El Mundial que empezó sin presidentes: México abre la Copa del Mundo con más gente en las calles que autoridades en el estadio
Ni Claudia Sheinbaum, ni Donald Trump, ni Mark Carney acudieron al partido inaugural del Mundial 2026. Mientras las autoridades se ausentaban de las gradas, decenas de miles de aficionados convertían el centro de Ciudad de México en una fiesta popular.

Hay imágenes que definen una época. Durante décadas, la inauguración de un Mundial de fútbol era también una cumbre política informal. Presidentes, reyes, primeros ministros y líderes internacionales aprovechaban el mayor escaparate deportivo del planeta para dejarse ver en el palco, fotografiarse y proyectar una determinada imagen de sus países.
El Mundial de 2026 ha arrancado de una forma muy diferente. Por primera vez en décadas, el partido inaugural de una Copa del Mundo se ha disputado sin la presencia de ningún jefe de Estado en las gradas. Ni la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, ni el presidente estadounidense, Donald Trump, ni el primer ministro canadiense, Mark Carney, acudieron al Estadio Ciudad de México para el estreno del torneo más importante del fútbol mundial.
Tampoco estuvo presente el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, pese a que su selección era la encargada de disputar el encuentro inaugural frente a México.
La imagen resultó tan llamativa como simbólica. En el palco del estadio más emblemático del fútbol mexicano apenas destacaba la presencia del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, mientras el protagonismo político desaparecía por completo de una ceremonia que tradicionalmente había servido para exhibir poder institucional.
La ausencia más comentada fue, sin duda, la de Claudia Sheinbaum. La presidenta mexicana decidió no acudir al estadio y rompió una tradición que se mantenía prácticamente intacta desde mediados del siglo XX. De hecho, se convirtió en la primera jefa de Estado de un país anfitrión que renuncia a asistir a una inauguración mundialista desde que existen registros modernos de este tipo de ceremonias.
Lejos de refugiarse en una explicación protocolaria, Sheinbaum justificó su decisión con un mensaje político. Consideró que las entradas eran inaccesibles para buena parte de la población y optó por seguir el encuentro junto a aficionados en un espacio popular habilitado en la capital. Incluso regaló su entrada a una joven indígena.
Una decisión que algunos interpretaron como un gesto de cercanía con la ciudadanía y otros como una forma de evitar una exposición pública innecesaria en un contexto internacional especialmente complejo.

Un Mundial en tiempos diferentes
Para los expertos, la ausencia masiva de líderes políticos no debe interpretarse necesariamente como un desplante hacia México.
Ricardo Domínguez, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), considera que los tiempos han cambiado. Si durante gran parte del siglo XX los grandes eventos deportivos servían para promocionar la imagen internacional de los países anfitriones, hoy internet, las redes sociales y las nuevas formas de comunicación han reducido notablemente esa necesidad.
El Mundial sigue siendo un escaparate global, pero ya no depende de la fotografía de un presidente en el palco para proyectar su influencia.
Además, el torneo arranca en medio de un escenario internacional especialmente convulso, marcado por conflictos geopolíticos, tensiones diplomáticas y agendas nacionales que han reducido la presencia institucional en este tipo de eventos.
La verdadera inauguración estuvo en las calles
Mientras el palco se vaciaba de dirigentes, el centro histórico de Ciudad de México vivía una escena completamente distinta.
Más de 50.000 personas se congregaron en el Zócalo para seguir el debut mundialista a través de pantallas gigantes instaladas en el FIFA Fan Fest. Miles de aficionados mexicanos y extranjeros llenaron las calles del centro entre cánticos, trompetas, banderas y camisetas de todas las selecciones.
La fiesta comenzó mucho antes del pitido inicial.
Desde primera hora de la mañana, grupos llegados de distintos puntos del país fueron ocupando los alrededores de la plaza principal. También lo hicieron turistas extranjeros que, incapaces de conseguir entradas para el estadio o de asumir sus elevados precios, encontraron en el centro de la ciudad una alternativa para vivir el ambiente del Mundial.
"Queríamos conocer gente de todo el mundo y ver ganar a nuestro país", explicaba Gerardo Martínez, llegado desde Sinaloa junto a varios amigos.
El guatemalteco Luis de León resumía una situación compartida por miles de aficionados. Había viajado expresamente para vivir el ambiente mundialista, aunque no había conseguido entradas para ningún encuentro en México. Su plan consistía en disfrutar del Fan Fest antes de viajar posteriormente a Estados Unidos para asistir a otros partidos.
Un Mundial más popular que institucional
La paradoja de este arranque mundialista es evidente. La Copa del Mundo más grande de la historia, disputada por primera vez entre tres países y con un número récord de selecciones participantes, comenzó sin presidentes, sin grandes gestos diplomáticos y sin la habitual exhibición de poder político.
Pero al mismo tiempo arrancó rodeada de una enorme movilización popular.
Mientras las autoridades permanecían lejos de las cámaras, decenas de miles de personas llenaban plazas, calles y terrazas para celebrar el inicio de un torneo que, una vez más, demuestra que el fútbol sigue perteneciendo mucho más a quienes lo viven desde la grada que a quienes lo observan desde los palcos.
México convence en su debut
Y mientras la política quedaba en un segundo plano, el fútbol sí cumplió con el guion esperado. México arrancó su Mundial con una victoria convincente ante Sudáfrica (2-0) en un partido que dominó de principio a fin y que permitió a los aficionados locales celebrar la primera gran alegría del torneo.
Julián Quiñones, colombiano nacionalizado mexicano, abrió el camino del triunfo junto a Raúl Jiménez, autor del segundo tanto, en una noche en la que la selección anfitriona fue claramente superior. El encuentro quedó además condicionado por las expulsiones de dos futbolistas sudafricanos en la segunda mitad, aunque México también terminó con diez jugadores tras una tarjeta roja en los minutos finales.
Fue el broche perfecto para una inauguración atípica. Sin presidentes en las gradas, sin grandes gestos diplomáticos y con el protagonismo repartido entre las calles, las plazas y los aficionados. El Mundial más grande de la historia ya está en marcha y, al menos en su primer día, quedó claro que la verdadera fotografía de esta Copa del Mundo no estaba en el palco del estadio, sino entre las decenas de miles de personas que la celebraron en las calles de Ciudad de México
