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06/06/2013 08:26 CEST | Actualizado 05/08/2013 11:12 CEST

Érase una vez en Normandía

Aquel 6 de junio de 1944 los estadounidenses (junto a ingleses y canadienses) afrontaron obuses "del tamaño de un vagón de tren". Miles de ellos fueron barridos en la playa húmeda, y su hazaña todavía resuena como un trueno en la memoria local. Los norteamericanos no viajan a Normandía: peregrinan.

Miraba distraído el mapa de la Operación Overlord, cuando empezó a sonar la Star Spangled Banner con tañidos lentos. Me giré hacia el memorial, en un lado del cementerio, y vi a decenas de personas encarando la bandera estadounidense con la mano en el corazón. No se oía ni una palabra, ni un clic. El sol resplandecía sobre las cruces de mármol blanco y hasta el último pliegue de carne humana rebosaba solemnidad. Cuando acabó el himno, tres hombres se cuadraron frente a la estatua del titán. Uno de ellos aguantaba las lágrimas como un niño castigado.

Los norteamericanos no viajan a Normandía: peregrinan. En los cafés de Bayeux, es habitual ver a hombretones del Sur imitando a Homero: cantando proezas de largas lanzas y cóncavas naves sin ahorrar detalles logísticos ni teorías what if. Quizás sea aquí, en la costa francesa, donde Washington consolidó su manía de pisar terreno extranjero con la seguridad moral de San Jorge matando al dragón, bien para liberar Europa del yugo nazi, bien para bombardear o secuestrar un país descalzo.

Sea como fuere, aquel 6 de junio de 1944 no hubo drones ni misiles teledirigidos. Nadie mencionó armas que no existían y el enemigo no eran pastores analfabetos, sino alemanes forjados en cinco años de guerra total. Los estadounidenses (junto a ingleses y canadienses) afrontaron obuses "del tamaño de un vagón de tren". Miles de ellos fueron barridos en la playa húmeda, y su hazaña todavía resuena como un trueno en la memoria local.

Escena del desembarco en Salvar al soldado Ryan, dirigida por Steven Spielberg. Dreamworks, Paramount Pictures; 1998. Vídeo: Youtube.com

François pilota su minibús en la campiña; los árboles se inclinan sobre la carretera con un verde intenso, desvelando praderas alfombradas de flor canela y rebaños de vacas orondas. A veces aparece un château. "Mi abuelo pasó la primera guerra mundial cavando trincheras en el Este de Francia", nos dice. "Durante la segunda se especializó en descarrilar trenes para la Resistencia. Un día, no se sabe muy bien si por una filtración o por puro instinto, decidió cavar una trinchera en su jardín. Poco después comenzaron los bombardeos. Mi familia se salvó gracias al refugio que cavó mi abuelo".

Este francés tocado con fular y redondeado por el trou normand (pausa en medio del banquete para tomar un digestif con sorbete y poder seguir comiendo) encadena batallitas con evidente placer. Nació en 1953, pero los esqueletos de camiones y tanques oxidados que vio en su niñez fertilizaron el resto de su vida. Él y su hermana componen un archivo familiar que desean legar a sus descendientes. "Mi abuela nunca quería hablar de la guerra, por eso, cuando nos reuníamos los domingos, le dábamos vino y Calvados para que aflojase la lengua. Luego le arrimábamos la grabadora".

Si François bruñe su pasado como si fuese valiosa plata, el otro guía (también llamado François) es una criatura del desembarco. En él se da un caso paranormal: a sus 25 años y sin haber vivido fuera de Francia, habla un inglés americano con perfecto acento del Sur. A veces desliza un error gramatical, pero su dicción (a juicio de los norteamericanos allí presentes) se ajusta con escalofriante rigor al de un tipo cualquiera de Arkansas, totalmente limpia de sonidos europeos. Él dice que aprendió inglés viendo películas bélicas. Yo creo que François, con su chaqueta de cuero y su pasión por el Día D, con su acento y sus gafas de aviador, es la reencarnación de un soldado caído en Omaha Beach.

El turismo de Bayeux gravita sobre el Hotel Churchill, de cuyo aparcamiento salen los minubuses cargados de peregrinos hacia las playas y el memorial (el cementerio alemán, con más del doble de tumbas que el americano y diez veces más que el inglés, casi no figura en las guías). Mirando los panfletos, pareciera que cada normando fuese un héroe de la Resistencia. Pero ¿y los colaboracionistas, los vichystes? ¿Dónde queda el reverso del triunfalismo y los actos públicos? Voy a preguntar, pero me contengo; prefiero limitar mi viaje a los ritos aliados. Pues en mi país las lápidas y los monumentos honran al otro bando.

Uno de los cráteres que rodean Pointe du Hoc, entre Omaha y Utah Beach. Foto: Argemino Barro.