Soy prostituta y no puedo dejarlo porque ninguna empresa me quiere contratar

Prefiero vivir en la pobreza mientras defiendo mi causa que esconderme y vivir una mentira más cómoda para los demás.

Como prostituta, la gente me suele decir que busque un “trabajo de verdad”.

Me dicen cosas como: “Por lo que escribes, veo que eres inteligente. ¿Por qué no te buscas un trabajo normal?”. Lo gracioso es que no consigo un “trabajo normal” porque he admitido abiertamente que soy una trabajadora del sexo. Al parecer, no soy válida para escribir artículos como este que estás leyendo.

Durante mi carrera profesional he pasado como una pelota de tenis de la pobreza y la prostitución a una estabilidad temporal en trabajos de redacción, pero mi pasado siempre se convierte en un arma arrojadiza contra mí como justificación para despedirme o no contratarme.

Entré en la prostitución como víctima del tráfico sexual en Nueva York con solo 18 años. Tras escapar de mi proxeneta, conseguí trabajo como trabajadora social en un refugio para víctimas de violencia de género. Estuve ahí tres años hasta que tuve que coger la baja para rehabilitarme de mi alcoholismo. Nada más regresar, me despidieron.

Después de aquello, volví por decisión propia al trabajo sexual. Necesitaba ingresos inmediatos y no podía confiar en la benevolencia de los empresarios y sus caprichos. A veces odiaba ser prostituta. Otras, en cambio, lo disfrutaba y lo encontraba empoderante. Sentía que tenía el control sobre cierta parte de mi destino.

Mi adicción a las sustancias y mi frágil salud mental también hacían que el trabajo sexual fuera una buena opción para mí en vez de un trabajo convencional de 8 horas al día. Con el trabajo sexual, por muy mal que me sintiera o los problemas que surgieran por mi alcoholismo y mi enfermedad mental, podía hacer lo que hiciera falta para cuidar de mí misma.

Una vez rehabilitada en 2015, empecé a buscar una razón para vivir más allá de las drogas y el alcohol. Desde niña me encantaba escribir y se me daba muy bien. Había conseguido empleo como trabajadora social cuando publiqué mi primer gran artículo. En ese artículo, criticaba la forma en que el movimiento contra el tráfico sexual trata a las víctimas de este mercado en Estados Unidos. Al leerlo, mi jefe me llamó al despacho, me acusó de apoyar la prostitución infantil y me despidió.

“Si tú también vas a decirme que encuentre 'un trabajo de verdad', antes me tendrás que ayudar a cambiar el sistema”

Desde entonces, pese a mis años de experiencia como trabajadora social y redactora, nadie me ha querido contratar porque les preocupa que, al hacerlo, estén fomentando la prostitución o peor, el tráfico sexual.

Cuando escribo, toco sin pudor algunos tabús muy sensibles, como mis experiencias personales en el mundo de la prostitución, la drogadicción, las enfermedades mentales, el intento de suicidio, el tráfico sexual y la violencia de género. No escribo reseñas de libros ni artículos banales del tipo “10 consejos para conseguir un cuerpo de verano”. Escribo sobre experiencias personales que, para muchas personas, me invalidan como ser humano. Para esas personas, no merezco un trabajo corriente, ni estabilidad financiera, ni amor, y si me apuras, ni mi existencia.

Mi sola existencia es objeto de controversia, y cuando no, mi pasado y mi realidad incomodan a la gente.

Pese a las consecuencias, escribo sobre estos temas porque prefiero vivir en la pobreza mientras defiendo mi causa que esconderme y vivir una mentira más cómoda para los demás.

Incluso los trabajadores sexuales que no hablan de su trabajo tienen dificultades para encontrar empleos corrientes. Quizás no tengan muchos estudios y puede que sí tengan lagunas sospechosas o incluso delitos en sus currículos, pero eso también son obstáculos reales que les impiden encontrar “trabajos de verdad”.

Si alguien quiere salir de la industria del trabajo sexual, ya sea una víctima de explotación sexual o solo una trabajadora sexual que busca un cambio, nuestra cultura y nuestras políticas de empleo no favorecen esa transición.

Me aterroriza acabar otra vez sin hogar, como les ha pasado a tantas personas que han desvelado abiertamente su implicación en la industria del sexo.

Más allá de leyes y políticas, algo que puede hacer la sociedad para contrarrestar estos obstáculos que sufrimos es mostrar una mayor predisposición para contratar trabajadores del sexo, fomentar la contratación de personas con lagunas en sus currículos o antecedentes penales y comprender lo difícil que es para nosotros empezar de cero. La diversidad en el mundo laboral también implica contratar a más personas con perfiles y pasados no convencionales.

Tengo unas destrezas y una experiencia tan valiosas como las de cualquier otro candidato a un puesto de trabajo. Si tú también vas a decirme que encuentre “un trabajo de verdad”, antes me tendrás que ayudar a cambiar el sistema.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Entrevista a Amarna Miller