CND o saber abandonar los cuerpos a la música

El programa del Festival Madrid en Danza muestra que la Compañía Nacional de Danza tiene repertorio, formación y mucho futuro.
Una escena de 'Remansos', de Nacho Duato.
Alba Muriel
Una escena de 'Remansos', de Nacho Duato.

Comienza el Festival Madrid en Danza con la Compañía Nacional de Danza (CND) en los Teatros del Canal. Lo hace con un programa que muestra que es una compañía que tiene un repertorio, bailando Remansos de Duato, una tradición suficientemente asumida y perfectamente digerida. Que también es una compañía suficientemente formada y conocedora del clásico y del bailar de su tiempo, lo que hace bailando Arriaga de Aguiló, De Luz y Alosa. Y que además tiene mucho futuro como muestran al bailar el estreno absoluto de In Paradisum de Antonio Ruz.

Y es que la reconciliación de Nacho Duato, hito dancístico en la historia de esta compañía y del ballet en España, está demostrando, pese a quien pese, que el repertorio que creó era el más adecuado. Adecuado para dotarla de una especificidad y, seguramente, para introducir y desarrollar unas cualidades en el ballet español y en sus potenciales espectadores.

Eso se ve en Remansos, donde la rosa espectral de los Ballets Rusos está presente, pues una rosa preside gran parte de la pieza y es motivo de un juego floral. Donde grupos, parejas y solos se van dando el relevo con cierta gracia acrobática y una puesta teatral. Algo que pudo asombrar y parecer circense o demasiado teatral en su momento, o para los que lo ven por primera vez, pero que ahora se ven perfectamente integrados y coherentes tanto por los que lo bailan como por sus espectadores, que asisten a la pieza en un silencioso respeto hasta que se hace el oscuro. Momento en el que aplauden, aplauso que se hace más fuerte cuando el propio Nacho Duato, reconvertido en estrella televisiva popular por el programa Prodigios, sale a escena a saludar.

Una escena de 'Arriaga', una obra de Mar Aguiló, Pino Alosa y Joaquín De Luz.
Alba Muriel
Una escena de 'Arriaga', una obra de Mar Aguiló, Pino Alosa y Joaquín De Luz.

Sin duda es Arriaga, la segunda pieza que se muestra en este programa, la más clásica en su planteamiento. No solo por el uso de baile de puntas, los jetés y las pirouettes tradicionales que hacen que el espectador del ballet de siempre se entusiasme y no pueda dejar de aplaudir casi por números o escenas. Donde se ve cómodos, tal vez demasiado, a los bailarines que se enfrentan antes a un reto de la técnica de baile que a un reto realmente artístico.

También es esta coreografía la más clásica por el uso de grupos al estilo de Pina Bausch, del que su final es toda una declaración de intenciones. Como si dijera, nos habéis visto bailar de puntas, pero el clásico ya llega hasta la tradición que se ha creado en el siglo XX. Eso ya no es contemporáneo, es mainstream y tradición balletística. Una tradición que se reconoce bien en el patio de butacas como lo que es calidad, porque es tradición aceptada, conocida y satisfactoria. Terreno seguro por el que pisar y bailar, y se aplaude con ganas, muchas ganas.

Sería injusto decir que las dos piezas anteriores sirvieron de teloneras del plato principal. Es decir, del estreno absoluto de In Paradisum de Antonio Ruz con la que se cerraba el programa. Sin embargo, es cierto que supusieron una corriente de buena predisposición a lo que podía suceder en escena. Creando, como solía suceder en los conciertos masivos anteriores a la pandemia,u n ambiente cálido y favorable para acoger lo que fuera.

Y lo que fuera, rompía de raíz con lo que se había visto anteriormente sin significar una ruptura. El escenario negro se había transmutado en blanco sucio o gris clarito. Las patas por las que salían los bailarines habían desaparecido, obligándoles a salir y entrar desde las cuatro esquinas del escenario, y en su lugar se habían puesto unas rampas. Y los jetés, pirouttes, pas de deux y las agrupaciones eran sustituidos por grupos aberrantes en un cuidado desorden, un aparente caos, que se ordenaba para desordenarse de nuevo.

Un caos al que ayudaba el vestuario. Tal vez excesivamente pegado a la realidad y diversidad de una juventud que hace con su poco dinero para gastar en ropa y un gusto todavía no bien formado, una reinterpretación diversa de la moda, según va adquiriendo referentes propios habitualmente en el deporte, el pop y en el rap. Vestuario que alguna vez que otra dificulta el baile. Como ese momento en el que el bailarín vestido al estilo rapero baloncestístico tiene que bajar a la bailarina asiática con un traje de falda cortada al bies que se le engancha a él en la cabeza.

Esta referencia a la juventud también sirve para la música, una música electrónica que alterna con músicas de otros tiempos. Músicas colectivas para el baile individual en grupo, como ocurre en las discotecas. Músicas colectivas para los flashmobs, ya casi desaparecidos, en el que grandes grupos de personas repiten movimientos y acciones al unísono. Músicas para la soledad y el recogimiento, que vienen del pasado, para iluminarnos, en esos retorcimientos físicos y espirituales en los que nos encontramos. Músicas que elevan el espíritu como forma de acompañar el dolor de un cuerpo que se retuerce bailando.

Es en esta diversidad donde se produce uno de los solos más bellos. Que aquieta de alguna manera al resto de bailarines. Un solo que recuerda a aquellos bailes libres que se producían en las jam sessions jazzísticas y cool entre los 50 y 60 y que tantas veces fueron parodiados en las películas de la época.

En este caso, se vuelve hipnótico por la bailarina que mueve esa malla de lentejuelas con una libertad en escena de las que se sienten seguras en lo que hacen, en lo que dicen con el cuerpo. Una seguridad de las que se ven en personas que asumen riesgos frente a los que se sienten protegidas, acompañadas y queridas. Unos riesgos cubiertos por una claridad coreográfica.

Una coreografía que se vive desde la butaca como rabiosamente contemporánea. Aunque la referencia visual que se viene a la cabeza, a pesar de que el autor de la coreografía refiere que se ha basado en El Greco y alguna imagen se intuye, son los cuadros de El Bosco. Llenos de personas, escenas e imágenes. Y al igual que los cuadros de este artista sin problema en usar las imágenes y subvertirlas.

Una escena de 'In Paradisum', una pieza de Antonio Ruz.
Alba Muriel
Una escena de 'In Paradisum', una pieza de Antonio Ruz.

Como esa bola que en In Paradisum cae sobre la orgiástica fiesta de la escena final sobre unos cuerpos aparentemente desnudos al haberse quedado en mallas color carne. Una bola que por la música que suena en ese momento se piensa que se convertirá en la bola de espejitos discotequera. No es así. Con inteligencia Antonio Ruz la convierte en una especie botafumeiro que da foco sobre el cuerpo de baile, ilumina parte de esos cuerpos que bailan una coreografía orgiástica, como se ven, de nuevo, en los cuadros de El Bosco.

El público, que se mostró correcto y, a lo mejor, tibio con Remansos y que se entusiasmó con la vuelta al clasicismo que se intuye en Arriaga, no tuvo más remedio que sucumbir a esa pieza tan contemporánea, tan salida de madre, que es In Paradisum.

No había otra. Porque a pesar de los nervios y la incomodidad que se intuía en algunos bailarines, había imperfección, libertad, intuición, y algo inasible e inefable. Es decir, belleza. Una belleza rabiosamente contemporánea, porque había gestos, modos y formas de la calle que se veían en el baile. Una contemporaneidad que todavía no se sabe si se hará clásica, pero que sirve para mirar con asombro el misterio nuestro hoy en día. Ese que intuía y buscaba Pablo Messiez en Las canciones, el que la música tiene sobre nuestros cuerpos.

Teatros sorprendentes