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27/08/2013 08:42 CEST | Actualizado 26/10/2013 11:12 CEST

Murcianeando

En cuanto pude, concretamente a los dieciocho años de edad, me marché de Murcia; fue una huida rotunda, meditada y sin remordimientos, que en aquel momento supuso la única salvación que yo consideraba posible.

Foto: SOL FAUQUIER

En cuanto pude, concretamente a los dieciocho años de edad, me marché de Murcia; fue una huida rotunda, meditada y sin remordimientos, que en aquel momento supuso la única salvación que yo consideraba posible. Desde entonces, sólo he regresado puntualmente, para reencontrarme con mi familia y mis amigos de siempre. No obstante, ahora, cada vez que regreso, trato de empaparme, con mucha conciencia, de todo lo bueno (hasta lo que me irritaba me enternece) e incluso me descubro rescatando palabras y expresiones en panocho (ese placer al decir picoesquina o no tienes fuste).

Cuando estoy en el extranjero lamento perderme el Festival de Jazz de San Javier, la Mar de Músicas, el SOS o el del Cante de las Minas; llegados a este punto he de mencionar que el director creativo murciano Jorge Martínez (al que conocí paradójicamente en Miami Beach), ha realizado un excelente documental: Minera. Festival Internacional del Cante de las Minas, que le ha valido dos premios Grand Laus, para aquellos que quieran profundizar más a fondo en las raíces del festival.

Dicho esto continúo con mi nostalgia, irrefrenable, al pensar en los paseos en barco, en las inigualables calas de Calblanque y de Cabo de Palos, en la libertad que me produce el maravilloso camping nudista del Portús, e incluso al pensar en los dos mares de La Manga (Mediterráneo y Mar Menor, porque sí, he de reconocer que me he reconciliado con el Mar Menor, que he recobrado ese amor que pareció caducar en la adolescencia). No añoro sólo el caldero, el zarangollo y el sabor de las verduras de la huerta, sino que me sorprendo añorando hasta los paparajotes. Esa palabra: paparajote. Hasta disfruto cuando los rebaños cruzan sin prisa la carretera y he de esperar dentro del coche en marcha como si contemplara una de esas procesiones de Semana Santa que uno fatalmente olvida que se siguen organizando.

Me produce hasta cierta satisfacción ver que a la vecina que siempre me contempla desde la puerta del portal de su casa con los brazos en jarras, le sigue interesando mi vida; tanto como al corro de mujeres que "toman el fresco" del mes de agosto en la calle, sentadas en sus sillas de plástico, comiendo pipas y confiar que hablarán de mí, justo cuando pase delante de ellas. He redescubierto con placer La chabola (antiguo Varadero), un lugar junto al mar, para perderse de madrugada de forma decadente a la par que elegante. Y hasta las palabras campo o pueblo que me han producido tremendos sarpullidos tiempo atrás, son ahora, por fin, sinónimo de un merecido descanso. Supongo que lo que padezco es ese plácido disfrute que la Región de Murcia Turística concentró en el 2011 a través del lanzamiento de un nuevo verbo: murcianear.

Por eso, este verano he querido atender sólo a la literatura de escritores murcianos, porque sí, hay vida además de Arturo Pérez Reverte. Y mucha, pero no quiero abrumar, así que me limito a escoger cuatro nombres: Javier Moreno (La Cueva Monteagudo,1972), Miguel Angel Hernández (Murcia, 1977), Juan Soto Ivars (Aguilas, 1985), Alberto Chessa (Murcia, 1976). Hay muchos más (a seguir José Antonio Martínez Muñoz, Cristina Morano, Raúl Quinto...) pero estos son los que subrayo hoy.

Además del origen, comparten la escritura autobiográfica, una forma de escribir valiente, arriesgada, donde la experiencia se enreda con la imaginación y el yo se fusiona sin miedo con el personaje hasta que resulta difícil disociarlos. Volvemos a la premisa de escribir sobre lo que se conoce, de que la historia parta de la verdad, sin que importe si tiene forma de éxito o de fracaso, sin atender al juicio de los otros: se valora lo auténtico.

El jurado del Premio Herralde recomendó que la novela de Miguel Angel HernándezIntento de escapada (Anagrama, 2013) se publicase. Este Profesor de Arte de la Universidad de Murcia obtuvo el de una de las editoriales de más calidad del país con su primera novela, teniendo en cuenta que son muy pocos los editores que se arriesgan a publicar hoy día a autores noveles. Pero en Miguel Angel Hernández no sólo aplaudimos la calidad de su escritura, sino que se atreva a escribir una obra arriesgada por su claro paralelismo con la vida real, a través de la cual obliga al lector a una reflexión que para muchos resultará incómoda.

El artista que protagoniza la novela reivindica las injusticias sociales a través de un arte crítico, macabro y de dudosa moral, y aunque en el libro se hace llamar Jacobo Montes, los lectores amantes del arte podrán dar fácilmente con su símil real. En la novela, escrita en primera persona, Hernández consigue algo dificilísimo: sostener el interés, en lo que constituye un suave y constante texto álgido, donde las referencias y citas de terceros enriquecen en lugar de estorbar.

El narrador es su álter-ego, pero nos encontramos a un protagonista atípico (retraído, moderado, aplicado), y resulta cómodo adentrarse en la historia a través de sus ojos, ya que no nos impone su punto de vista ni tiene el carisma-vanidad capaz de destrozar-eclipsar la narración. A través de Marcos, el lector se sumerge en un complejo y enrevesado mundo de relaciones humanas donde el morbo y la perversión hacen reflexionar sobre la base del arte moderno. La novela, además, tiene la fuerza de lo cinematográfico, es fácil de visualizar y cuando uno la termina resulta difícil abandonar pronto el escenario vacío.

Javier Moreno tiene una carrera prolífica; ha ganado premios literarios (Premio Nacional Fundación Cultural Miguel Hernández 2006; Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa 2009), ha escrito varios libros de poemas, y ocho novelas; de ellas, detengámonos en "Alma" (Lengua de Trapo, 2012). Con Javier Moreno sucede algo distinto que con Hernández. No es la trama, es la forma. La literatura se vuelca aquí en el lenguaje, en sensaciones, pensamientos, ideas, en el recuerdo concreto de determinados momentos que van desde lo cotidiano hasta lo doloroso. Pero sólo se esbozan, es una novela de titulares emocionales.

En Alma el autor se esfuerza por imponer el humor para suavizar la soledad, la ausencia. Le sale bien, casi no se nota que tiene un halo triste. Si fuera una pintura sería la preparación antes de colorear el lienzo, los trazos previos, el perfil. En la obra está el desorden del diálogo interior, el de los mil pensamientos inconexos por segundo, difícil de digerir para aquellos que no amen también la poesía; definitivamente una mala opción para los que busquen libros-evasión frente a los que nos confrontan con quiénes somos. En este libro Moreno presenta a dos personajes, María y Eduardo, pero ninguno interesa más que él. Nos da las pautas para conocerlo, nos confiesa partes íntimas pero sin regodearse en ellas: para saber la historia completa el lector debe también esforzarse y querer adentrarse más, intuir más, seguir la historia siguiendo las series de lógica. No es una lectura fácil, tampoco Lynch agrada. El caos incomoda.

El más joven de todos los autores sobre los que escribo es Juan Soto Ivars, que ha sido recientemente galardonado con el Premio Ateneo Joven de novela con su obra Ajedrez para un detective Novato (Algaida,2013). En 2011 publicó su primera novela, La conjetura de Perelman (Ediciones B) pero fue Siberia (El olivo azul, 2012), Premio Tormenta al Mejor Autor Revelación, la que despertó más interés y la que le dio mayor reconocimiento crítico. En ella profundizamos en la vida de Jonás, el protagonista, un chico joven que aspira a ser escritor y que atraviesa un momento de bloqueo creativo. Sí, un tópico recurrente, pero Soto Ivars en lugar de evitarlo lo confronta de una manera distinta al resto: si la literatura de la juventud se caracteriza por la intensidad y la ligereza, aqui prima el desconcierto, la densidad del monólogo interior, incluso asoma el memento mori prematuramente, a través de un tumor cancerígeno.

Jonás se autoimpone el patrón establecido para su edad, que es también el modelo de desenfreno y bohemia que estigmatiza a los aspirantes a escritores (drogas, sexo, salir hasta que amanece, exceso), pero fracasa. En la novela se describe un proceso interno sórdido y complejo en el que además el propio protagonista ha de asimilar que ha violado a alguien. Se enfrenta al rechazo, a la frustración, a la indiferencia. El libro gira en torno al anti-héroe, que no es ni mucho menos un Hank Chinaski, sino un hombre con conciencia de su propio peso, que se teme a sí mismo, que observa de forma ralentizada su caída y la forma de la persona en la que se está convirtiendo; y que sabe que rondando tan solo los treinta años, ya lleva consigo una mancha que presuntamente seguirá creciendo.

Por último quiero hablar de Alberto Chessa, un poeta amante de la música heavy que no había publicado ningún poema cuando quedó finalista del Premio Adonais de Poesía en el 2010. Su primer libro de poemas La osamenta (Ed. Rialph) me conmovió. Sucede que uno no está acostumbrado a encontrarse a un autor que pula paciente con constancia y durante tanto tiempo; así, este primer libro, en lugar del arrebato de un novel al uso, está cuidadosamente seleccionado; lo mejor desde 1994 hasta 2010.

Podemos decir que nos encontramos ante algo profundamente innovador, una primera publicación que se asemeja sin embargo, a una antología. Aún más complicado es que, pese a los catorce años de diferencia entre unos versos y otros, ni el transcurso del tiempo ni la variación de escenario son perceptibles. El mismo dolor sostenido por una columna vertebral inmutable. Pero es sólo al final del libro, cuando descubrimos la raíz, la herida viva frontal, tan abierta. Y después de tantas Yermas, de afrontar la fecundidad siempre desde el punto de vista de la madre, nos encontramos a un padre muy diferente del que describía Sharon Olds; el no padre. Un tema que sigue presente en su nuevo libro En la radiografía apareció la piel (Huerga y Fierro).

Este brevísimo mapa de escritores murcianos a seguir, es también una oda a lo autobiográfico, a la verdad, a los valientes. Es un ejercicio complejo, sumamente delicado; escoger bien lo que se va a narrar, saber confesarlo. Hace tiempo aprendimos que no hay que contarlo todo pero sí lo importante, lo que al menos en parte, nos define. Al final somos aquello contra lo que nos tocó luchar.

Sirva este artículo para demostrar que Murcia es, digan lo que digan, tierra fértil.

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