¿Y ahora qué? Ahora que hemos abierto los ojos y nos hemos dado cuenta de que la nueva política no es más que el traslado de huesos de un cementerio a otro, ¿ahora qué? Ahora que todo lo que hemos conseguido es que la pura charlatanería desplace a la charlatanería ordinaria de la pantalla de la televisión, ¿ahora qué? Los nuevos partidos y los nuevos liderazgos venían a ser la herramienta para transformar la política y hacer avanzar la sociedad, pero sólo nos han atornillado a este eterno y grácil bucle en el que los ciudadanos sólo somos las herramientas de nuestras herramientas.

¿Y ahora qué? Ahora que hemos abierto los ojos y nos hemos dado cuenta de que la nueva política no es más que el traslado de huesos de un cementerio a otro, ¿ahora qué? Ahora que todo lo que hemos conseguido es que la pura charlatanería desplace a la charlatanería ordinaria de la pantalla de la televisión, ¿ahora qué?

La revolución de la nueva política era esto. Cuando todo termina, el arco se cierra justamente en el extremo contrario. "La revolución", aseguraba Chesterton, "es la parábola que describe un móvil para volver al punto de partida". La revolución se suele morder la cola. Lo que se había prometido no sólo no se cumple sino que se cumple al revés: se termina por hacer lo que habías prometido no hacer; se torna amigo al enemigo, y al enemigo, amigo. Mútate, transfórmate, adáptate, desdícete, dilúyete. Cede, pacta. Cuando cerdos y hombres en el último párrafo de Rebelión en la granja terminan por almorzar, brindar y engañarse mutuamente en la casa que fue del granjero, los animales (que se encontraban afuera) miraron del cerdo al hombre, del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre, pero ya era imposible discernir quién era quién.

Ilusos nosotros, que creímos a estos semidioses vanidosos que conquistaron nuestra sala de estar con la palabra y la supuesta noble intención de arreglar nuestros problemas, mientras escondían su inconfesable necesidad de voto y de escaño.

Los extremos se tocan, y al parecer, una sociedad esperanzada, llevada a su límite extremo, se convierte no en una sociedad desafiante o exigente, sino en una sociedad desinflada y resignada. ¿Ahora qué, nuevas elecciones? Y suena un resoplido de pereza. Nuestra edad se enorgullece de las máquinas que piensan y recela de los hombres y mujeres que tratan de hacerlo. Por eso sucede que cada vez más nos congratulamos porque creamos máquinas y algoritmos que piensan, calculan y conducen por nosotros, mientras que las personas nos pasamos el día repitiendo los mismos lugares comunes en los bares y el mismo chascarrillo en las redes sociales. Quizá porque hayamos llegado a la conclusión de que esforzarse en otra cosa no merece la pena. El hastío es el último encogerse de hombros de la inteligencia de los españoles.

El nuevo candidato será modelado por los sondeos de opinión, los ordenadores y el análisis del big data. Nos escudriñarán e indicarán, por ejemplo, que se desea que el líder sea un hombre del pueblo, y en consecuencia, los partidos mostrarán a su candidato paseando por su pueblo. O paseando por los alrededores del Congreso. Líderes líquidos y melifluos, muy esforzados en agradar a todos y no desagradar a ninguno, que la firmeza de principios resta likes y hay que hacer ver que si no hay acuerdo, culpa nuestra no ha sido. ¿Usted qué prefiere, fresa o chocolate? ¿Gobierno a la valenciana o gran coalición? Pedíamos líderes que señalasen la ruta a seguir para salir de este embrollo, pero los candidatos han resultado ser sólo nuestro último follower. Los nuevos partidos y los nuevos liderazgos venían a ser la herramienta para transformar la política y hacer avanzar la sociedad, pero sólo nos han atornillado a este eterno y grácil bucle en el que los ciudadanos sólo somos las herramientas de nuestras herramientas.

Decía Goethe que el amor es una cosa ideal y el matrimonio, una cosa real. La política es una cosa ideal, y el poder, querido lector, el poder es una cosa real. De la confusión de lo real con lo ideal jamás se sale indemne. Ilusos nosotros, que creímos a estos semidioses vanidosos que conquistaron nuestra sala de estar con la palabra y la supuesta noble intención de arreglar nuestros problemas, mientras escondían su inconfesable necesidad de voto y de escaño. Pobres de ellos, cuando saludan la victoria y el pacto que ninguno pudo lograr. Todos, como anguilas en un barreño, se enroscan entre sí y se cruzan unos por cima de los otros, y no salen de los barreños.