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09/08/2015 09:56 CEST | Actualizado 09/08/2016 11:12 CEST

Los que no vamos al Club de Campo de la Villa

sociosQue a estas alturas haya que democratizar y abrir al pueblo el Club de Campo, que es en su 51% propiedad del Ayuntamiento madrileño, es signo de que España no está hecha aún, y que es algo a medio terminar. En este país de políticos menudos y faramalla de la Carrera de San Jerónimo, la consternación ciudadana todavía no ha empañado los ojos de cristal de los diputados.

EFE

Manuela Carmena se orienta por la alcaldía a golpe de abanico castizo, y sus propuestas andan escandalizando a la gente bien con ese airón de gozo y jueza revolucionaria. Las infantas, los cayetanos, los Fernández de Mesa, las Martínez Bordiú y las marsauras son asiduos a la equitación y al salto equino en el Club de Campo de la Villa, inaugurado en parte de los solares municipales por el conde de Gamazo y el duque de Maura en 1931 como la Sociedad Deportiva Club de Campo. Así que en 1984, Tierno Galván, que era una mezcla de Montesquieu y Azaña, dio un golpe de maza y "como alcalde vuestro que soy", muy berlanguiano él y muy rojo, hizo efectivos los derechos del Ayuntamiento sobre parte de los terrenos en los que se ubica el club.

Muchos nos seguimos acordando de Tierno, el mejor alcalde de Madrid de los que hemos conocido, que igual se subía de un salto a la cabalgata del rey Melchor que se marcaba un discurso salutatorio en la Paloma para hablarnos del Madrid del género chico o se apuntaba a un concierto de la Alaska de la movida (antes de que la musa de la Bola de Cristal se apuntase al teleshow en vivo con su Vaquerizo, hechos caricatura de ellos mismos para generaciones que ni los conocieron, ni les comprenden). Carmena es como Tierno, la guirnalda rotunda, provocadora y originalísima del siglo XX, pero en el loco XXI de la cultura desvaída, rápida y aséptica del smartphone.

Que a estas alturas haya que democratizar y abrir al pueblo el Club de Campo, que es en su 51% propiedad del Ayuntamiento madrileño, es signo de que España no está hecha aún, y que es algo a medio terminar. En este país de políticos menudos y faramalla de la Carrera de San Jerónimo, donde se levantan los tinglados de la antigua farsa, la consternación ciudadana todavía no ha empañado los ojos de cristal de los diputados. Total, que Carmena se reúne esta semana con el consejo de administración del club para revisar las cuentas y abrirlo a la ciudadanía; y la alcaldesa ya ha desasosegado a los pijos del papel cuché y a los viejos y amansados militares de alta graduación que toman allí su whisky trágico de pronunciamiento. Andan tranquilos porque dicen que los estatutos del club no se cambian por mayoría, sino que hace falta la unanimidad. El año pasado un archi-rico, asesor financiero, septuagenario y chalaneador de participaciones mil, me llevó en su cochazo a ver los campos de golf del Club de Campo del que era socio, que yo no los había visto y él quería épater le burgeois. Decía en pleno delirio barroco, en medio de los descansos de su discurso sobre sus lucrativos business, que él era como el rey Fernando de Aragón, pero a la búsqueda de su Isabel de Castilla, y que lo mejor que podía hacer cuando la encontrase ya se lo pueden imaginar: refundar el Imperio del yugo y de las flechas...

Yo salí corriendo. Prefiero el mostrador de zinc, el vermú, la cerveza escarchada, las aceitunas, los boquerones en vinagre y ojear los libros de viejo recién hallados en el Rastro. Otras personas, ante estas demostraciones de poderío fiscal, ponen los ojos en blanco, se boquiabren y pierniquiebran. Si Carmena endereza aquello y baja la matrícula -una risa de 3000 euros-, igual vuelvo por allí. Pero nosotros, en casa, descendemos de una estirpe del "desengaño de grandezas, aviso de presunciones y amenaza de soberbias", como diría Quevedo: "Cansado estoy de la Corte / que tiene en breve confín, / buen cielo, malas ausencias, / poco amor, mucho alguacil". En mi casa nos ganan con un beso de amor verdadero y nos pierden con un renuncio. Los vallisoletanos no nos contentamos, como los valencianos, con el ruido y la pólvora, sino con las lealtades que suenan anacrónicas en esta ultramodernidad, con el amor-riada que se lleva por delante todo lo que sobra, que nivela y pondera a los amantes.

Castilla es el origen, la casta y el linaje literario y periodístico. Donde descansan el guerrero echado y la reina vencida. Madrid es la educación política. Uno se siente muy hidalgo castellano de izquierdas y necesita para vivir en invierno la niebla con color de piedra de la Antigua y la piedra de la Antigua con color de niebla. Practicamos una razón ilustrada superviviente del señorío liberal y progresista, sintiendo el palpitar feliz y cotidiano de esa irrepetible sinopsis de comedia y tragedia que es la existencia del pueblo. Ahora que los amores son todos iguales y los amantes se aburren en ellos, promulgamos el amor noble y cruel a veces por decir verdades en un mundo de mentiras, el que duele durmiendo, el de perdidas presencias, el que todo lo ha tenido y todo lo ha perdido después, el amor del dolorido sentir, el amor castellano, digno y alto, del morirse de amor, el que está a la vez de vuelta de todo pero continúa de ida aunque vuelvan a romperlo en pedazos, como me dijo una vez mi amigo Alberto Pertejo, hombre de vinos y libros.

En el viejo Madrid madura otro silencio bajo el fuego del estío, mientras las estatuas regias y centenarias de la plaza de Oriente callan y observan a los amantes perderse entre los setos y las piedras centenarias. Donde las niñas Margaritas esperan a que vuelva Rubén Darío persiguiendo amaneceres de gin-tonic por la plaza de la Paja. Y eso en el pulcro Club de Campo, donde ni las moscas pueden echar un pis en una mesa, no se puede hacer. Uno es de inviernos y primaveras muy vividos, cuajados de evocaciones y lejanías, y moja la pluma en un tintero repujado en el oro molido del recuerdo que se clava y duele por nuestras faltas, reales o imaginadas. Y bajo un fanal de luz del atardecer, el vallisoletanismo nos sale solo tomando un chocolate en San Ginés y aledaños. Uno puede hacerse dolorosamente adulto a los cuarenta y aprender que el amor es caedizo y que no hay que apoyar en él el corazón. Bueno. A veces.

De momento, no cambio el Club de Campo por las Vistillas y la plaza de Gabriel Miró con la copiosa fuente de Ramón Gómez de la Serna, hecho una greguería de bronce. Por allí paseé antaño una tarde gloriosa con mi poeta, hablando apaciblemente de literatura -como casi siempre- y compartiendo el pensamiento de que cada día moría un poco en la memoria de los jóvenes el glorioso 27. Ambos nos sorprendíamos, hablando de Cernuda y Salinas, de los signos crecientes de esta cotidianidad de tijera y recorte, cada vez más ignorante. Los poetas mueren cuando la juventud los olvida.

En la plaza de Oriente y en el Parque del Oeste aún podemos enamorarnos ciudadanamente, democráticamente, popularmente de la noche, de sus farolas, de los balcones y mansardas de las mujeres mayores que se asoman solas, sazonadas de recuerdos. Y somos capaces todavía de ver aparecer, subiendo por la plaza de Ramales, una basca de erasmus estudiantones bajando hacia nosotros por una callecita cubierta de promesas de amor: "Ya el árbol no será en la noche el refugio templado de los pájaros. Mañana será el suelo un lagrimal de oro". Algunos parias del amor preferimos un estío en las largas y estrechas calles de Madrid, robando besos, hasta besar la luz del amanecer. Ese juego de luces y sombras con la historia y sus poetas, con el dolor y la alegría, no se puede proclamar entre los pinos del muy selecto Club de Campo, cayetanos y marsauras. O sea.