Cómo detectar ideas suicidas en los más jóvenes: qué pueden hacer familias y centros educativos

Este viernes se celebra el Día mundial de la prevención del suicidio.
La población infanto-adolescente representa una franja vulnerable.
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La población infanto-adolescente representa una franja vulnerable.

Los desajustes emocionales y psicológicos se han incrementado significativamente durante y, especialmente, en la actual fase de desarrollo de la pandemia. Entre las consecuencias más significativas se encuentra, asimismo, el aumento notable de la ideación suicida y de los intentos de acabar con la propia vida en la población adolescente.

Representa una evidencia inquietante e incontestable. El aumento de la presión en la atención especializada de salud mental, tanto en el ámbito público como privado, para dar respuesta a las necesidades de desajuste emocional y psicológico de la población adolescente ha alcanzado cotas de especial preocupación en los últimos meses.

Las noticias en prensa relacionadas con este escenario se han sucedido sin solución de continuidad, Tal como ha detallado la Asociación Española de Pediatría, desde el otoño pasado se ha producido un incremento del 50% de las urgencias psiquiátricas en menores por ansiedad, depresión, trastornos obsesivo-compulsivos, autolesiones y cuadros de somatización e ideación e intentos autolíticos en la población infantil y adolescente como consecuencia de la crisis generada por el coronavirus.

“Se ha producido un incremento del 50% de las urgencias psiquiátricas en menores por ansiedad, depresión, ideación e intentos autolíticos...”

Organizaciones como ANAR han alertado del notorio aumento de solicitudes de ayuda a través de sus líneas y programas. De especial relevancia es, asimismo, el informe elaborado por UNICEF para España en el que se detalla cómo actores y organizaciones tan relevantes como la Plataforma de Asociaciones de Psiquiatría y Psicología Clínica de la Infancia y Adolescencia, el Consejo de Psicología de España o la Confederación de Salud Mental de España han alertado sobre el impacto que la pandemia y el confinamiento tienen y van a tener en la salud mental de la población general, incidiendo en la importancia de fortalecer con urgencia la red de salud mental y de apoyo psicosocial con un foco especial en los más vulnerables, entre éstos, de modo singular, la población infanto-adolescente.

La población infanto-adolescente representa una franja etaria vulnerable, muy expuesta a los vaivenes y ritmos de la sociedad en la que crecen y maduran. Una sociedad, en muchos casos, enloquecida, que discurre a velocidades, estilos y formatos, en no pocas ocasiones incompatibles con los parámetros que deberían guiar la buena educación. Entre los cuales, sin duda, se encuentran el sosiego, el tiempo en cantidad y calidad en las relaciones entre padres e hijos y los modelos de crianza y educación asentados en la parentalidad positiva. Y esta población, enmarcada en un espacio de vulnerabilidad reconocida, se ha visto también especialmente afectada por la situación planteada. Este es un hecho que no puede pasar desapercibido y debe llevarnos a la acción.

La denominada ola de salud mental derivada de las consecuencias e impactos de la pandemia supone un hecho imposible de obviar o arrinconar y, también, difícil de medir. El aluvión de demandas de atención a la población adolescente, por distintas causas y en diferentes niveles de gravedad, está superando las posibilidades de atención especializada, marcando una tendencia que, de modo urgente, debería ser controlada.

¿Cómo podemos detectar situaciones ligadas a la ideación suicida?

Las ideas sobre la muerte propia rondan las cabezas de muchas personas, y de muchos de nuestros adolescentes, inmersos en procesos vitales complejos o en situaciones de enfermedad mental. Afectados por 1) el dolor y el sufrimiento, emocional o psicológico y/o físico (relacionado éste con el sufrimiento por una enfermedad física, por ejemplo), 2) la percepción y experiencia de desesperanza (no existe conciencia de opciones para salir de esa situación, incapacidad de vislumbrar salidas a la misma) y 3) la desconexión (tanto de la experiencia personal de crecimiento y autonomía, como de la siempre necesaria relación interpersonal con iguales, amigos, familia…), transitan en un proceso en el que puede aparecer la idea de la posibilidad de la conducta suicida.

Tal es el sufrimiento y dolor que invade a la persona que, en determinadas circunstancias, la ideación suicida puede surgir, puntualmente o de manera más estable, en la mente de la persona, como una referencia, más o menos recurrente. El paso siguiente en este doloroso proceso supondría la toma en consideración de esta opción como una posibilidad, no solo como una idea, más o menos marginal. La secuencia podría tener continuidad con los procesos mentales y acciones de planificación de una posible acción.

¿Qué contribuye a proteger contra este fenómeno y cuáles son los factores de riesgo?

Factores protectores

Ambiente familiar y modelos educativos:

  • Buena relación con los miembros de la familia.
  • Apoyo de la familia.

Estilo cognitivo y personalidad:

  • Buenas habilidades sociales.
  • Confianza en sí mismo, en su propia situación y logros.
  • Capacidad para la búsqueda de ayuda cuando surgen dificultades: en las relaciones interpersonales, situaciones afectivas, convivencia en la escuela, rendimiento escolar…
  • Capacidad para la búsqueda de consejo y orientación ante decisiones importantes.
  • Receptividad hacia las experiencias y orientaciones aportadas por personas del entorno cercano.
  • Interés por nuevas experiencias y conocimientos.

Factores culturales y sociodemográficos:

  • Integración social: actividades deportivas, culturales, ocio con iguales…
  • Buenas relaciones en el entorno escolar, con sus compañeros de clase y amigos.
  • Buenas relaciones con sus profesores y otros adultos.

Factores de riesgo:

  • Una pérdida reciente o seria. Esto puede incluir la muerte de un miembro de la familia, un amigo o una mascota, la separación o el divorcio de los padres, una ruptura con la pareja o la pérdida del empleo de uno de los padres.
  • Un trastorno psiquiátrico, particularmente un trastorno del estado de ánimo, como la depresión, o un trastorno relacionado con estrés.
  • Intentos de suicidio anteriores aumentan el riesgo para otro intento de suicidio.
  • Trastorno de consumo de alcohol y otras sustancias, así como también tener problemas disciplinarios o involucrarse en comportamientos de alto riesgo.
  • Experiencia de homofobia, transfobia, racismo o xenofobia.
  • Un historial familiar de suicidio es algo que puede ser realmente significativo y preocupante, como lo es también un historial de violencia doméstica, abuso o negligencia infantil.
  • La falta de apoyo social.
  • Sufrir experiencias de acoso escolar o ciberbullying.
  • Tener acceso a productos y/o artículos letales, como armas de fuego y pastillas.
  • El estigma asociado a pedir ayuda.

La persona que piensa en la posibilidad de realizar la conducta suicida da señales de su sufrimiento y dolor. No siempre somos capaces de identificarlas y detectarlas y, en ocasiones, cuando éstas son percibidas, pueden ser interpretadas, de manera dramáticamente errónea, como llamadas de atención.

“La persona que piensa en la posibilidad de realizar la conducta suicida da señales de su sufrimiento y dolor”

Incluso, la idea puede ser rechazada por quien escucha o detecta la ideación, abrumado por la responsabilidad y colapsado por la incapacidad de dar una respuesta adecuada a tal demanda, más o menos explícita.

  • Es necesario mostrar una actitud de escucha incondicional, mostrarse empático, explicar que podemos llegar a entender su sufrimiento y que surjan esas ideas en su mente. Cualquier muestra de rechazo a la idea o de bloqueo por nuestra parte puede ser interpretada por la persona con la que hablamos como un signo de que esa conversación, una vez más, no lleva a nada…
  • Es imprescindible preguntar. Sobre qué piensa, la recurrencia del pensamiento. Hacerlo con afecto, sin abrumar. Dando tiempo a sus respuestas y aceptando los silencios.
  • Necesitamos tranquilidad para darle espacio, para que sienta que le apoyamos, que entre todos vamos a encontrar ayuda. Poco a poco. La incondicionalidad del apoyo es fundamental. Y saber mostrarla, más.
  • Necesitamos ganar tiempo, que sienta que hay espacios para hablar, compartir, dar pequeños pasos en la dirección adecuada.
  • Todo lo que contribuya a disminuir el sufrimiento, la sensación de que no hay salida y la desconexión personal, con pequeños pasos, es una buena solución.
  • Es necesario que sientan que estamos ahí. Debemos estar presentes, acompañándole en el día a día. Con una actitud de escucha. Sin abrumar o atosigar.
  • Cuidar su seguridad en el día a día.
  • Compartir lo que estamos viviendo con personas que puedan ayudarnos. Importantísimo trasladar nuestra preocupación por el sufrimiento que observamos en personas de confianza en el centro educativo, de modo discreto pero conscientes de que es necesario encontrar nexos que permitan habilitar nuevas perspectivas en el adolescente que sufre.
  • Buscar ayuda profesional. Por supuesto.

El papel clave de los centros educativos

Los centros educativos han sido, asimismo, testigos preferentes de las necesidades psico-emocionales del alumnado durante el pasado curso escolar, detectándose un marcado aumento de las solicitudes y demandas de ayuda por parte de las familias y del propio alumnado.

Es de capital importancia avanzar en el diseño y desarrollo de planes y programas para la prevención y detección de la ideación suicida y la violencia autoinfligida (en forma de autolesiones e intencionalidad suicida) en esta franja de población especialmente en estos espacios, donde desarrollan gran parte de su actividad durante el año.

Los programas para la prevención de los trastornos del estado de ánimo y del comportamiento suicida en los centros educativos deberían contar, al menos, con los siguientes principios:

  • Deben recoger la evidencia científica y estar apoyados institucionalmente.
  • Han de esmerar la coordinación local o sectorial entre atención especializada en salud mental y centros educativos.
  • Deben implicar a toda la comunidad educativa e incorporarse a los planes de convivencia de cada centro.
  • Han de incorporar acciones para la promoción de la salud en general.
  • Han de incorporar sesiones de trabajo con padres, profesorado y alumnado, incluyendo actividades de formación previas para los colectivos de profesores y familias.
  • Deben disponer de tiempos y espacios específicos para su desarrollo.
  • Deben contar inicialmente con profesionales que colaboren y asesoren en el diseño de los planes, con el objetivo de capacitar al personal del centro.
  • La figura del psicólogo/a educativo se considera imprescindible en el diseño, desarrollo y evaluación de los planes.
  • Deben contar con contenidos específicos que aborden la sensibilización e información sobre la salud emocional, los factores de riesgo y protección, el manejo y control de la ansiedad y agobio emocional, las relaciones entre pensamiento y emoción y la lucha contra el estigma.
  • Deben disponer de módulos de atención individual según necesidades.
  • Debe incorporar un procedimiento y materiales para la evaluación pre y post implementación, para todos los colectivos implicados, que combine técnicas cualitativas (grupos de discusión, por ejemplo) y cuantitativas.
  • Deben disponer de materiales de cribado de trastornos estado de ánimo e intencionalidad suicida.
  • La importancia de insertar la intervención en el marco de la acción tutorial.

La respuesta no debería esperar mucho. Disponemos ya de experiencias en nuestro entorno, basadas en la evidencia, que pueden representar un marco de ejemplificación y buenas prácticas imprescindible.