El duelo por Lola: mentiras que unen cuando sentimos miedo
Por este agujero han empezado a escaparse sus fantasmas e instintos más primitivos, desublimados por las voces de Éric Zemmour y Marine Le Pen
El miedo está llamando a la puerta de todos los europeos. Es un miedo oficial. También se ha convertido en el vicario de una forma de poder humano al que pocos son capaces de ofrecer resistencia. Su funcionamiento es antiguo: nos anuncia una amenaza inmanejable ante el que la sociedad no va a ser capaz de responder de manera efectiva si esta decide hacerlo de manera convencional, es decir, al amparo de la legalidad vigente.
Consecuentemente, si este peligro no es atajado rápidamente, nos espera una tragedia cósmica, nos conduciremos al desastre, a la pérdida eterna de aquello que más amamos y al desollamiento de lo que ha estado protegiendo nuestra realidad cultural y nuestros sentimientos morales: una piel, en suma, que ha ido siendo agujereada por diferentes shocks (la crisis financiera de 2008, la ascensión de gobiernos de extrema derecha en Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, el populismo de izquierdas como fachada de dictaduras y corrupción, la desinformación de la guerra hibrida entre bloques, la pandemia del COVID, la Guerra de Ucrania, la inflación, etcétera) hasta que ha llegado el momento, en este ahora, en el que está comenzando a ser arrancada completamente del cuerpo que envolvía, comenzando el tiempo del sinsentido que nos estimula a dejar de seguir adelante con nuestra fe en el futuro y con la compasión hacia el extraño. La desnudez resultante al dejar de tener una piel no es algo que sea sencillo de procesar sino que es un martirio que nos arroja al terror.
Una vez que nos envuelve el terror, ¿qué sucede después en la fenomenología política? Tras el estallido de los miles de truenos en el horizonte de la atemorizada ciudadanía europea, lo habitual es que surja un discurso apaciguador que resuene con promesas, que nos agasaje y que jure protegernos si aceptamos sus condiciones, su tipo de cura, sus medidas correctoras. Es un ciclo regresivo que se repite en la historia y que se aprovecha de la debilidad de carácter que produce la alienación mediática.
El crimen cruel de la menor de edad en Paris a manos de su principal sospechosa, Dahbia B, una inmigrante argelina sin papeles, abrió el sótano del sótano en la psique colectiva de Francia, y por este agujero han empezado a escaparse sus fantasmas e instintos más primitivos, desublimados por las voces de Éric Zemmour y Marine Le Pen que han ido gritando por todas las esquinas y pasillos de la república la excepcionalidad del momento por el que atraviesa la democracia francesa, retornando al imaginario colectivo hacia ideas sobre murallas protectoras y la pertinencia de éxodos forzados, al mismo tiempo que ridiculizan cualquier atisbo de mentalidad cosmopolita que les pueda hacer resistencia.
La excepcionalidad, en este caso, se ha concentrado en la metáfora del “francocidio” para catalogar el asesinato de Lola. Un truco de prestidigitador del lenguaje diseñada por Zemmour, que sabe bien que su aureola de autoridad como conquistador tiene que basarse en ser percibido como un hombre fuerte y de fuerza.
Por fraudulenta o exagerada que pueda parecer la homología que ha puesto en circulación para movilizar las emociones de las masas, en la que los migrantes argelinos o de cualquier piel oscura son reducidos a la expresión de una voluntad de antimateria (un sujeto programado para odiar y destruir cualquier forma de creación humana y, de modo concienzudo, las creaciones de la cultura francesa, incluidas las vidas de los franceses de pedigrí), lo cierto es que ese significante posee la condición necesaria para ser escuchado: produce un impacto agudo sobre la legitimidad de las creencias positivas en la bondad y la empatía como conductas generativas que mejoran el orden social. Zemmour logra dibujar un malicioso plan de venganza urdido por la ira del homini sacri (radiografiado por el filósofo Giorgio Agamben), es decir, planeado por el odio de un tipo de persona que ha dejado de ser persona por su propia incapacidad para serlo, por lo que adquiere ese fuero negativo que le despoja legalmente de su condición humana y dignidad.
Su ser es abortado de cualquier significación para la sociedad, sin efectos sobre lo que debe tener en cuenta tanto la responsabilidad religiosa como la ética laica. En otras palabras, sin derecho a solicitar derechos. Este estado final representa la zona gris que inunda el centro del combate ideológico: un deslizamiento psíquico por el que la ciudadanía, deliberadamente agotada para interpretar con racionalidad la concepción democrática y el modo de existir que esta implica, estaría dispuesta a ejercer un poder para exterminar emocional y políticamente a determinados grupos humanos.
Revivimos, otra vez en el decurso histórico, la persecución a la hospitalidad en un extremo, mientras que en el otro se erige la apología de la legítima defensa para protegernos de estos homines sacri, examigos que, al parecer, se han hermanado voluntariamente con la monstruosidad. Migrantes reducidos a un imposible de persona, una equivocación del progreso social, hijos de una especie diferente, extraños que solo deben ser percibidos como objetos repugnantes y aterradores, y que sufren, no se sabe por qué, el delirio de querer estar cerca de nosotros.
Sed listos como serpientes
No es fácil de saber cuántos de los actuales políticos, periodistas, estudiantes o personas que practican la fe cristiana han leído con atención o recuerdan algo de los breves y accesibles ensayos de Immanuel Kant sobre la paz perpetua y, por tanto, si podemos esperar que haya algo reactivo en sus conciencias cuando algún hecho trasgrede o pone en valor lo que ahí se exponía.
Aquel señor ilustre tuvo una inquietud derivada de las eternas guerras intestinas que habían asolado Europa durante siglos, y que habían malogrado el experimento renacentista y propagado la revolución protestante. Así que se atrevió a lidiar con aspectos tan emergentes como la extranjería. Nos habló de un derecho de visita, inalienable para cualquier ser humano, concebido como un igual, compatriota natural de la tierra que habitamos con el resto de la humanidad. La hostilidad había que sustituirla por la hospitalidad mutua. Aquí es crítica la indicación sobre la mutualidad esperable, puesto que añadía un deber tanto al visitante como al que acoge (el que integra debía recibir en contrapartida la gentiliza del aquel que se integra, como en un círculo de dar y recibir compartido por ambas partes).
Justamente, es este equilibrio el que resulta tan difícil de aplicar mediante la educación y es por ello, además, que resulta tentador y fascinante recurrir a símbolos arcaicos sembrados en nuestra conciencia colectiva para pichar el nervio óptico de la opinión pública. Un ejemplo de este recurso simbólico es apelar a la cita bíblica de Mateo 10:16, cuando establece la metonimia entre la serpiente y la paloma para hacer comprender la dialéctica entre el instinto de supervivencia y la bondad, entre la política y la moral. La solución que proporcionó Kant a este acertijo fue que tenía que darse la condición de que se diera la unión en una sola proposición de ambas realidades para que la paz perdurase. De manera que tenemos que “ser listos como serpientes” pero solo si cumplimos con el deber de “ser francos como palomas”. Si ambas prerrogativas quedan separadas entre sí, apartadas en párrafos diferenciados, entonces el duelo entre ética y política no puede acabar pacíficamente. Otro modo de entenderlo sería el siguiente: “seamos listos como serpientes a cambio de no dejar nunca de decir la verdad”. Si mantener este compromiso es un imposible en la praxis y en la psique colectivas, entonces se estaría consintiendo que solo nos quede el imperio de la mentira como valor seguro.
Kant vaticinó que en el futuro, que es nuestro hoy, no habría otra opción que entendernos los unos con los otros, lo que todavía suena más real en un mundo que se aproxima a tener una población de diez mil millones de seres humanos. El caballo de Troya que cobija al fascismo y a la xenofobia galopante que recorren por todos sus vértices la piel de la modernidad no es sino la corona de oro del nihilismo, convertida en una ontología del ser que lidera la moda cultural hegemónica. Este nihilismo establece el derecho unipersonal a utilizar cualquier significante (la forma que tiene una palabra) de tradición moral para llenarlo con significados diversos al servicio de nuestros propios intereses. Nos inventamos la coherencia de los valores que nos vienen bien para poder saturar nuestras heridas al mismo tiempo que nos sirven todavía mejor para desangrar sin remordimientos al contrincante.
Como expusieron Zygmunt Bauman y Hannah Arendt, tuvimos los testimonios de Auschwitz para entender que un buen tipo de la calle se puede transformar en un bárbaro sin haber albergado el deseo apremiante de continuar toda su vida siendo un nazi, simplemente ocurre que lo que se apropia de su deseo es la comodidad de obedecer una directriz que suspende sus convicciones morales, un factor asumible, siendo consciente de que gracias a guardar la obediencia mantendrá el estatus, la consecución de sus propios intereses, que conservará el pellejo y que, en definitiva, quedará a salvo de las otras opciones que para él son igual de terroríficas: bien la de ser devorado por el monstruo (el migrante, el okupa, el homini sacri) bien la de quedar marginado por el grupo que le solicita el borrado de su memoria moral.
Pero ¿habrá un placer oculto en el uso de la libertad cuando este deviene motivado por una decisión autorizada que nos permite desentendernos de nuestros deberes y conceder barra libre a nuestro ser inferior? Me refiero a ese Yo salvaje que no teme a la ley porque, en verdad, nada tiene que temer. El racismo campa entonces a sus anchas al prometer el goce con ese antiguo y familiar aroma a humo, destrucción y venganza que forma parte del permafrost de nuestro continente, el cual actúa como el guardián de cientos de millones de huesos esparcidos y triturados por las dictaduras del odio y el fratricidio que, por cierto, nunca desaparecen como síntomas de la historia. ¿Habrá una cosa oscura que llevamos dentro como parte de nuestra herencia social?
Un deseo inconsciente para no saciar la vergüenza y vengarse
En un acto de sinceridad, podríamos confesarnos para ayudar a discernir qué nos impulsa a confiar en que las políticas que abogan por establecer castigos ejemplares contra los migrantes (laminados en una totalidad de infinitos sospechosos) son el remedio adecuado para protegernos cuando estos hipotéticamente sientan el deseo de obrar brutalmente contra alguno de los nuestros.
Un sujeto político honesto declararía que a medida que la intensidad del castigo aumenta, proporcionalmente crece el placer que siente al invocarlo y, por consiguiente, la semilla de la seguridad (estoy a salvo) y la superioridad (estoy arriba) quedan fecundadas dentro de su alucinación. La comprensión de los motivos que hay detrás de semejante proceso nos lleva a tener que entrar en contacto con el mundo enigmático del otro, es decir, surgiría la necesidad de establecer una relación con ese prójimo que tanto detestamos tras haberlo reducido a una caricatura y subsumirlo en un tabú con el que nadie se querría mezclar o manchar ni en lo más mínimo. ¿Qué nos impide establecer esa relación de cercanía?
La moral hegemónica de cada sociedad se ha especializado en enseñar una forma de encubrimiento del mundo para determinar cómo sus ciudadanos deben clasificar lo que les rodea a base de dicotomías arquetípicas como “familiares-extraños”, “conocidos-desconocidos”, “buenos-malos”, “amigos-enemigos”, etcétera.
La cuestión de fondo es negar como rutina social tanto la autocomprensión de uno mismo como la comprensión de la diferencia que hay en otros que son distintos por aspectos como el color de piel y la tradición de valores. Lo que trato de exponer es el engaño sistemático al que está sometida nuestra percepción porque cuando aplicamos esas clasificaciones que heredamos para juzgar a seres humanos que ni conocemos ni entendemos, lo que realmente está sucediendo es que proyectamos en su imagen o en su presencia todo lo extraño que hay en nosotros mismos, todo lo que hay de miedo en nuestro ser para reprimir ante nuestra conciencia lo que somos verdaderamente.
Freud usaba como chiste la frase de “todos tenemos un negro”. Aunque hubo muchos contemporáneos que lo interpretaron literalmente, lo que quería desatar en el debate cultural no era la idea de poseer un esclavo fuera de nosotros, sino que se refiera al que habita dentro de cada uno, y no solo como un Yo esclavo, obediente, dócil, explotado y humillado, sino como un punto topográfico oscuro y repulsivo en el que se congrega todo el linaje de actos criminales con el que la historia ha ido teniendo lugar. Ese punto ennegrecido es el que deseamos expulsar de nuestro interior, sacarlo fuera para clavárselo al otro que mejor nos conviene. Cuando proyectamos este negro en otro y le hacemos negro desde ese instante, lo estamos hipostasiando, esto es, la síntesis de nuestros defectos y vicios, de lo que aborrecemos de nuestro carácter e historial, se lo transferimos y lo hacemos carne en su cuerpo, que queda así marcado como el del paria de la humanidad. La cuestión tan dura de asumir es que la mayoría de los seres humanos no desean terminar de saciar esta transferencia incluso a pesar de que el desarrollo moral de la civilización la ha ido prohibiendo. La vigencia de esta prohibición, que a duras penas se hace valer con leyes, es lo que intensifica el placer que supone amputarse el punto negro y coserlo a los otros que son diferentes. ¿Por qué se intensifica el placer?
Aquí es donde reside el nudo gordiano que estrangula a Francia, a los europeos y a la legitimidad del modelo de relaciones sociales, económicas y políticas que nos habíamos prometido para superar los desastres y genocidios de la guerra. Mentiras para unirnos. Digámoslo claro: la furia que se engendra contra enemigos que ni lo son o que si lo son no resultan serlo por las razones que se comunican, se articulan como defensa de nuestras debilidades y agresividades propias. La prometida sociedad ideal, justa, igualitaria, dialogante y racional no ha llegado ni a Francia ni a Europa, más bien lo inverso, comienzan los tiempos de crisis y nada garantiza a los franceses que el futuro vaya a corregir el presente, Entonces proliferan los sujetos políticos que se enfundan el traje de superpadre y pulsan el botón social nuclear: liberan la rabia contras las restricciones que nuestro sentimiento infantil de omnipotencia ha tenido que sufrir para sobreponerse a la realidad. Una rabia tan poderosa como la fuerza que se ha aplicado para asegurar el mantenimiento de la moral. A partir de este momento, la alegría se extrae de atormentar a otros. Esta es la vergüenza y el hambre de venganza con los que la violencia política alimenta la oscuridad de nuestro ser.
Poder absoluto sobre el ser humano
Las mentiras del lenguaje buenista han resultado ser tan dañinas como las mentiras del lenguaje del odio. Ambas unen a las masas aunque para propósitos diferentes. Sin embargo, unas y otras suponen el mismo riesgo de volvernos retrógrados dado que la ciudanía aprende a defenderse únicamente a través bien de imponer un castigo bien de consentir la suspensión del castigo. Hay otros caminos que no son revolucionarios pero a la vista está que para muchos sí que lo serán: el principal es reflexionar sobre el otro (lo que le impulsa a rebelarse, a robar, a golpear) y sobre las intenciones propias (lo que no empuja a humillarlo, a encarcelarlo, a segregarlo). El obrar político debería se dirigido por esta reflexión tan simple como revolucionaria. No hay que olvidar que los revolucionarios experimentos antihumanos del siglo pasado alumbraron una criatura singular en el lager de exterminio: “el musulmán” -así se los denominó en la nueva lengua que inventaron los prisioneros; se considera que la metonimia procede de una comprensión literal y etnocéntrica del término muslim como aquel que se somete incondicionalmente a la voluntad de Dios-. El “musulmán” era un individuo que no estaba ni vivo ni muerto. Deambula por el campo de concentración encerrado en una fortaleza vacía de sentido, pues ya había dejado de ser él mismo. Impermeable a todo estímulo, incluido el de recibir más deterioro moral, físico y psíquico, este subhumano quedaba encumbrado a la vista del resto de testigos como la prueba suprema de lo que un poder humano absoluto le puede hacer a su propia especie al negarle sus características de persona y torturar su cuerpo y espíritu.
Las políticas del miedo orientadas a demonizar seres humanos pertenecen a ese mismo tipo de poder y sus impulsores buscan con determinación producir ese tercer estado de existencia descubierto en Auschwitz, Dachau y Buchenwald. El objetivo finalista es transparente: una creación acelerada de monstruos con la que apropiarse de la razón y de las emociones de las sociedades, logrando así que les permitan apoderarse de los gobiernos para regalarles la salvación