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12/04/2018 07:32 CEST | Actualizado 12/04/2018 13:28 CEST

'Contar es escuchar'

En homenaje a Ursula K. Le Guin

Robin Marchant/Getty Images
Ursula K. Le Guin (2014)

Este artículo está también disponible en catalán.

El alfabetismo es importante porque la literatura son las instrucciones de uso. Es el mejor manual que tenemos. La guía más útil que visitamos: la vida.

Ursula K. Le Guin

La contraportada de Contar es escuchar de Ursula K. Le Guin afirma que es un libro que hay que leer bolígrafo en mano para subrayar tanta lucidez, coherencia y valentía. Para escribir una crítica debería copiarlo tal cual sin omitir ni una palabra (ni una coma) y destacar el exquisito respeto y el profundo amor (no hay uno sin el otro) que transpira por las palabras; por la arquitectura de la prosa; por la literatura sin ninguna distinción de géneros; por las bibliotecas; por el público lector; por la imaginación (a su entender, la herramienta más útil de la humanidad); por la autonomía de los personajes de ficción; por la vejez; por la ecología y el amor a la tierra; por la escucha, el recuerdo y la espera. También señalaría la escrupulosa honradez con que hace romper esta ola donde toda palabra encaja en la mente embelesada que lee.

Porque en emotivo y sabio homenaje a una de las escritoras que más cita, Virginia Woolf, el título original del libro es The Wave in the Mind y no es casualidad que un fragmento de una carta de Woolf a Vita Sakville-West abra con elegancia y pertinencia el libro.

A pesar de ser sorprendentemente unitario y compacto, un auténtico contínuum, el libro se divide en cuatro secciones dispares sólo en apariencia dedicadas respectivamente a cuestiones personales; lecturas; discusiones y opiniones; la última indaga sobre qué debe ser eso de escribir. En total, veintitrés tres escritos que se entrelazan como cerezas. Doce (la mayor parte, nueve, de la década de los noventa) se rescatan de publicaciones anteriores; los otros once son anteriores a 2003.

De la diversidad unitaria, da fe ya la primera sección donde encadena, por ejemplo, su presentación y una fulgurante y divertida descripción del androcentrismo:

Soy un hombre. Pensarán que he cometido un error de género sin querer o que intento engañarlos, porque mi nombre de pila acaba en a, y soy dueña de tres sujetadores, y he estado embarazada cinco veces, y otras cosas por el estilo que sin duda habrán notado, pequeños detalles. [...] Soy un hombre, y quiero que me crean y lo acepten como un hecho, tal y como lo acepté yo misma durante muchos años.

Con un alegato antirracista que perfectamente compatible entreteje con un hermoso y emotivo homenaje a su madre y a Ishi:

Cuando se le sugirió que escribiera una biografía de Ishi, [el padre de la autora] no aceptó. Robert Heizer tuvo la excelente idea de ofrecer la tarea a mi madre, que nunca había conocido a Ishi, no había sido su amiga, no era antropóloga, no era un hombre y era más fiable que nadie a la hora de hallar las palabras adecuadas.

Y otro homenaje, en este caso a los espacios de libertad que son las bibliotecas:

Les hablaré de mi definición personal de la libertad. La libertad es el acceso a los estantes de la biblioteca Widener. [...] Es el cielo. [...] Todas las palabras del mundo y todas esperando a que las lea.

No crean que cito estas palabras a la ligera. No es mi intención. El saber nos hace libres, el arte nos hace libres.

En la sección lecturas, Le Guin es capaz de fascinarte con críticas de libros que ni siquiera has leído. Quizás no sería necesario añadir nada más. Si acaso, hacer énfasis en la mirada bondadosa de una autora que no hace nunca sangre (y no porque le falten motivos) de nada ni de nadie, sólo hay que ver la ternura y los matices con que trata a Mark Twain. Lo que no quiere decir que no sea rigurosa; al contrario, después de regocijarse enérgicamente por el redescubrimiento y la reimpresión de escritoras anteriores, una gozosa y capital herencia que el canon masculino había ocultado, afirma radicalmente:

Que la noción aceptada (y masculina) de influencia literaria es terriblemente simplista lo demuestra (de entrada, no por último, sino de entrada) el hecho de que aquella pasa por alto, ignora, desestima el efecto [de] la «preliteratura» —relatos orales, cuentos tradicionales, cuentos de hadas, libros ilustrados—.

Cualidades aplicables a cualquier sección, claro está. Por ejemplo a la tercera, dedicada a discusiones y opiniones. Ya hable de pies y martirios, de gatos y perras, de cuotas diversas, de amebas y de sexo, de la comunicación o de cualquier cosa y son muchas que le interese. No deja de seguir ningún hilo por frágil y tenue que sea. La aprovecho para mostrar una brizna de su ironía:

Lo ideal habría sido considerar a los finalistas y a los galardonados con segundos premios siempre que esta información estuviera disponible, pero dada la brevedad del tiempo que tuve para preparar esta ponencia, y la brevedad de la vida, consigno solo a los ganadores. [No hagan caso del atrabiliario y confuso uso de los masculinos.]

La última sección (sobre la escritura) es un festín para la mente y los sentidos. El honrado y atento rigor de Le Guin la guía más y más lejos, la empuja a no desfallecer nunca en el triunfante intento de caracterizar la creación literaria. No es extraño, pues, que de vez en cuando, te deslumbre una pequeña píldora como: «Lo hice por escrito porque pienso mejor al escribir», y casi aforismos como «Leer es una manera de escuchar» o «Escuchar no es reaccionar, es establecer una conexión» (la clase política y la tropa tertuliana deberían hacer cientos o miles de «veces» hasta, al menos, aprendérselo de memoria). O con fragmentos llenos de profundo sentido, definitivos.

Cuando se habla de la belleza en el arte, la gente suele tomar sus ejemplos de la música, las artes plásticas, la danza y la poesía. Rara vez se menciona la prosa. [...]

Pero las palabras, estén dispuestas en poesía o en prosa, son tan sólidas como la pintura y la piedra, una cuestión tan atinente a la voz y al oído como la música, cosas tan físicas como la danza.

Creo que uno de los mayores errores de la crítica literaria es desestimar las palabras —el movimiento y las cadenas de las oraciones—, las estructuras rítmicas que las palabras establecen y por las que se dejan llevar.

La pregunta, pues, debería ser: ¿si sólo pudieran llevarse una isla, cuál se llevarían a este libro?

Termino con dos alegrías. Una agridulce. Las sentidas palabras y el diálogo que estableció con ella Margaret Atwood cuando se enteró de la muerte de Le Guin.

Y otra euforizante. Contar es escuchar no es el último libro de la autora. En 2017 se publicó No Time to Spare: Thinking About What Matters. ¡Editoriales, espabílense!

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