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15/12/2016 07:23 CET | Actualizado 15/12/2016 07:23 CET

Testosteron@

bradpittCuando el progresismo opera por represión, logra lo que ocurre en las pesadillas: que los deseos ocultos retornen de manera monstruosa. Y eso es lo que retorna en el giro facha del planeta. Giro con olor a patriarcado, pero que es sólo el desecho cruel de éste. La testosterona se sigue criminalizando por la moralina progresista, y esta retorna cada vez más criminal.

En una entrevista reciente, Michel Houellebecq increpa a las feministas y les invita a leer sus libros para enterarse del punto de vista masculino, afirmando que los hombres hoy callan por prudencia, disimulan para gustarle a las mujeres y que éstas tontamente creen que el macho cambió.

Resistirse de pensamiento parece todo un desafío, porque la luz del panóptico de la moralina contemporánea pretende atravesar todas las capas de la piel, no sólo orientando el comportamiento, sino que también las ideas y el sentir. ¿El resultado? Pues la anorexia mental que provoca el temor a la disidencia. Cualquier antagonismo al bien pensar es acusado de misoginia o algún fascismo. Se infantilizan los debates en la medida en que se valora la candidez de los protagonistas antes que la complejidad. Bastante han dicho ya al respecto los analistas desconcertados este año ante el giro facha del planeta, desde la sorpresa Brexit, Trump, ¡hasta el curioso retorno glorioso de La casa de la pradera en la televisión! El ciudadano de a pie, asfixiado y ajeno al veganismo político, se habría manifestado como el escritor: no crean que hemos cambiado, seguimos pensando lo mismo.

Lo que Houellebecq advierte es que, al igual que al progresismo, el feminismo también está amenazado con que se le aparezca la sorpresa de un brexistismo: eso que los hombres piensan.

¿Y qué sería eso que los hombres callan? Supongo que cualquier cosa que huela a testosterona, la que puede ser usada en su contra. Las demostraciones fálicas sólo parecen virtudes si las porta un cuerpo considerado oprimido. Cualquiera salvo el hombre blanco hetero está autorizado a jugar con la dominancia, coquetear con la agresión o sacar a relucir su cachondez. Como la culpa que genera austeridad en el millonario, la masculinidad es guardada en el armario por algunos hombres. La ostentación es libre para los más desventajados.

Cuestión que tiene todo el sentido del mundo, de eso se trata la democratización del poder. No podía quedar éste relegado a ese acotado porcentaje de la población -el hombre blanco hetero- que paradójicamente no se nombra como minoría. Pero la particularidad de la narrativa de esta redistribución del poder, es que su exhibición sólo queda autorizada a quienes sean considerados inocentes de cualquier deseo opaco, y claro, los únicos que pueden ser totalmente castos del mal son quienes se identifican con el lugar de víctimas. Arrasando con quienes efectivamente lo son, la identidad de víctima se ha vuelto peligrosamente una impostura en la arena política, porque libra de la autocrítica. Hoy casi todos son oposición, todos víctimas de algo -aunque tengan toda la libertad para gritar fuerte-, incluso los gobiernos se comportan discursivamente como oprimidos (G. Garcés): ante su fracaso, hay siempre un opresor a quien responsabilizar.

Las mujeres, en este escenario, somos manjar para el aprovechamiento político en nombre de ser víctimas. Y claro que lo somos en varios asuntos. Hay cuestiones inobjetables en la lucha por la igualdad de derecho y por la condena de los crímenes sexistas. Pero definirnos esencialmente como víctimas nos expone a los paternalismos que nos dejan presas en una definición poco alentadora. Hay verdades nuevas que, antes que asumirlas sin más, vale la pena preguntarse qué lugar ocupamos en ellas. Y al definirnos como víctimas, podemos terminar como carne para militancias a veces más estéticas que éticas, al servicio del narcisismo activista antes de lograr perturbar algo del orden social.

Eros es esa tensión que trae la diferencia, tensión del encuentro con otro cuerpo, otra idea, otra historia.

El feminismo como movimiento, como deseo y lucha, es heterogéneo, fértil y urgente. Pero como otras militancias contemporáneas, algo de él se ha coagulado en una versión policiaca, fallando en su autoexamen. Desde denuncias en redes sociales que, con demasiada prisa, definen a víctima y victimario, hasta la presión por anular cualquier tensión de género, como en los manierismos del lenguaje forzado.

Y si hay una tensión que se anula en los "@ "o "x" del "neolenguaje", es la del erotismo. Eros es esa tensión que trae la diferencia, tensión del encuentro con otro cuerpo, otra idea, otra historia. Tensión necesaria para el lazo, como deseo o debate. La neutralidad forzada, por el contrario, genera que la diferencia retorne de forma cruda, fuera del pacto social, como la violencia obscena. Quizás por eso, hoy, el debate cede al linchamiento. Porque las políticas de tolerancia cero (de tensiones y antagonismos) conllevan crímenes disimulados como la detención por sospecha. ¿No es la rápida acusación de misógina una forma de detención por sospecha? Bajo el abuso -¿oportunismo?- del concepto de micromachismo se pierde la distinción entre el crimen y el deseo, entre una violación y una mirada ganosa. La acechanza hacia lo micro va tras el desliz, la conversación de chat, incluso el arte y la literatura han dejado de ser inimputables. Así, acto y letra son sancionados bajo el mismo rigor.

Pero no toda tensión es reductible. Cada vez que se toma el camino hacia Rousseau (el hombre sería bueno por naturaleza), se choca inevitablemente con Sade (Paglia). Ciertas tensiones no son domesticables, al menos no por fuerza. Así fue como el progresismo no vio al trumpismo venir.

Y quizás tampoco ve del todo que junto a la emancipación de las mujeres corre paralelamente la ubicuidad del porno. Porque si hay algo incómodo que insiste de manera implacable en lo masculino -independiente de la anatomía, lo masculino no se reduce al hombre- es la fetichización del cuerpo como clave erótica. Lo que implica cierto grado de objetualización de la carne, y que con toda falta de justicia y compasión jerarquiza acorde a la belleza. Que tal gramática tenga algo de violencia es innegable. Aunque ésta no siempre sea criminal, la mayoría hemos padecido en las trincheras del mercado de la carne. Seguramente es a esta condición incorrecta a la que Houellebecq apela.

Sin embargo, el mismo autor reconoce algo más que sincera su literatura: el derrumbe de las relaciones. Es el ocaso del amor, también callado, bajo la consigna de una autonomía egótica que ahoga la posibilidad del encuentro. Amor que, al menos por un momento, logra aquello que ninguna ingeniería social puede: borrar las jerarquías y egoísmo. Si hay alguna verdad, supongo que es más parecida a ésta: si bien existe una cuota de violencia y tensión entre los cuerpos, ésta sólo cede ante el reconocimiento de la necesidad de otros, ese es el lugar posible al lazo amoroso y social.

El amor como ética -tan escasa estos días- implica la deconstrucción permanente, porque empuja a salir de las propias verdades, tal como el proyecto progresista de desmontar lo que parece establecido. Por eso, cuando cualquier ideario abandona esa cualidad, la de auto-revisarse, se reduce en una verdad fija y terca. Por más que parezca un proyecto opositor es cómplice de un nuevo purismo reaccionario.

Así, cuando el progresismo opera por represión, logra lo que ocurre en las pesadillas: que los deseos ocultos retornen de manera monstruosa. Y eso es lo que retorna en el giro facha del planeta. Giro con olor a patriarcado, pero que es sólo el desecho cruel de éste. Aunque canalla, el orden patriarcal tenía códigos: el sexo fuerte dominaba con el compromiso de proteger al débil. Como toda promesa, no se cumplía, pero existía la sanción de "poco hombre" al traicionarlo. Machismo estúpido sí, pero hoy carecemos de códigos de honor frente a la violencia que retorna a secas, sin el disimulo de la protección. La testosterona se sigue criminalizando por la moralina progresista, y esta retorna cada vez más criminal.

Mientras tanto en la ciudad de los hombres domesticados, el masculino de a pie alega que ya no quiere dominar, sino que aspira a mandarse a cambiar. No por nada tantas almas se quejan de la soledad que deja la vacuidad del amor estos tiempos. Todo huele a fusta vieja, pero esta vez ni siquiera con la ilusión de un padre: "Qué patriarcado por el amor de Dios, la mayoría somos, con cueva, vagabundos". (Germán Carrasco).

Este artículo fue publicado originalmente en The Clinic