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10/04/2018 14:32 CEST | Actualizado 10/04/2018 14:32 CEST

La Unión Europea frente a Viktor Orbán o la sombra del Chamberlain

Getty Images

Pasarán las noticias sobre la victoria electoral del primer ministro húngaro, Víktor Orbán, pero quedará el problema mayúsculo que representa para la Unión que uno de los miembros del Consejo Europeo haya triunfado en las urnas con un mensaje nítidamente xenófobo y con unas malas artes que la OSCE ha puesto dramáticamente de manifiesto.

Digámoslo sin pelos en la lengua: las de Hungría habrán sido unas elecciones libres, pero no justas, porque los medios utilizados desde el poder por el partido de Orbán, Fidesz, han impedido a las otras fuerzas políticas competir en pie de igualdad. No estamos hablando de minucias, sino de algo fundamental en la Unión Europea: una democracia demuestra serlo en el contenido y en las formas.

Las instituciones europeas no pueden confundir respeto a las decisiones electorales de los países comunitarios con silencio o paños calientes

El discurso de Orbán choca frontalmente con los valores de la UE y agita los peores fantasmas del pasado lejano y también del cercano de nuestro continente, en un área geográfica, además, en la que, cuando se han encarnado, lo han hecho de forma especialmente aguda y destructiva.

Así que lo ocurrido en Hungría no puede pasar sin más a formar parte del paisaje político europeo, como si nos conformáramos con constatar que en Austria, Holanda, Francia y Alemania quienes comparten proclamas con Orbán no ganaron las elecciones.

Entre otras cosas, porque todavía estamos a la espera de saber si la Liga Norte italiana consigue o no entrar en el Gobierno, lo que elevaría la lista de estados miembros dirigidos por partidos populistas, xenófobos o descreídos de las virtudes del estado de derecho (caso de Polonia), sumando uno de los cinco grandes y encima fundador a la nómina.

Se echa en falta un posicionamiento claro del PPE frente al primer ministro húngaro y su programa

Las instituciones europeas no pueden confundir respeto a las decisiones electorales de los países comunitarios con silencio o paños calientes. Si lo hacen, estarán invitando a pensar a los extremistas que el "apaciguamiento" vuelve a ser norma frente a sus actuaciones, exactamente cuando se cumple el 80 aniversario del "papelito" de Chamberlain, salvando todas las evidentes distancias históricas, afortunadamente.

Pero esto no vale solo para las instituciones de la UE, sino también para quienes las conforman: los partidos políticos europeos. Fidesz y Orbán son miembros del Partido Popular Europeo (PPE), la primera familia política de la Unión, que encabeza actualmente el Parlamento, la Comisión y el Consejo Europeo. Precisamente por ello se echa en falta un posicionamiento claro del PPE frente al primer ministro húngaro y su programa, que podría ir desde el desmarque formal hasta la congelación de su pertenencia o incluso su expulsión, en vez de los telegramas de felicitación enviados por sus dirigentes.

Si la UE no reacciona, quienes hacen frente a los extremistas en sus países pensarán que están más solos que la una, los populistas llegarán a envalentonarse todavía más y, sobre todo, los valores europeos sufrirán un desgaste que no nos podemos permitir. Porque en esto tampoco hay fronteras y el precio terminaremos pagándolo todos no nos engañemos.

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