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09/09/2013 07:28 CEST | Actualizado 08/11/2013 11:12 CET

Relaciones cínicas con el Estado

Siempre me ha sorprendido la hipocresía de los españoles, a los que por un lado les gusta que el Estado mande, pero por otro demuestran un considerable afán por batir al sistema declarando menos de lo que ganan u olvidándose de hacer facturas.

Parece que no ha sorprendido ni preocupado demasiado la reciente información, proveniente de un estudio del BBVA, de que los españoles son los europeos que más esperan del Estado. Yo me atrevería a afirmar que incluso hay un cierto orgullo en ello, al fin y al cabo el orgullo en un Estado justiciero constituye un síntoma de europeidad, aunque todos sepamos que nuestro Estado del bienestar, que no el Estado en su totalidad, es relativamente raquítico en comparación con otros países de nuestro entorno quedando únicamente la educación gratuita y la sanidad universal como últimas líneas rojas.

Curiosamente los países del sur de Europa tienden a ser más estatistas que los del norte, en los que el Estado ofrece más prestaciones sociales pero tiene un menor intervencionismo en la vida pública. No en vano los regímenes fascistas arraigaron durante más tiempo en estos países con toda la carga simbólica de los Estados autárquicos. En realidad, hay algo de resquicio fascista y teocrático en esta creencia casi ciega en las cosas que el Estado es capaz de resolver.

Sin embargo, la relación de los españoles con el Estado es mucho mas compleja de lo que parece. En este sentido, siempre me ha sorprendido la hipocresía de los españoles, a los que por un lado les gusta que el Estado mande (en el estudio del BBVA había mucha gente que decía que el Estado debía controlar los precios), pero por otro demuestran un considerable afán por batir al sistema declarando menos de lo que ganan u olvidándose de hacer facturas. Y eso no sólo ahora, sino también en los años de las vacas gordas.

Este afán por no pagar impuestos no se debe tanto, en contra de lo que se dice, a que la presión fiscal sea excesiva sino sobre todo a la desconfianza antropológica del español con respecto al uso que los gobernantes hacen del Estado. No puede olvidarse que en España el Estado moderno -y no, no me refiero al Estado-nación sino a la institución como autoridad imparcial-, surge desde sus comienzos desprovisto de legitimidad. La concepción que los españoles tienen del Estado es la de un ente irracional siempre al servicio de intereses privados (ya sea partidos políticos, empresas, sindicatos o cualquier tipo de oligarquía). Por lo cual se da la paradoja de que por un lado el Estado tendría una vertiente justiciera de apoyar al débil pero por otro se percibe como un instrumento de abuso de poder por parte de quienes lo detentan. El resultado es que como ciudadanos sentimos que el Estado nos protege pero como contribuyentes vemos al estado como poco menos que un ladrón.

Y es que en el fondo los descreídos americanos creen más en la naturaleza justiciera del Estado que nosotros. Un Estado quizás más pequeño, menos entrometido en la vida privada de los ciudadanos y, por ello mismo, dotado de una mayor legitimidad. Un ejemplo claro de esta actitud lo encontramos a la hora de pagar impuestos. No descubro nada si digo que los americanos sienten aversión por esta palabra. Pues bien, a pesar de ello, el americano de a pie paga sus impuestos escrupulosamente. No recuerdo una única vez que un vendedor o un proveedor no me haya dado una factura o me haya preguntado si quiere que pague una parte en A y otra en B. Nadie lo hace porque la duda ofende y dejaría a uno en evidencia.

Con el Estado pasa un poco como con las religiones, que crecen, se desarrollan y fortalecen cuando no se imponen y se deja a la gente a su libre albedrío. Quizás por eso los países donde los Estados son mas pequeños, que no necesariamente menos fuertes ya que la mano del Gobierno federal norteamericano es alargada, también son más respetados.