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29/09/2014 06:58 CEST | Actualizado 28/11/2014 11:12 CET

Se busca un Gordon Brown

Hoy Rajoy sabe que por encima de la crisis económica su principal reto es dar solución al problema catalán. Y, aunque aguarda -dicen- a que se visualice de forma nítida que ni Cataluña ni Artur Mas pueden doblar el pulso al Estado, también cuentan que cada día parece más convencido de que hay que revisar los defectos de la regulación constitucional en lo que respecta al modelo territorial.

Un líder cuyo mandato al frente del Gobierno británico pasó con más pena que gloria; un laborista que salió del ostracismo para pasar a la historia con un discurso antológico que pedía el "No" en el referéndum escocés. España también necesita de un salvador de la unidad patria que como Gordon Brown explique a la gente lo que Cataluña y España han hecho juntos; que diga a los nacionalistas que su bandera, su cultura, su lengua y su identidad son también nuestras; que respetamos su singularidad; que no queremos que se vayan, sino que estén a la cabeza de nuestro progreso y que la unidad, y no la segregación, es nuestra fuerza...

¿Hay por ahí alguno? Sin Adolfo Suárez y sin Leopoldo Calvo Sotelo, no parece que José María Aznar, que acaba de pedir al Gobierno que elimine la fuerte "efervescencia independentista" catalana sin precisar cómo, esté por la labor de erigirse en el estadista que requiere la complicada situación política. Tampoco José Luis Rodríguez Zapatero, a cuya política muchos atribuyen parte del problema. Nos queda Felipe González, que aunque se sabe que ha hecho de puente entre Rajoy y Mas, también es conocido que ha fracasado en sus intentos de aproximación. Su comprensión con la situación judicial por la que atraviesa el ex "molt honorable" Jodi Pujol tampoco le convierte en el referente más adecuado para una ocasión que requiere de generosidad y grandeza política, pero también del fin de tantos años de complicidades no confesables por la mal llamada estabilidad de España y que no era otra cosa más que la apropiación de las instituciones por parte de los partidos políticos para no perder el poder acumulado.

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Si la disyuntiva es repensar el Estado o destruirlo, alguien tendrá que romper con la resistencia de algunos a reformar la Constitución para corregir defectos y adaptarla a la situación actual porque el problema catalán ya no se resuelve sólo con el Derecho como pretende el Gobierno. Son muchos los expertos que convergen en que esta es la única salida para que los catalanes, pero también el resto de los españoles, puedan votar si seguir juntos o separados.

El desafío de la Generalitat y la irresponsabilidad de los partidos que siguen el delirio de Artur Mas y se proponen retorcer la Carta Magna tendrá una pronta respuesta del Tribunal Constitucional, como no podía ser de otro modo. Pero la pregunta que sigue a esa escena está escrita de antemano: ¿y después qué? La ley resuelve, pero no soluciona el problema de fondo. Si en apenas 5 años el número de catalanes que se declaran independentistas ha pasado del 20 al 40 por ciento es que algo ha fallado estrepitosamente, y no sólo en Cataluña. Falló el Gobierno de Aznar por su política frentista; falló el de Zapatero al proclamar que aceptaría lo que Cataluña quisiera con una reforma estatutaria que la sociedad catalana no demandaba; falló el PP al recurrir algunos preceptos del Estatut idénticos a los que aprobó en Valencia; falló el ex president Montilla al liderar una manifestación contra la voz dictada por un Alto Tribunal del Estado; fallaron los medios comunicación que callaron a cambio de suculentas subvenciones...

Fallamos todos, también el Gobierno de Mariano Rajoy al dejar pasar el tiempo y fiar a la ley y la vigente Constitución la solución del problema. El jefe del Ejecutivo, no se ha preocupado estos años de construir un relato alternativo al del independentismo, no ha explicado las ventajas de que Cataluña siga en España, en la UE... y en el mundo. Todas sus respuestas se construían en negativo: unas veces, atenazado por el sector más conservador de su partido; otras por su habitual abulia.

Hoy sabe que por encima de la crisis económica su principal reto es dar solución al problema catalán. Y, aunque aguarda -dicen- a que se visualice de forma nítida que ni Cataluña ni Artur Mas pueden doblar el pulso al Estado, también cuentan que cada día parece más convencido de que hay que revisar los defectos de la regulación constitucional en lo que respecta al modelo territorial.

Si es cierto o no, sólo él lo sabe. Bueno, él y Pedro Sánchez, que niega en público lo que cuenta en privado. Y en privado se pasó el verano contando a todo el PSOE que Rajoy le había convencido en su entrevista de julio para que no impulsara en solitario una subcomisión parlamentaria en el Congreso para reformar la Constitución, y que tras el 9-N la iniciativa la tomarían juntos.

Sólo el tiempo dirá si Rajoy engañó o no al bisoño Sánchez, pero a seis meses de las elecciones municipales y autonómicas cada vez son menos los que creen que el Gobierno esté dispuesto a mover ficha. Siempre las elecciones, siempre los intereses partidistas, ¿y la POLÍTICA para cuándo? Pues el presidente debería saber, como dijo Kennedy, que las grandes crisis producen grandes hombres... y que España aún los está esperando. Si él no toma la iniciativa, igual deberíamos ir pensando en colgar el cartel de "Se busca un Gordon Brown".

#CuandoElDescansoEsUnSueño