Ordinalidad individualizada
Epi y Blas, en Barrio Sésamo, nos enseñaron que el principio básico, de cajón, obvio, evidente, indiscutible, irrefutable, de la existencia de los impuestos es su carácter antiordinal.

Puestos a cargarnos la lógica más elemental acerca de la función de los impuestos en un Estado democrático, yo propongo ir más allá de lo pactado esta semana entre Sánchez y Junqueras y alcanzar la ordinalidad individualizada, persona a persona, como filosofía de la Agencia Tributaria. Epi y Blas, en Barrio Sésamo, nos enseñaron que el principio básico, de cajón, obvio, evidente, indiscutible, irrefutable de la existencia de los impuestos es su carácter antiordinal: es decir, aquel cuyas peores condiciones económicas le han hecho contribuir en menor medida es el que ha de recibir mayor cantidad de dinero, aquel cuyas mejores condiciones económicas le han hecho contribuir en mayor medida es el que ha de recibir menor cantidad de dinero.
Los impuestos tienen una función de redistribución de la riqueza dentro de un Estado, cuya existencia, precisamente, se fundamenta, entre otras cosas, en esa comunidad de habitantes que aportan a una caja común. Y, en nuestro caso, esos habitantes hacen esas aportaciones en tanto que españoles, no en tanto que médicos, andaluces, treintañeros, mujeres, obreros o católicos. Si atendemos a la media, es probable que catedráticos, catalanes, varones o sesentañeros aporten más que transportistas, extremeños, mujeres o veinteañeros, pero habría que tener muy estropeadas todas las brújulas para defender que eso implica que transportistas, extremeños, mujeres o veinteañeros deban recibir menos o peores servicios públicos que catedráticos, catalanes, varones o sesentañeros.
La ordinalidad tributaria territorial es una idea antisocialista y antiprogresista, que sólo puede ser defendida por la derecha. Gracias a ella el Estado deja de ser el gran patrimonio de sus habitantes, la gran riqueza de los que no tienen una riqueza personal, convirtiéndose ahora en una mera federación de asociaciones cinegéticas, una Commonwealth de todo a cien, un festival de egoísmo. Si el que tiene menos recibe más, avanzaremos hacia la igualdad de los españoles. Si el que tiene menos recibe menos tiene, echaremos a rodar una bola de nieve viciosa en donde las comunidades más pobres lo serán cada vez más, y las comunidades más ricas lo serán cada vez más. La ordinalidad es a la justicia tributaria lo que Donald Trump es al Derecho Internacional, Nicolás Maduro a la democracia o el ayatollah Jamenei al feminismo.
(Epílogo: el sujeto del IRPF es la persona física, no el territorio, por lo que si aceptamos el principio de ordinalidad debemos ser consecuentes e ir hasta las últimas consecuencias. Ordinalidad individualizada. Si es injusto que una comunidad autónoma rica reciba lo mismo que una pobre, es injusto que La Moraleja reciba lo mismo que Vallecas, e incluso es injusto que la baronesa Thyssen reciba los mismos servicios públicos que mi prima Asun, que está parada y es madre soltera de dos niños. Hagamos un ranking de las aportaciones que cada contribuyente hace al fisco y establezcamos mecanismos para que cada español reciba del Estado en función de su posición en ese orden. Y que luego María José Montero argumente por qué ésta es una medida progresista que nos beneficia a todos.)
