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26/07/2012 09:28 CEST | Actualizado 24/09/2012 11:12 CEST

Europa, 'verticalmente limitada'

La lucha por la supervivencia del euro ha fagocitado cualquier afán de protagonismo de la política exterior europea, si es que lo tuvo realmente alguna vez. No es cierto que a los ciudadanos no les atraiga el proyecto europeo, lo que hace falta es involucrarles más.

Disculpen mi ignorancia, pero hasta hace poco no sabía que el término políticamente correcto de enano era "persona verticalmente limitada". Siempre se ha dicho que la Unión Europea era un gigante económico -en su conjunto, el mayor PIB del mundo, el 20 por ciento del comercio mundial, el 60 por ciento de la ayuda al desarrollo...- pero un enano político. Su fuerza económica no se traducía en mayor peso o influencia en la toma de decisiones que afectan a las grandes cuestiones globales. Hoy parece que eso ya casi no importa y el debate gira más en torno a si la Unión está abocada a la desintegración o si será capaz de salir fortalecida de esta difícil situación.

En realidad, en los últimos meses se ha avanzado más y más rápido hacia una mayor integración que en todo el periodo anterior y se han dado pasos importantes hacia la unión política, económica y presupuestaria. El Pacto fiscal, el nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, las discusiones sobre la unión bancaria, sobre un modelo federal... Aunque haya surgido, por primera vez, un discurso que alerta sobre la posibilidad de la descomposición, la Unión, a trancas y barrancas (como siempre), sigue profundizando en su relación.

Lo que no está tan claro es que haya mejorado mucho su actuación como un auténtico actor global. Ese era uno de los objetivos del fallido proceso constitucional europeo, primero, y del resultante Tratado de Lisboa, después. En un mundo en el que el poderío de Estados Unidos está en declarado declive -aunque siga siendo de hecho la única superpotencia- y en el que la supremacía asiática, con China a la cabeza, asoma por el horizonte, la Unión podía representar un buen contrapeso, con su bienestar económico, su sólidas bases democráticas y su defensa de los derechos humanos, la paz y la solidaridad.

Y entonces llegó la crisis y lo complicó todo. La lucha por la supervivencia del euro ha fagocitado cualquier afán de protagonismo de la política exterior europea, si es que lo tuvo realmente alguna vez. A Catherine Ashton y Hermann Van Rompuy, Alta Representante y presidente permanente del Consejo, respectivamente, les cuesta brillar con luz propia y casi hacer oír su voz en los foros internacionales, mientras que los líderes nacionales siguen saliendo por delante en la foto.

La primavera árabe, por ejemplo, pilló a la Unión con el pie cambiado. Una de las mayores oportunidades de la Historia para apoyar el proceso de cambio de los vecinos del Sur coincidió con el más que tímido arranque del nuevo Servicio Europeo de Acción Exterior y, sobre todo, con las vacilaciones, diferencias e incoherencias de los países a la hora de poner en práctica dicho apoyo. Prueba de ello fue que dos de los principales Estados miembros, Reino Unido y Francia, encabezaron la iniciativa para autorizar una intervención militar en Libia, en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, mientras otro, Alemania, se oponía. Prueba de ello fue también la carrera de los líderes nacionales por presentarse en Túnez, El Cairo o Trípoli. El apoyo a las transiciones democráticas no tiene por qué estar reñido con el tratar de amarrar, lo antes posible, futuros contratos. Por supuesto, en este año largo la UE sí ha logrado avances en este terreno, pero no ha tenido la visibilidad ni la influencia que podría haberse esperado de ella.

Otra de las grandes incoherencias en el terreno global es la de la representación europea en los organismos multilaterales salidos de la II Guerra Mundial. Los famosos BRICS están frustrados porque su presencia en el Consejo de Seguridad, o en los comités ejecutivos del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no se corresponden con el peso de sus economías en el PIB mundial, mientras que las antiguas potencias (y no tanto) europeas se aferran a sus sillas con uñas y dientes.

Así que, pese a los cambios institucionales, la Unión Europea sigue siendo un enano político, al menos en política exterior, un bloque verticalmente limitado, pues no llega a desplegar sus capacidades en el entorno de un modo coherente, eficaz o visible. ¿Será Europa capaz de dar el gran salto hacia adelante? Existe la creencia generalizada de que o los Veintisiete juegan unidos en el tablero global, o están irremisiblemente destinados a la irrelevancia.

Antes de entrar en vigor el Tratado de Lisboa, el Consejo de Europa encargó a un grupo de "sabios", encabezado por Felipe González, una reflexión sobre los desafíos y las oportunidades de la Unión para 2030. Una de sus principales conclusiones era la necesidad de un fuerte liderazgo político, "una forma de liderazgo caracterizada por su capacidad para mantener un diálogo honesto y fructífero con los ciudadanos y para gobernar en colaboración". Esta afirmación sigue siendo hoy más válida que nunca. Sólo si los líderes europeos realmente quieren, serán capaces de aunar voluntades y poner el interés común por encima del nacional.

Estas y otras cuestiones sobre el presente y el futuro de la Unión se han debatido en el curso de verano organizado por Eurobask y la Universidad del País Vasco en San Sebastián bajo el títuloLa metamorfosis de Europa, ¿triunfo de los mercados? Con un nutrido, interesado e informado grupo de asistentes, durante tres días se han puesto sobre la mesa los diferentes aspectos del desafío comunitario. No es cierto que a los ciudadanos no les atraiga el proyecto europeo, lo que hace falta es involucrarles más en la discusión y en las decisiones en torno a él.

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