Multilateralismo y diplomacia, ¿hay que darlos por muertos porque quiera Trump?
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Multilateralismo y diplomacia, ¿hay que darlos por muertos porque quiera Trump?

La ONU dedica este viernes un día mundial a reivindicar los principios de consulta, inclusión, solidaridad y cooperación, con la certeza de que dan resultados y salvan vidas. Eso sí, hace falta una reinvención audaz. El sistema corre peligro. 

Ramillete de banderas nacionales de todo el mundo, incluyendo la de la ONU.Vadim Nefedov / Getty Images

9 de marzo de 2026. Bruselas. La presidenta de la Comisión Europea (CE), Ursula von der Leyen, sostiene que la Unión "ya no puede confiar" en un sistema internacional basado en reglas como "la única manera" de defender sus intereses ante las amenazas del mundo. Hasta pone en cuestión si es "más una ayuda o un obstáculo" para la credibilidad del bloque comunitario como actor geopolítico. Aunque luego rectificó, el daño estaba hecho: había dado alas a una visión trumpista de las relaciones entre países, en plena agresión ilegal a Irán. 

Las palabras de la alemana se alinean con la visión de quien dice que el mundo de ayer no vale, que las apuestas, los instrumentos y los valores a los que nos habíamos aferrado tras la Segunda Guerra Mundial para mantener la seguridad y el progreso han pasado. ¿Todos? ¡No! Como los irreductibles galos de la aldea de Astérix y Obélix, hay quien se niega a seguir al presidente de Estados Unidos y resiste todavía y siempre en la pelea por los principios de consulta, inclusión, solidaridad y cooperación, con la certeza de que dan resultados y salvan vidas. Naciones Unidas dedica este 24 de abril a ello, al Día Internacional del Multilateralismo y la Diplomacia para la Paz, con la esperanza de que cale el mensaje: una cosa es que haga falta una reivención y, otra, ir de entierro. 

En su comunicado de conmemoración de este año, la ONU recuerda que la coyuntura mundial actual "demuestra inequívocamente que los países no pueden gestionar los riesgos por sí solos". "Sólo podemos tener éxito si trabajamos al unísono. El multilateralismo no es, por tanto, opcional. Es el vehículo más eficaz, ya sea regional o global, para lograr los objetivos de paz, desarrollo sostenible inclusivo y derechos humanos para todos", defiende. 

De la diplomacia dice que es la vía "de aliviar las tensiones antes de que desemboquen en conflicto, o, si el conflicto estalla, actuar rápidamente para contenerlo y resolver sus causas subyacentes". Apuesta, de paso, por la diplomacia preventiva, "fundamental para respaldar los esfuerzos de las Naciones Unidas en ayudar a solucionar las controversias".

El diagnóstico

La historia pasa, el mundo cambia y, con él, las relaciones entre estados. Eso es lógico. Hemos saltado de la Liga de Delos al Tratado de Westfalia, del Congreso de Viena a las Naciones Unidas. En los 80 años que han pasado desde que se fundó esta organización se han superado desafíos formidables como la Guerra Fría, las crisis petroleras de los 70, guerras como las de Corea o Vietnam... pero sin perder nunca ese hilo de acero constante bajo las crisis, el de la prevalencia del derecho internacional y el diálogo. ¿De verdad que no sirve nada de ello, que ya no hay reglas?

Los analistas coinciden en que hay mucho más que un resto, pero que lo mismo que hay que reivindicarlo para que no se pierda hay que transformarlo y adaptarlo a los nuevos tiempos. El ansia de democracia, justicia social o derechos humanos debe persistir, pero si las herramientas que se emplean para defenderlos son obsoletas, frágiles o insuficientes, de poco sirve. Las lagunas viejas y la falta de adaptación son las que lastran el trabajo de los diplomáticos y de las grandes organizaciones internacionales, no las metas, cuando precisamente la paz, el comercio, las finanzas o el cambio climático están más interconectados que nunca. 

Brahima Sangafowa Coulibaly y Zia Qureshi, investigadores de la Institución Brookings (un tanque de pensamiento con sede en Washington) definen este tiempo como de "audaz reinvención" y de "acciones decisivas", un "nuevo momento Bretton-Woods". ¿Qué quiere esto decir? Que estamos como en 1944, cuando se firmaron los acuerdos que establecieron el sistema monetario y financiero internacional tras la Segunda Gran Guerra, estableciendo reglas para las relaciones comerciales entre los países industrializados y abriendo las puertas al acuerdo político posterior que alumbró a la ONU. 

Reunión en el Hotel Mount Washington, en Carroll (Nuevo Hampshire), el 4 de julio de 1944, durante la Conferencia de Bretton-Woods.Bettmann Archive / Getty

Parten de un diagnóstico coincidente con el de la ONU, que "ningún país puede solo, por poderoso que sea". Otra cosa es que haya hoy una "incapacidad de gestionar adecuadamente esta interconexión", con consecuencias que pueden ir desde más violencia a la pérdida de empleos, del descontento social a fenómenos meteorológicos extremos. La pandemia de coronavirus fue la última gran lección global de la necesidad de estar unos con otros, por lo que apuestan por la reforma, no por el descarte de lo que ya tenemos. 

El problema es de detección de los problemas y de acción acorde con las necesidades. "A medida que avanzaba la globalización y evolucionaban la magnitud y la complejidad de los desafíos que requerían cooperación internacional, la capacidad de respuesta del sistema se fue quedando cada vez más rezagada, un desajuste que a menudo se denomina un creciente déficit de gobernanza global", señalan. Cada vez más, las instituciones multilaterales "se percibían como poco representativas de una economía global cambiante y lastradas por deficiencias y rigideces internas". Eso ha llevado a que crezca "la insatisfacción y la frustración" y se repitan comentarios, por ejemplo, como ese manido "¿para qué sirve la ONU?". 

Hay países que han buscado alternativas, más regionales o más comerciales, o han decidido abandonar directamente esta cooperación macro, alinéandose sólo con los afines. Una pérdida de debate y dialéctica importante, un "creciente déficit de gobernanza global" que es consecuencia de un sistema cada vez menos representativo y más insatisfactorio para naciones que no son las grandes del Consejo de Seguridad de la ONU, por resumirlo de alguna manera, los tótems de un mundo que ya no es así. Si a eso se le suma el ascenso de los populismos y los ultranacionalismos, en parte crecidos por esa falta de atención mundial y el reproche general a los "burócratas", tenemos el dibujo completo. 

A la hora de explicar el desgaste de las estructuras multilaterales, Qureshi y Coulibaly hacen tres sacos. El primero es el de la transformación geopolítica mundial, que incluye desde ese proteccionismo creciente al ascenso chino, que desafía el poder de norteamericano, el posicionamiento de la diplomacia económica por encima de la política y los valores y la "reconsideración de los compromisos internacionales". Ahí está EEUU, abandonando organismos internacionales en masa. Sumado, esto "acude los cimientos mismos del actual edificio del multilateralismo".

El segundo es el de la evolución tecnológica, donde la revolución digital y la inteligencia artificial reconfiguran el comercio y las finanzas. Antes, se trataba de bienes físicos. Ya no más. No hay marcos de gobernanza adecuados y estamos ante una especie de ley de la selva, de tonto el último, una pelea por la supremacía que no escatima en esfuerzos, incluso si supone violentar el marco dado. 

En el tercero, el del cambio climático, la "necesidad de reestructuración es total". "Los desafíos de los bienes comunes globales no fueron una parte fundamental de su diseño inicial, pero ahora deben convertirse en un elemento central de la misión. Desde el comercio hasta las finanzas, es necesario alinear los marcos con la política climática", exponen. 

La irrupción de Trump

La erosión del sistema, como vemos, es multicausal, pero en los últimos tiempos un factor que ha ayudado con mucho a acelerar y profundizar ese proceso se llama Donald Trump. El mandatario norteamericano ha enseñado unas cartas en política internacional que van más allá de la crítica de otros dirigentes ultraderechistas, dejando claro que busca dilapidar lo que pasa él es pasado, no presente. Como carta de presentación, nada más retornar al Despacho Oval anunció que dejaba la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pocas cosas tan sensibles. En el primer año, en enero pasado, ya se había ido de hasta 66 entidades. 

El americanista Sebastián Moreno explica que la extrema derecha, empezando por la europea, lo que suele hacer es denunciar el multilateralismo (empezando porque "odian la multiculturalidad, que ven como una plaga"), pero cuando llega al poder rara vez rompe con los compromisos internacionales adquiridos por sus predecesores. Italia, dice, con la primera ministra Giorgia Meloni avalando las instituciones europeas es un ejemplo claro. "Si lo venden como una política de estado por el bien de su gente, pasa", resume. La tendencia es a no participar "con entusiasmo", pero tampoco a deshacer alianzas. "Suelen priorizar los contactos bilaterales, con objetivos específicos en materias como inmigración, pero sin armar alboroto en el plano internacional", dice.

Trump, en cambio, va más allá y transforma sus denuncias en hechos. "Se retira de acuerdos como el de París de cambio climático o el del programa nuclear de Irán, tan importantes, mucho más allá de la contestación o del reproche en campaña". La diferencia, a su entender, es que el magnate está "completamente empeñado en acabar con lo establecido", mientras que sus colegas europeos abogan más por entrar en las estructuras y moldearlas, modificarlas hasta que les cuadren". Visto el éxito del alineamiento entre los grupos ultras del Europarlamento y el Partido Popular Europeo mal no les va. 

La mirada de Trump, añade Moreno, es "utilitarista", sólo quiere dirigentes y organizaciones y alianzas "que sirvan a sus propositos". Si no, amenaza con abandonarlas, como con la OTAN y sus reproches por Groenlandia o Irán, o directamente se va. Y eso hace "desestabilizadora" su política exterior, ya que no tiene interés en adaptarse o en liderar el cambio de era global, sino en "eliminar" lo que le parece accesorio, según sus planes. No es inmediato, pero sabe que "dejando de nutrir determinadas organizaciones de las que es el máximo donante, la muerte por inanición llegará, sumando descrédito y falta de fuerzas". 

"América primero no debe ser nunca América solo"

Para el historiador, no sólo se atenta contra principios universales recogidos en la legislación norteamericana y "en el espíritu de su gente", sino que se demuestra "una visión miope", toda vez que en todas las organizaciones internacionales está "la marca de USA": se supone que sirven para promover sus valores, salvaguardar a sus ciudadanos y fomentar sus propios intereses económicos. Estar fuera supone "perder conocimientos técnicos esenciales", "posibilidad de soluciones prácticas" y "espacios de cooperación". "No es poderío, sino una pérdida de liderazgo y un menoscabo para sus intereses, que genera contextos más frágiles para colectivos que lo necesitan, de los refugiados climáticos a los palestinos", cita. "América primero no debe ser nunca América solo", concluye. 

El presidente de EEUU, Donald Trump, y la primera dama, Melania, tratan de subir al salón de la Asamblea de la ONU, el 23 de septiembre de 2025, en Nueva York. Se estropearon y lo hicieron a pie.Kylie Cooper / Reuters

Ante la crítica, la Administración Trump suele decir que no pretende estar sola. Que le brindan a otros países la oportunidad de sumarse a ellos, pero a lo que les conviene, claro, y con sus normas. Si no, la amenaza son aranceles o intervencionismo, como se ha visto en América Latina, donde se ha acuñado la nueva Doctrina Donroe, basada en la Monroe. Los países han optado mayormente por plegarse a sus intereses, pero cuando ha encontrado firmeza al otro lado, las consecuencias no han sido las anunciadas: ha pasado con Europa y Groenlandia, sin ir más lejos. 

En una columna publicada en febrero en Al Jazeera, el estratega republicano Adolfo Franco, antiguo colaborador de las campañas presidenciales de Trump en 2016 y 2024, pedía que nadie se llame a engaño. No, el presidente no está loco ni ha perdido los papeles, decía, sino que lo que hace está "metódica y estratégicamente orientado a resultados". Y punto. Quizá sea "poco ortodoxo", "audaz" o "deliberadamente provocador", pero tiene método, el de buscar "la paz mediante la fuerza y la prosperidad". Para eso, su apuesta es doble: fortalecer "el poderío militar de EEUU" y "la promoción de la inversión y el libre comercio equitativo". Eso lo justifica todo. 

Moreno llama la atención, además, por apuestas "paralelas" de diplomacia y multilateralismo de Trump que evidencian que no tiene alergia a hacer cosas en común "siempre que mande e imponga". Habla de dos iniciativas en concreto. La más destacada es la Junta de Paz para Gaza, pilar del acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás, que compone quien él ha decidido que puede hacerlo y que se presentó en Davos ampliando su zona de actuación, más allá de Palestina. Secundariamente, está el Foro sobre Compromiso Geoestratégico con los Recursos (o FORGE), con el que busca inversión pública y privada en busca de minerales críticos, aún por cuajar. 

"El multilateralismo sólo lo es, de verdad, si es multilateral y Trump lo que propone es algo unilateral a lo que se suman los demás por conveniencia, miedo o sumisión. La diplomacia y el debate internacional debe tener por base la igualdad de los actores y la posibilidad de formar un grupo crítico, no intimidado. Es una diferencia de raíz. Esto se parece más al imperialismo", defiende. 

En el caso concreto de la diplomacia, insiste el investigador en que la antísesis es "la imposición". "Sus defensores sostienen que Trump rompe inercias y hace cosas, como llevarse a Nicolás Maduro de Venezuela. Como si fuera el camino legal y moral. Aplauden sus posturas porque obliga a los demás a reaccionar también y lograr, quizá, concesiones rápidas pero ¿y el daño que eso hace a los aliados? ¿Y las consecuencias para relaciones de décadas, pienso por ejemplo en Europa? No se puede humillar a líderes mundiales en el Despacho Oval ni puentear a Israel o a Ucrania en negociaciones que les conciernen sin consecuencias, a la larga, por mucho que se sea la mayor potencia", se cuestiona. Estima que, a la larga, lo que quedan son alianzas y confianzas "debilitadas" y lo que "no es sostenible es que aún haya quien avale eso desde Bruselas, como se desprendía de las palabras de Von der Leyen". 

El papel de Europa

Andrea Colli, historiador del Instituto para la Elaboración de Políticas Europeas de la Universidad Bocconi, en Milán (Italia), defendía el pasado enero en un documento de trabajo que hay que entender el reto como abordable, para empezar. La "Edad de Oro" del multilateralismo "parece haber terminado, o estar a punto de hacerlo", pero esto no debería ser "una sorpresa para los historiadores": en sus diversas versiones, el multilateralismo "ha fracasado varias veces en el pasado (la buena noticia es que también resurgió)".

Lo más interesante de su análisis es que se centra en Europa, la que tenemos más cerca. Dice que, "sin duda alguna", es "la víctima más destacada del declive del multilateralismo" y lo es por dos razones. La primera, que viene de ser una de las mayores beneficiarias del escenario que está caducando, pues "prosperó, disfrutando de los beneficios de la cooperación global y obteniendo ventajas de los bienes comunes" de estos 80 años. La segunda, es que "encabeza la lista de víctimas en el cambiante marco geopolítico es que la Unión es, por su propia naturaleza, la materialización de los principios del multilateralismo: colaboración y cooperación basadas en los principios de igualdad y respeto mutuo".

"Europa es la víctima más destacada del declive del multilateralismo"

La UE ha pasado de una "institución de gobernanza global" a un actor, que cada vez pide más peso en el mundo, en lo económico y en lo geopolítico. Problema: que "no es capaz, ni está acostumbrada, a utilizar la jerga de la geopolítica moderna, basada en la agresividad multipolar, el comportamiento asertivo y las actitudes transaccionales". Es duro, habla de la "incapacidad" de Bruselas para "actuar con contundencia". 

Ursula von der Leyen y Antonio Costa, el 22 de septiembre de 2025, en la reunión de Alto Nivel de la ONU sobre la solución de dos estados en Israel y Palestina.Kay Nietfeld / picture alliance via Getty Images

Por delante ve varios escenarios posibles, si la crisis multilateral prosigue, como la Nada en Fantasía, tragándoselo todo. No ve imposible la desaparición de la UE como tal, incluso. Una opción es "seguir gestionando la situación actual de una estructura multilateral, tomando todas las iniciativas posibles para reforzar la idea de una identidad común más allá del ámbito económico y comercial y convenciendo a los actuales líderes europeos, en particular a los de la derecha populista", de que romper con todo, "si bien puede ser un mensaje electoral atractivo, dejaría a todo el continente, y a sus antiguos miembros, divididos y, en cierta medida, de vuelta a una situación que, en esencia, no difiere mucho de la fragmentación de Europa durante la Guerra Fría".

La última posibilidad supone la supervivencia, pero es inquietante, "posible pero peligrosa": "renunciar a algunos principios del multilateralismo en favor de una gestión más eficiente (y despiadada) de las relaciones internacionales europeas y de los enfoques de la geopolítica moderna". Lo de las reglas y Von der Leyen, en versión extrema. "El problema de esta tercera alternativa es (...) fundamentalmente filosófico y radica en la propia estructura de la Unión. (...) Al ser en sí mismos el resultado de principios multilateralistas, la desaparición de algunos de ellos bajo la presión de la urgencia y la necesidad puede suponer una amenaza relevante (aunque menos peligrosa que la prevista en la opción A) para los fundamentos mismos de la Unión Europea", concluye.

Qué se puede hacer

Los dos especialistas de Brookings anteriormente citados sostienen que "el tiempo de las medias tintas y las soluciones graduales se ha terminado" y que, por desalentadora que sea su radiografía, hay que superar el inmovilismo. Proponen repensarlo todo, no con parches o de forma fragmentaria, sino desde "sus cimientos", viendo los desafíos del mundo actual y "reajustando la arquitectura institucional y política". 

"El esfuerzo no debe limitarse a corregir el sistema heredado -avisan-. No debe quedarse en recomendar reformas a las instituciones existentes, sino que también debe preguntarse cuáles han quedado obsoletas y deberían ser retiradas, qué nuevas formas institucionales son necesarias y qué nuevos marcos normativos deben implementarse. Debe profundizar y examinar cómo debería ser el sistema en nuestro mundo en transformación, con sus nuevos desafíos y dinámicas geopolíticas".

En el caso de EEUU, recomiendan que se quede a bordo de este barco, que no se vaya, porque si la estructura se desmorona "todos saldrán perjudicados", empezando por ellos. Es más, le piden a Washington que sea "proactivo" y lidere las reformas. Le interesa porque lo contrario es renunciar a una posición ventajosa que hoy tiene. 

Ya lo dijo el secretario del Tesoro de EEUU, Henry Morgenthau, en su discurso de clausura de la conferencia de Bretton Woods: "La forma más sabia y eficaz de proteger nuestros intereses nacionales es mediante la cooperación internacional".

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Redactora especializada en Global. Licenciada en Periodismo y experta en Defensa y Comunicación Institucional por la Universidad de Sevilla. Corresponsal en Jerusalén durante cinco años, colaboró con la SER, El País o Canal Sur. Trabajó en El Correo de Andalucía y fue asesora en la Secretaría de Estado de Defensa. Es autora de 'El viaje andaluz de Robert Capa', Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla y jurado del Premio Internacional de Periodismo Manuel Chaves Nogales.

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