El humo en las terrazas se bate en retirada

El humo en las terrazas se bate en retirada

La ley de medidas urgentes de prevención y contención de la covid-19, publicada en el BOE, impide que se fume en la vía pública al no contemplar el tabaco como excepción.

Un hombre fuma mientras bebe una cerveza en una terraza de un bar en Sevilla.
Un hombre fuma mientras bebe una cerveza en una terraza de un bar en Sevilla.Cristina Quicler / AFP / Getty Images

La recién publicada ley 2/2021, de 29 de marzo, que contiene las medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el covid 19 no contempla que fumar sea una excepción para quitarse la mascarilla. La ley, de rango superior a las disposiciones de las comunidades autónomas, supone en principio el fin de la distancia de dos metros que permite fumar en calles y terrazas. Se enmendaría, así, esa incongruencia que obliga a un niño de más de seis años a llevar tapabocas sin importar la distancia de seguridad mientras que un fumador emplea su adicción como salvoconducto.

A pesar de las trabas y medias medidas, el humo se bate en retirada, no sin dificultades, en diversos lugares de España. La voluntad reguladora de algunas comunidades y el impulso recibido de la policía de ciertos municipios, que parece comprometida con la tarea. En agosto, comenzaron a desaparecer los ceniceros de las mesas y con ellos se van los cigarrillos.

“En Canarias está prohibido fumar en las terrazas y la gente lo cumple sin problemas y de buen grado”, afirma Francisco Rodríguez Lozano, presidente del ENSP. El sábado pasado, además, Gran Canaria, Tenerife y Fuerteventura estaban en nivel 3 de alerta, lo que implica el cierre del interior de la hostelería y que toda la actividad se realizara en las terrazas. Por el buen clima no hay apenas terrazas cerradas. En la mayoría hay sombrillas y en algunas otras carpas completamente abiertas por todos lados. Es más, desde el 22 de marzo, el BOC de la comunidad recoge un perímetro de seguridad de cinco metros desde la zona en la que no se permite fumar, como parques infantiles, centros de trabajo de la administración y acceso a las escuelas. “La idea es que estas medidas permanezcan después de la covid”, explica Rodríguez Lozano. En Canarias, además, fumar y caminar está prohibido, aunque esto parece cumplirse menos.

El pasado domingo de Ramos, en Cádiz, preparando un estudio sobre el consumo de tabaco en terrazas con Nofumadores.org, comprobamos como después de la salida de misa de 12, sobre las mesas de las tabernas, tascas, cafeterías y terrazas había ramas de olivo pero ningún cigarrillo ni cenicero. El aperitivo en la calle Plocia o la calle Nueva transcurría sin humo casi por completo. Algún paquete sobre la mesa, preludio de una intención, alguna persona fumando con la mano colgando de la silla y un hombre que liaba cigarrillos frente a los vendedores de erizos (ambos fumadores). Poca cosa.

En la Tacita de Plata ya no hay terraza que coloque ceniceros, lo cual manda un mensaje muy poderoso: si no te los ponen ni cuando los pides, fumar no está justificado. Este cambio, que ha ido calando poco a poco, ha contado con la colaboración de la policía local, que ha hecho una labor importante de advertencia y concienciación. Dicha concienciación consistía en decir que el horno no estaba para bollos y que esta vez las multas iban en serio.

A la hora del aperitivo, la plaza de San Juan de Dios tenía ya una buena ocupación en algunas de las terrazas, con decenas de personas sentadas en ellas, Los signos de prohibido fumar, discretos, pero mirando al exterior, reforzaban la ocasional advertencia del camarero a algún cliente “despistado”. Nadie fumaba. Un padre observaba a su bebé en el carrito. La madre se había levantado para fumar y estaba a más de dos metros de la pérgola mirando a su familia. Eso sí, los fumadores acaparaban los bancos públicos de la plaza donde se podía observar algún carrito de bebé ahumado por su madre —me sigue pareciendo increíble la cantidad de mujeres fumadores con niños que hay— y algunos miembros de la tercera edad que daban caladas y conversaban ajenos a cualquier protocolo anticovid.

En terrazas de la plaza de San Francisco, en las del Mentidero, o en la calle Tolosa Latour ya hay hosteleros que han colgado de las sombrillas, o pegado en la pared, carteles hechos a mano en los que pone “no fumar”, que prueban que han recibido más de una advertencia de los cuerpos de seguridad. En San Antonio colocaron cartelones a la entrada de la terraza de un restaurante italiano que reza: “prohibido fumar sentado en mesa, retírese a dos metros”. Son varias las personas que se levantan y se alejan para fumar, en esta plaza, mirando siempre hacia la mesa de la que vienen, como expulsados de su otrora paraíso.

“Para muchos, les basta con ponerse en pie en la misma mesa para pensar que ya no están en la terraza”, declara José Manuel Antuña Zapico, activista antitabaco, quien afirma desde Asturias que los municipales sancionan cuando lo ven. “Ahora se ve menos gente fumando pero a quien fuma le importan un bledo las distancias. Cuando alguien está solo en una terraza es fácil que incumpla pensando que nadie lo ve”, sostiene.

Por supuesto, la situación de Cádiz aquel mediodía, o la de Canarias, no es aún extrapolable a toda España, los puntos negros son muchísimos. En Madrid demasiados establecimientos continúan con ceniceros sobre las mesas y, cuando no están, el camarero lo facilita a quien lo requiere. Los testimonios desde Sevilla hablan también de un incumplimiento generalizado en las terrazas, incluyendo centros comerciales y sobre todo en ese trasunto de Feria de Abril en el que se fuma sin control. En Barcelona se fuma en espacios compartidos como casi como si no hubiera pandemia. Pero no deja de sorprender que después de 10 años denunciando el incumplimiento sistemático de las terrazas todo lo que hiciera falta para acabar con el humo es un poco de voluntad policial y algunos carteles. Si de algo debe servir esta pandemia es para acelerar el fin del cigarrillo, una auténtica arma de destrucción masiva.

Si de algo debe servir esta pandemia es para acelerar el fin del cigarrillo

La nueva ministra de Sanidad, Carolina Darias, tiene ante sí la oportunidad de culminar el trabajo que Salvador Illa, su antecesor, dejó a medias. Tiene, además, una responsabilidad mucho más importante, que es poner los cimientos para que el humo que se está yendo por la covid no regrese jamás a la hostelería y España inicie una política mucho más firme hacia el entorno del tabaco que siguen persiguiendo sin descanso a los adolescentes para convertirlos en yonkis de la nicotina de por vida.