El portaaviones más avanzado de EEUU sale del Golfo tras 9 meses en el mar, un incendio con cientos de intoxicados y averías diarias: ahora solo hay uno en la zona de combate
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El portaaviones más avanzado de EEUU sale del Golfo tras 9 meses en el mar, un incendio con cientos de intoxicados y averías diarias: ahora solo hay uno en la zona de combate

Este movimiento tiene grandes consecuencias para Washington, ya que se queda con un solo portaaviones en esta zona.

Portaaviones USS Gerald R. FordGetty Images

La presencia naval de Estados Unidos en Oriente Medio acaba de dar un giro relevante. El USS Gerald R. Ford, considerado el buque más moderno y avanzado de la Armada estadounidense, ha abandonado la zona de combate tras un despliegue especialmente largo y accidentado. Su retirada deja a Washington con un único portaaviones operativo en el área en plena escalada de tensión con Irán.

El buque ha atracado en la base de Base Naval de Souda Bay, en el Mediterráneo oriental, donde permanecerá para someterse a tareas de mantenimiento, reparaciones y reabastecimiento. Aunque la Sexta Flota insiste en que mantiene "plena capacidad operativa", lo cierto es que su salida del Mar Rojo supone, al menos temporalmente, una reducción del músculo militar estadounidense en la región.

Un despliegue excepcionalmente largo

El portaaviones partió de Virginia en junio de 2025 y su misión se ha prolongado durante más de nueve meses, algo poco habitual incluso para este tipo de buques. Se trata, además, de su segundo despliegue completamente operativo desde su entrada en servicio, lo que ha puesto a prueba tanto la tecnología como a su tripulación.

Durante este tiempo, el USS Gerald R. Ford ha cambiado varias veces de escenario: primero en Europa, después en el Caribe —como parte de la presión de la Administración de Donald Trump sobre Venezuela— y finalmente en Oriente Medio, en el contexto de la escalada con Irán tras la denominada Operación Furia Épica.

Incidentes y desgaste a bordo

Sin embargo, el despliegue ha estado marcado por numerosos problemas técnicos y operativos. Uno de los más graves fue un incendio en la lavandería del buque a mediados de marzo, que dejó heridos y provocó la atención médica de cientos de marineros por inhalación de humo. Aunque no afectó a la propulsión, sí causó daños en zonas habitables.

A este incidente se suman fallos recurrentes en el sistema de aguas residuales, un problema ya señalado años atrás por organismos de control estadounidenses. Durante la misión, estas averías se tradujeron en una media de una intervención de mantenimiento diaria, reflejo del desgaste acumulado tras meses de actividad continua.

La situación ha puesto de relieve las dificultades logísticas y humanas de mantener en operación un buque con más de 4.000 tripulantes durante periodos tan prolongados. Altos mandos de la Armada han reconocido el impacto que estas misiones tienen en la moral y en la vida personal de los marineros.

Menos presencia en un momento crítico

La retirada del Ford tiene además una consecuencia estratégica inmediata: deja al USS Abraham Lincoln como el único portaaviones estadounidense en la región. Esto reduce la capacidad de respuesta directa en un momento de alta tensión con Irán, especialmente en zonas clave como el estrecho de Ormuz, vital para el comercio global de petróleo.

El movimiento coincide con un aparente intento de rebajar la escalada. El presidente Donald Trump ha anunciado una pausa temporal en posibles ataques a infraestructuras energéticas iraníes tras contactos diplomáticos con Teherán, aunque la situación sigue siendo volátil.

Un aviso sobre los límites operativos

Más allá de la coyuntura geopolítica, el caso del USS Gerald R. Ford pone sobre la mesa los límites de los despliegues prolongados, incluso para la tecnología más avanzada. Incidentes técnicos, desgaste de la tripulación y necesidad de mantenimiento acaban imponiéndose, incluso en el buque insignia de la mayor potencia naval del mundo.

Su retirada no implica el fin de la misión estadounidense en la zona, pero sí evidencia que, en escenarios de alta intensidad, sostener la presencia militar durante largos periodos tiene un coste que va más allá del presupuesto: afecta directamente a la operatividad real sobre el terreno.

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