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20/12/2016 07:33 CET | Actualizado 20/12/2016 11:32 CET

Ya se oyen tambores de guerra en Europa

vladimirputinEl mundo vive una diabólica conjunción planetaria de las que se han interpretado como presagio del fin del mundo desde la más remota antigüedad. El retorno de los nacionalismos, los populismos, el racismo y la xenofobia, con el añadido de un trumpismo que es la suma de todas las taras incompatibles con una democracia creíble, suenan como las premoniciones medievales de cambio de milenio y hasta de siglo.

Foto: EFE

El mundo vive una diabólica conjunción planetaria de las que se han interpretado como presagio del fin del mundo desde la más remota antigüedad. El retorno de los nacionalismos, los populismos, el racismo y la xenofobia, con el añadido de un trumpismo que es la suma de todas las taras incompatibles con una democracia creíble, suenan como las premoniciones medievales de cambio de siglo y hasta de milenio. Con el agravante de que parece como si Donald Trump quisiera que el Mayflower diera la vuelta hacia la Europa intolerante de la que huían los 102 colonos peregrinos que arribaron en 1620 a Massachusetts, abrieron el camino a millones de europeos y pusieron la semilla de la libertad y la democracia en las 13 colonias que serían el embrión de los Estados Unidos.

El 22 de septiembre de 2016 a las 09.30 horas de la mañana, la sala de control del espacio aéreo noruego entró en modo crisis: dos elegantes cisnes blancos, en argot de la OTAN, modernos bombarderos Tupolev 160, lo mejor de las fuerzas del aire rusas, preparaban una guerra de nervios y la comprobación de los sistemas de alerta y control occidentales. Los Tupolev llegaron hasta Bilbao, donde les salieron al encuentro unidades F-18 españolas que se situaron a unas diez millas. La línea del espacio aéreo nacional. El ex presidente ruso, y actual primer ministro de Putin, Dimitri Medveded, reconocía en febrero en Munich, durante la celebración de la Conferencia de Seguridad, que, en efecto, el mundo vive "una nueva guerra fría".

Rusia, empeñada en recuperar su condición de gran y desconfiado enemigo de Occidente (el espantajo de un buen enemigo exterior es infalible para desviar la atención de los gravísimos problemas internos) no hace gestos en vano. El 17 de julio de 2014, en plena crisis bicéfala de Crimea y Ucrania, a la vez distinta y a la vez la misma, un misil ruso disparado por fuerzas pro rusas derribaba a un avión civil, el MH17 de Malaysia Airlines. No hubo supervivientes. Una comisión internacional concluyó en septiembre de 2016 que Moscú estuvo implicado en el lanzamiento. Una vez abatido el avión civil, esa misma noche la batería regresó a zona segura: el territorio ruso.

Junto al fantasma ruso han vuelto a despertar los demonios familiares europeos del populismo y el nacionalismo.

Mientras sigue el conflicto en Ucrania, con constantes desafíos rusos y una presión en todos los frentes posibles - incluido el energético, que afecta a Occidente- escuadrillas rusas sobrevuelan territorio de los estados bálticos. En una ocasión, a bordo de uno de los aviones que incursionaron en territorio de la OTAN, un Tupolev 154 escoltado por dos cazas Su-27 sin permiso de vuelo, el 28 de marzo de 2016, viajaba el ministro de Defensa de Putin, Serguei Shoigu. La excursión fue interceptada por dos Eurofighters españoles.

Hace unas semanas, en la visita a la Sociedad Geográfica de Moscú, Putin le preguntó a un niño que se sabía todas las capitales del mundo que cuáles eran las fronteras de Rusia, y el chico respondió correctamente: terminaba en el estrecho de Bering frente a Estados Unidos. El ex agente del KGB sonrió y le acarició la cabeza: "Las fronteras de Rusia no terminan nunca..." Sonrió y dijo: "Es una broma".

Alrededor de esas fechas eran sólidos los rumores en Washington de que el Kremlin pudo haber interferido con ataques cibernéticos en la campaña electoral para desacreditar a Hillary Clinton. Volvieron a esgrimirse los contactos rusos de muchos colaboradores de Trump, la conexión Wikileaks, con un Julian Assange desatado contra los demócratas, la campaña de intoxicación y mentiras en las redes sociales... La CIA ha confirmado finalmente que Vladimir Putin estuvo involucrado en los ataques informáticos sufridos en el proceso electoral estadounidense, y Obama ha anunciado represalias en el mismo campo.

Y por su parte, Europa, tras el período sin guerras más largo de su historia, desde el fin de la II Guerra Mundial, vive momentos complejos y llenos de riesgos. Este es un ingrediente en la coctelera que no se suele valorizar. Los que sencillamente analizan la situación actual y la comparan con el clima de preguerra y con los de la guerra fría, que volvió a poner al mundo al borde del cataclismo (la crisis de los misiles en Cuba) son prontamente descalificados por esnobistas y cínicos como provocadores, tremendistas y fantasiosos.

Y es que junto al fantasma ruso han vuelto a despertar los demonios familiares europeos del populismo y el nacionalismo. La mezcla fue, literalmente, explosiva. Los nacionalismos y los populismos engendraron al fascismo, el nazismo y el comunismo, y pusieron ante el abismo a las débiles democracias de los años 30 del siglo XX. Ahora, los nacionalismos suman los que luchan por desmembrar los estados construidos en un duro y largo proceso de agregación histórica. El futuro parece ser la Europa que recorrió Julio César a la ida y la vuelta de la guerra de las Galias, con cientos de tribus, o al declive del Sacro Imperio Romano Germánico, o al estallido del Imperio Austro-húngaro, nación de naciones.

La paz fue posible gracias a dos grandes inventos. Uno: los Tratados de Roma, firmados el 25 de marzo de 1957, que crearon la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica, que con el de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) fueron los embriones de la actual UE. Dos: la Alianza Atlántica.

Los nacionalismos y los populismos de extrema derecha y extrema izquierda y de extrema desvergüenza cuestionan los paradigmas que nos han guiado con éxito desde la II Guerra Mundial.

Las guerras, desde que las tribus, los pueblos y las naciones y reinos fueron necesitando más espacio para su desarrollo, fueron el método habitual para la conquista de territorios cuyos propietarios no se avenían por las buenas ni por las bodas. Había que ampliar los terrenos para producir, cuando la agricultura era determinante; para vender y extender los mercados, y como factor de seguridad, buscando ciudades emergentes con una naciente industria y comercio, ríos o montañas que marcaran fronteras... La creación de la Comunidad Europea creó un mercado supranacional: el Mercado Común, que luego se fue ampliando a velocidad creciente. Solucionado pues el tema de un mercado suficiente que permitiera multiplicar los negocios y la economía, la libertad de circulación de los ciudadanos fue creando una personalidad europea, en el instante adecuado: cuando Europa ofrecía bienestar y un reparto equilibrado de la riqueza.

Por su parte, la OTAN tenía dos funciones: la interior, hacer que mediante la interrelación no fuera posible que ningún país miembro pudiera desarrollar estrategias militares que pusieran en peligro la paz y seguridad colectivas; y por el otro, que las sinergias entre Europa y los EEUU y Canadá fueran un factor de disuasión frente a aventuras exteriores, y una de las condiciones previas y obvias para que Europa pudiera optar al papel de gran potencia en un espacio intermedio, pero eficiente, entre Estados Unidos, Rusia y China, que configuran un nuevo mundo con un poder multipolar.

Los nacionalismos y los populismos de extrema derecha y extrema izquierda y de extrema desvergüenza cuestionan los paradigmas que nos han guiado con éxito desde la II Guerra Mundial. Nunca ha habido una Europa que se pudiera comparar a la actual en el concierto internacional. Nunca paz tan prolongada y vigilada, tanta seguridad y tanto bienestar. Nunca tanta tranquilidad. Nunca los padres europeos tuvieron tanta confianza en que sus hijos no padecerían los horrores de una guerra.

Hasta ahora. La crisis y la ausencia de liderazgos fuertes y honestos, tras la desaparición por imperativo biológico de los últimos grandes estadistas, los que idearon el Mercado Común, Maastricht, el euro, los Erasmus, los fondos de cohesión Norte-Sur... han sido sustituidos por mediocres endiosados que han permitido que grandes masas sucumban a los encantadores de serpientes y a los hechiceros. Los desquiciados y mentirosos que provocaron el Brexit, el Frente Nacional francés, los esperpénticos italianos del payaso profesional Beppe Grillo... hasta una parte del populismo soñador de Podemos en España y los nacionalismos recalcitrantes que engordan con cuentos y con falsas cuentas, si se dieran las circunstancias, serían termitas en las vigas de la arquitectura europea. ¿Hay acaso diferencias sustanciales en el discurso de muchos populistas y nacionalistas con los de Milosevic y su "Gran Serbia"?

¿La vuelta a una nueva época oscura es sensacionalismo? No; son sensaciones razonables. La única pócima milagrosa es que retorne la cordura. Los Reyes Magos son los padres. Si se acepta esta premisa, vamos en buena dirección.

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