la ciudad, se celebra un pequeño festival callejero en el que los lugareños comen pasteles caseros y bailan al ritmo de una banda folk en directo, pero aquí es diferente. Están a las afueras de la ciudad, en una calle residencial. El grupo de refugiados carga con tiendas de campaña, sacos de dormir y agua embotellada, sin saber dónde dirigirse ahora.

Comienza una discusión. Algunos viajeros quieren pagar a un lugareño con aspecto desaliñado que se ha acercado a ellos diciendo ser un contrabandista, pero la mayoría insiste en no hacerlo.

“Nos encontramos a gente como él en Serbia también, pero hemos llegado hasta aquí sin su ayuda”, le dice un hombre sirio al grupo. “No sabemos quién es esta gente, tenemos GPS”.

“¡Mi hijo dijo que no contratáramos contrabandistas!”, grita otro hombre. “Nos dijo que viniéramos a este pueblo”.

El grupo decide rechazar al contrabandista porque podría intentar robarles o llevarlos a otro lugar. Deciden seguir el mapa que tienen en un smartphone.

Tiene acceso directo a las vías del tren. Desde aquí, deben seguir el ferrocarril hasta un bosque y, desde allí, un sendero de un campo agrícola les llevará directamente a la frontera.

“Estoy bien”, le dice Dozkin a Serwan, que no se aparta de su lado mientras caminan y tiene una mano protegiendo su tripa. “Aparte del calor y el hambre, siento que estoy a punto”.

Están muy cerca de llegar a Alemania. Solo Hungría se interpone entre ellos y el asilo, ya que creen que cruzar Austria será relativamente fácil.

En las vías del tren, el grupo conoce a Balazs Szalai (en la foto), un programador húngaro de 34 años que lleva varios meses trabajando como voluntario en el lado húngaro de la frontera.

“Quería saber qué estaba pasando al otro lado”, explica, con las manos en las caderas y el pelo recogido en un moño. Lleva una cámara de vídeo por si las autoridades húngaras intentar usar la violencia y obligar a la gente a volver. “Hace dos días vi a la policía obligando a la gente a volver a Serbia”, explica enfadado, “pero es ilegal, hemos llamado a nuestro abogado”.

Cuando iban caminando al lado de las vías, dejando atrás plantaciones de col y viejas granjas, un hombre, agazapado entre los árboles, grita en árabe: “¡Vamos, vamos!”. No está claro si quiere ayudarlos o ponerlos en peligro.

“¡Todo el mundo en silencio!”, ordena Serwan, mirando alrededor con cautela. Silencio. No ocurre nada. Continúan una hora más. Un pie delante del otro, aguantando para no descansar hasta encontrar una zona de bosque.

Ya en la fría y frondosa oscuridad, la gente reparte sus sacos de dormir y esterillas, y sacan latas de atún y rebanadas de pan de las mochilas para distribuirlas, como si fueran una familia. “Se nos han olvidado los cubiertos”, dice Dozkin, riéndose del lamentable estado de su comida desperdigada por el suelo. Hace una mueca al paquete de tostadas (no es el pan suave de pita que solían comer en casa).

“Hola, ¿cómo estáis?”, dice una voz desde un coche de caballos con tres mujeres del lugar. “¿Estáis bien?”. Todo el mundo mira alrededor, pero nadie contesta, preocupados por si en realidad se trata de un lobo con piel de cordero.

Es hora de recoger las cosas y acercarse más a la frontera. Ahora es cuando el viaje podría complicarse.

“Estamos muy estresados”, explica Dozkin mientras intenta traspasar una zona cenagosa rodeada de campos de maíz y calabazas. “Tenemos miedo de que nos coja la policía y nos obligue a darles nuestras huellas”.

El miedo de Dozkin está justificado. Alemania declaró el pasado agosto que iba a reducir las restricciones para los sirios que recoge el Convenio de Dublín, un acuerdo que dice que los refugiados que busquen asilo solo podrán solicitarlo en el primer Estado miembro de la Unión Europea que visiten. Sin embargo, por desgracia para los sirios, el país reinstauró los controles en las fronteras con Austria a mediados de septiembre, lo que impidió a miles de personas entrar a Alemania.

No obstante, Dozkin y Serwan están dispuestos a correr ese riesgo. “¿Sinceramente? Yo voy allí por el bebé que voy a tener, no por mí”, explica. “Es demasiado tarde para mí. Quiero una vida mejor para mi bebé, porque en Siria ya no hay vida”.

“¡Paz!”, les grita una adolescente rezagada cuando oye la conversación sobre el camino que les queda. La paz es lo que se sueña con encontrar en Alemania.

El grupo utiliza cuidadosamente los mapas del móvil para seguir el camino de barro. Caminan despacio y en silencio en la oscuridad, temen hacer el más mínimo ruido. Más adelante les espera una amenazante valla de alambre de espino, pero ni siquiera la valla cortante de Hungría los retendrá. Han llegado demasiado lejos como para detenerse.

“Todo ha sido cansancio, hambre y una sed insoportable”, recuerda Dozkin más tarde. “Una lucha en el sentido más amplio de la palabra”.

Los hombres jóvenes utilizan los dedos para cavar en la tierra fría debajo de la valla de alambre de espino. Dozkin sufre para pasar por debajo por su tripa de embarazada.

A unos 50 metros de distancia, la policía húngara los espera con sensores térmicos. No hay manera de que un grupo de 17 personas pase sin ser atrapadas.

Los guardias rodean al grupo instantes después de cruzar la frontera. Dozkin, derrotada por el cansancio y la desesperación, se cae al suelo sollozando.

Según Dozkin, un policía agresivo los detiene durante cuatro horas hasta que, finalmente, los deja dormir en una tienda de campaña hasta por la mañana. Después, pasan dos días en un campamento de refugiados húngaro, en la ciudad fronteriza de Roszke, donde la policía les obliga a darles las huellas dactilares. Ahora que están en el sistema, temen que las autoridades de inmigración alemanas los deporten de vuelta a Hungría por el tratado de Dublín.

“Nunca en mi vida me había encontrado con gente tan horrible”, dice Dozkin acerca de las autoridades húngaras. Añade que no dieron agua ni comida a los detenidos durante dos días mientras estaban en el campamento rodeado de alambre de espino. “Nos trataron como si fuéramos animales”.

Esta comunidad tribal de Kobani conseguiría por fin su mayor deseo. Menos de una semana después, logran cruzar Hungría, Austria y Alemania en la furgoneta de un contrabandista junto a otras 30 personas. Llegan sanos y salvos a Bonn, pero su llegada resulta algo agridulce.

“Cómo echaba de menos el olor de mi madre”, publica Dozkin en Facebook desde el hospital de Bonn, donde ha sido ingresada para una examinación y espera a que nazca su hija. “Y las miradas dulces de mi padre”.

Es ahí donde da a luz a su preciosa hija, Mira:

Deambulando por Keleti, la estación de trenes central de Budapest, emergen de entre la multitud los dos rostros familiares de dos viajeros con prisa: Dlava, de 22 años, y Azadeen, de 23, la joven pareja siria de Kobani. Tienen un aspecto diferente al de hace dos semanas, cuando llegaron en una lancha hinchable a Lesbos, pero sus cálidas sonrisas son inolvidables.

Dlava está más tranquila ahora, pero cansada después de dos semanas de senderismo.

Azadeen, que estaba en quinto de Arquitectura, había encontrado trabajo como ingeniero en Erbil hasta que la compañía quebró. No ha podido encontrar un trabajo decente desde entonces. Dlava estaba en el segundo año de Ingeniería mecánica antes de que la guerra destrozara sus planes.

Fueron desplazados de Alepo y de Kobani; ahora esperan desesperadamente asentarse en Alemania y terminar la universidad. “Se acabó vivir en esa catástrofe”, dice Azadeen.

Pero primero tienen que salir de Budapest. Aquí, cientos de personas están tiradas en el asfalto, en el exterior de la estación, esperando con inquietud salir de Hungría.

Como inmigrantes ilegales, los refugiados como Dlava y Azadeen no pueden subirse a los trenes con sus billetes como el resto, ya que se arriesgan a ser detenidos por las autoridades y llevados a un campamento. La otra opción es pagar a un contrabandista el equivalente a miles de euros para que les lleve hasta Alemania a través de Austria. No es una decisión fácil: a finales de agosto, se encontraron 71 cadáveres de refugiados en Austria, en la parte trasera de una camioneta. Habían muerto asfixiados.

La política de Hungría cambió enseguida tras la tragedia, que apareció en los titulares de todo el mundo; aun así, la estrategia del país sigue en marcha, ya que cerraron la frontera con Serbia el pasado 15 de septiembre. Ahora los refugiados que atraviesan Croacia y llegan a Hungría suelen tomar autobuses a Austria, no trenes.

“Los refugiados no podían ni sentarse en las salas de espera de la estación”, explica Zsuzsanna Zsohar, portavoz voluntaria de Migration Aid, una iniciativa que ofrece información, comida, agua, atención médica, ropa y entretenimiento para los niños en las estaciones de tren de Keleti y Nyugati.

“La gente de otro color de piel no es bienvenida”, dice. “Si no hiciéramos esto, el sistema habría colapsado la ciudad”.

La psicóloga Eva Borsi, otra voluntaria, lamenta lo que ella describe como racismo impuesto por el Estado en Hungría. Hace tan solo tres meses, el Gobierno lideró una campaña contra los inmigrantes, con carteles en húngaro que decían: “Si venís a Hungría, no podéis quitarle el trabajo a los húngaros”.

“Miré a mi alrededor, vi lo que estaba pasando y empecé a ver dónde podía ayudar”, explica Borsi. “Mis problemas personales no son nada. Cuando te dan las gracias, te llega al corazón, pero es duro, no duermo, sus miradas no se me van de la cabeza ni del corazón”.

Pronto Dlava y Azadeen tendrán que subirse al tren para ir a Viena. Es el momento de integrarse.

Dlava se quita el colorido pañuelo que envuelve su pelo, ya que podría confundirse con un hijab. También se quita el jersey para que parezca que lleva lo que ella considera un look más occidental: vaqueros azules, una camisa de rayas y una chaqueta de cuero roja. Azadeen se cambia el chándal negro que lleva por una camiseta y unos pantalones.

“No puedo comer, tengo demasiado miedo”, dice Dlava.

En el tren, otros refugiados y migrantes nerviosos intentan integrarse también. Algunos se ponen gafas de sol oscuras, sombreros y auriculares.

A Azadeen se le escapa una pequeña sonrisa de alivio cuando el tren sale de la estación, pero solo dura un instante. Después: terror. La policía sube a bordo en casi cada parada, buscando a gente con apariencia sospechosa. En la segunda parada, varios policías fuertes pasean por el vagón; no se fijan en Dlava y Azadeen.

Paran a un viajero solitario, un hombre callado con la piel más oscura que la mayoría, para pedirle los papeles y de repente estalla: “¿Paquistán? ¡Problemas!”. Lo echan del tren.

La policía revisa el pasaporte de otro hombre y lo acompañan fuera mientras se echa las manos a la cabeza, derrotado, habiendo perdido el dinero del viaje.

“Tú también lo intentarías, ¿no?”, dice una mujer húngara, refiriéndose a cuando los nazis rodearon su ciudad, Budapest, en 1944, matando y dejando morir de hambre a decenas de miles de personas.

“¡Están huyendo de la guerra!”, dice, exasperada.

Cuando el tren por fin sale hacia Viena horas más tarde, Azadeen no puede evitar reírse. “La chica sentada en frente nos preguntó de dónde éramos, así que le dijimos que de Serbia”, recuerda. “Tenía tanto miedo de que nos preguntara algo sobre Serbia que me hice el dormido”.

Su viaje está llegando al final; solo un tren más para cruzar la frontera.

“Dios hizo que la policía austríaca no nos cogiera”, dice Dlava, agarrando los dos billetes de tren que han costado 350 euros. “No nos devolverían el dinero de estos billetes”.

La cantidad de dinero que tenían para llegar hasta Alemania, donde ahora vive el hermano de Dlava, se les ha agotado. Están constantemente hablando por WhatsApp para pedirle consejos basados en su experiencia, ya que él también se coló en Alemania y ahora es su guía.

Dlava y Azadeen viajan ligeros de equipaje. Dejaron sus pertenencias de valor en casa con su familia, conscientes de que probablemente las perderían por el camino. Antes de subirse a la barca hinchable en Turquía, un contrabandista les obligó a vaciar sus mochilas de ropa y artículos de aseo personal. ¿Qué les queda? Una sola ropa de repuesto para cada uno, medicación por el embarazo de Dlava y su documentación, que la guardan bajo la camisa de ella por seguridad.

Además, les queda un preciado tesoro dentro de la pequeña mochila de Dlava: una ecografía del bebé tomada horas después de llegar a Lesbos.

“Fue la primera vez que oímos el latido de su corazón”, recuerda Azadeen, moviendo la cabeza como si no se lo creyera todavía. “Sentí felicidad”.

“El amor hace que la vida brille”, susurra Dlava, sonriendo a su marido.

Parece que miran el mapa de su móvil a cada minuto mientras el punto que muestra dónde se encuentran se mueve, acercándose cada vez más a la frontera alemana.

Después, como si nada, están dentro. Unas pocas caras en el vagón se iluminan al mismo tiempo; se han dado cuenta de que ellos también han conseguido llegar sanos y salvos a Europa Occidental.

“Me siento completamente distinta”, sonríe Dlava. “Hungría había acabado con nuestras esperanzas. ¡Ahora estamos en Alemania!”.

“Es preciosa”, dice mientras graba con su móvil el paisaje que recorren rápidamente. Azadeen está sentado a su lado, sonriendo en silencio.

Dlava actualiza su estado de Facebook de inmediato. “Por fin hemos llegado a Alemania tras haber cruzado los mares, la crueldad de las montañas y la dureza de las carreteras”, escribe. “Esperemos que sea un paso positivo en la vida que nos queda por delante”.

Desembarcan en Múnich en busca del tren que los llevará a Sarrebruck, el fin de su viaje. Su valiente expedición desde el norte de Iraq hasta su nuevo mundo tuvo lugar sin algarabía, no como las bienvenidas tan efusivas que se pueden ver ahora con frecuencia en las estaciones de tren alemanas por parte de los voluntarios a los refugiados que llegan al país.

“Os deseo una buena vida”, le dice Dlava con dulzura a sus compañeros de tren, despidiéndose desde el andén. Acto seguido, Azadeen y ella se suben al tren nocturno que los llevará al oeste con la esperanza de encontrar exactamente eso: una buena vida.

A Rafee Abarra, un tímido y humilde farmacéutico de 27 años de Homs, no le gustaría que le pusieran la etiqueta de ángel de la guarda. En lugar de eso, este refugiado sirio insiste en que es un tipo normal cuya historia no es especialmente llamativa. Pero nada más lejos de la realidad.

Para muchos refugiados, Rafee es quizás la única persona en el mundo que cuida de ellos cuando se suben a esos peligrosos botes hinchables de plástico para llegar a Grecia.

Es aquí, en una tranquila y frondosa ciudad alemana que fue bombardeada y olvidada durante la Segunda Guerra Mundial, donde supervisa, en silencio y con modestia, el éxodo de esta gente.

Rafee ha pedido que el nombre de su ciudad no sea revelado por su propia seguridad, ya que está recibiendo amenazas de muerte de los contrabandistas que se benefician de los peligrosos viajes de los refugiados.

A altas horas de la madrugada y por la mañana temprano, Rafee suele estar despierto, utilizando su teléfono para monitorizar las coordenadas geográficas de una embarcación de plástico que está o varada, o naufragando. Los pasajeros han llamado a Rafee para pedirle ayuda y que llame a la guardia costera para informar de su posición y puedan rescatarlos.

Rafee ha llamado a la guardia costera tantas veces que ya conocen su nombre.

Está pendiente del teléfono y de WhatsApp siempre que puede, hablando con los refugiados hasta que tocan tierra. Incluso antes de que la gente se suba a los botes inflables, Rafee monitoriza grupos de Facebook dedicados a ayudar a los refugiados a llegar a Europa, en los que comparte información vital y una advertencia firme: que se pongan chalecos salvavidas.

No pidió desempeñar este papel y lo hace gratis, pero para Rafee, que casi se ahoga este año en un bote inflable junto a otras 154 personas, es su vocación. Dice que de no haber sido por la guardia costera griega habrían muerto todos.

El día que llegó a Alemania fue el día que hizo su primera llamada que salvó una vida. Mientras revisaba Facebook, vio una petición desesperada en un grupo en el que los refugiados comparten información sobre su viaje a Europa. Su embarcación se estaba hundiendo y necesitaban asistencia.

Rafee dice que un amigo le enseñó cómo dar coordenadas a la guardia costera, que rescató la embarcación diez minutos después.

“Había gente ahogándose y ahora han recuperado sus vidas”, cuenta.

Sentado en un pequeño restaurante libanés, donde se encuentra cómodo porque se habla árabe levantino, saca uno de sus dos teléfonos y abre la guía de contactos, donde tiene almacenados los números de decenas de personas desesperadas que le han llamado desde botes inflables.

Empieza a reproducir una nota de voz que tiene guardada y se estremece; su apariencia estoica se desmorona.

“¡Las olas son muy altas!”, grita al otro lado del teléfono un hombre sirio paralizado. Una mujer grita al fondo. “¡No tengas miedo!”, le dice el hombre, como si intentara tranquilizarse a sí mismo.

“¿Estáis navegando ahora mismo?”, pregunta Rafee, con tono de experto en emergencias. “Tened fe en Dios; mándame vuestra ubicación por WhatsApp”.

Cuando Rafee deja el teléfono, agita la cabeza en silencio.

“¿Por qué está ahora todo el mundo acostumbrado a ver sirios ahogándose? Sirios muertos, quemándose, arruinados. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Es simplemente porque somos sirios?”.

“Siento que me estoy quemando por dentro”, dice Rafee en voz baja. “Es un sentimiento horrible cuando te llaman padres y te dicen: ‘Sálvanos, por el amor de Dios’”.

“Solo soy una persona, ¿quién soy? ¿Cómo se supone que tengo que salvarte? No van lo suficientemente preparados, pero creen que lo lograrán igualmente”.

Después de cada llamada, dice Rafee, es difícil poder dormir. El cansancio mental de su papel como salvador le está consumiendo, pero no hay salida. Si dejara de contestar el teléfono, la gente moriría y pocos que estarían dispuestos a sustituirlo.

“¿Por qué tienen que pasar por todo esto los sirios?”, se pregunta totalmente desesperado. “¿Por qué está ahora todo el mundo acostumbrado a ver sirios ahogándose? Sirios muertos, quemándose, arruinados. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Es simplemente porque somos sirios?”.

Por un momento, Rafee está demasiado agobiado como para hablar, pero, entonces, señala lo que le mantiene con esperanza.

“Lo que me hace verdaderamente feliz es abrir Facebook y ver que la misma persona que me llamó desde un bote inflable ahora está en el país en el que quiere estar, y que es feliz”, explica. “Me llaman y me dan las gracias”.

Rafee trabaja con otros tres voluntarios: dos en Turquía y uno en Qatar. Juntos coordinan las redes sociales y las líneas de teléfono durante todo el día. Su objetivo es hacer un seguimiento de todos y cada uno de los botes que salen de la costa turca con el fin de que nadie tenga que enfrentarse a la muerte como él lo hizo.

En las últimas semanas, la iniciativa de Rafee se ha difundido y ahora existen cientos de canales diferentes de ayuda y apoyo. La gente en Alemania está abriendo sus casas a desconocidos que necesitan un lugar para vivir. Al otro lado de la carretera, en Hungría los voluntarios ofrecen agua y comida. Ciudadanos preocupados cuelgan mapas para los refugiados en las redes sociales que muestran dónde podría haber campos de minas en Croacia, el país por el que intentan entrar ahora los refugiados, ya que Alemania, Austria y Hungría han reforzado sus fronteras.

Y aun así, este movimiento de masas desesperado parece no tener final, incluso después de que la Unión Europea aprobara un acuerdo el pasado 22 de septiembre para acoger a 120.000 refugiados, pese a que cuatro Estados miembro votaran en contra de la cuota obligatoria.

Gran parte del activismo reciente, que ha compensado la falta de respuesta de los gobiernos, vino impulsado por la impactante muerte de Alan Kurdi. El refugiado de tres años, procedente de Kobani, se ahogó junto a su hermano Galib, su madre Rehan y otros sirios que esperaban llegar a la isla griega de Cos.

Tras la tragedia, un hombre sirio que aseguraba haber viajado en ese mismo bote, envió un mensaje a Rafee: “Ya han muerto suficientes personas. Gracias por ayudarnos”.

La fotografía que mostraba el cuerpo sin vida del pequeño en las costas turcas pronto se hizo viral, haciendo que gente de todo el mundo se preguntara: “¿Cómo puedo ayudar?”.

Rafee señala que la reacción más intensa con la que se ha encontrado fue la de un joven sirio. “El chico me decía que necesitaba el número de la guardia costera de Grecia y de Turquía, así que le pregunté para qué los necesitaba, si pensaba viajar”.

“Me dijo que estaba en Siria y que quería que le enseñara a dar coordenadas”.

Todavía confuso, Rafee se negaba.

El chico respondió: “Porque estoy viendo que los niños de mi país se están ahogando y quiero ayudar”.

“Me alegré tanto”, dice Rafee, riéndose. “La gente quiere actuar. Primero era yo solo y ahora todos se ayudan entre sí”.

Una sonrisa le invade la cara, como si una sensación de calidez le recorriese el rostro. Entonces, su teléfono suena: una persona más necesita ayuda.

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Este reportaje fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno, Irene Martín y Marina Velasco

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