Ucrania y Rusia completaron un intercambio de prisioneros: "Eres lo más preciado que tengo"
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Ucrania y Rusia completaron un intercambio de prisioneros: "Eres lo más preciado que tengo"

Aunque fue un momento único e inolvidable para muchos, también aumentó la agonía y desesperanza en otros muchos.

Soldados ucranianos vuelven a casaGlobal Images Ukraine via Getty

El jueves 5 de febrero volvió a abrirse una puerta que llevaba meses cerrada. Ucrania y Rusia concretaron un nuevo intercambio de prisioneros: 157 militares ucranianos regresaron a su país y, a cambio, 157 soldados rusos fueron entregados a Moscú. Durante cinco meses, los canjes habían quedado en suspenso. Esta vez, la diplomacia silenciosa logró reactivar un mecanismo frágil, pero vital para cientos de familias.

En la región ucraniana de Chernihiv, cerca de la frontera con Bielorrusia, la jornada estuvo marcada por una tormenta de nieve persistente. Aun así, decenas de familiares permanecieron a la intemperie durante horas. El frío, el viento y la incertidumbre no fueron suficientes para alejarlos del punto de intercambio. Allí, entre mantas, termos de té y fotografías plastificadas, aguardaban noticias que podían cambiarles la vida. Muchos de ellos no acudían por primera vez.

Esperar bajo la nieve

Iván Román ya conocía el ritual. Había asistido a anteriores intercambios con la esperanza de oír alguna pista sobre su hijo, integrante de la 72ª Brigada Mecanizada Separada. Para las familias, estos encuentros no solo significan la posibilidad de un reencuentro inmediato; también representan una oportunidad de información. Los soldados liberados pueden haber compartido cautiverio con otros prisioneros, pueden reconocer un nombre, confirmar que alguien sigue con vida.

En el punto de reunión se repite una escena casi idéntica cada vez:

  • Padres sosteniendo retratos ampliados
  • Esposas revisando el teléfono cada pocos minutos
  • Amigos y hermanos intercambiando datos y palabras de consuelo
  • Voluntarios repartiendo bebidas calientes

La comunidad que se forma allí es una mezcla de esperanza y duelo contenido. Algunos celebran; otros continúan esperando.

Olha Kurtmallaeva, de 26 años, regresó también a ese mismo lugar. Su esposo, Ruslan, miembro del 501º Batallón de Infantería de Marina, había sido capturado durante los combates en Mariúpol, en la primavera de 2022. Desde entonces, cuatro años sin abrazarlo, sin escuchar su voz más que en recuerdos. Acudió acompañada de amigos, como quien se prepara para una noticia que puede ser tanto milagro como decepción.

El aviso llegó de forma inesperada. Primero, una notificación en la aplicación gubernamental Diia: "El defensor está liberado". Luego, una llamada desde un número desconocido. Al otro lado, la voz que llevaba años esperando. Después, la imagen en video. El alivio se convirtió en lágrimas. En medio de la guerra, la tecnología fue el puente hacia una frase sencilla y demoledora: "Eres lo más preciado que tengo".

Reencuentros breves, emociones inmensas

La espera se prolongó más de lo previsto. La tormenta ralentizó el trayecto de los autobuses que transportaban a los liberados. Durante horas avanzaron lentamente por carreteras cubiertas de nieve. Ya caía la tarde cuando, finalmente, los vehículos llegaron al punto acordado.

El recibimiento fue espontáneo: aplausos, gritos, llanto. Sin embargo, los abrazos tuvieron que ser breves. La mayoría de los ex prisioneros presentaba signos de agotamiento extremo y estrés acumulado. Vestían ropa ligera, inadecuada para el frío intenso, y habían pasado largas horas de traslado. Tras un primer contacto con sus familiares, fueron conducidos directamente a centros hospitalarios para evaluaciones médicas y apoyo psicológico.

El intercambio dejó varias imágenes poderosas:

  • Soldados envueltos en banderas nacionales
  • Madres aferradas a sus hijos como si temieran que volvieran a desaparecer
  • Padres que repetían los nombres de sus muchachos entre sollozos
  • Parejas que se prometían no soltarse nunca más

No todos tuvieron buenas noticias

Para quienes no encontraron a sus seres queridos en la lista de liberados, la jornada fue una mezcla amarga. Permanecieron con sus carteles y fotografías, acercándose a los recién llegados con una pregunta casi susurrada: "¿Lo has visto? ¿Sabes algo de él?". En ocasiones, reciben una confirmación; otras veces, solo silencio.

Mientras tanto, frente a los hospitales donde ingresan los soldados liberados, continúan congregándose familiares. Observan las ventanas, atentos a cualquier movimiento, con la esperanza de que alguien que haya compartido cautiverio pueda reconocer un rostro en una foto y ofrecer una pista, una certeza mínima en medio de la incertidumbre.

El intercambio del 5 de febrero no puso fin al sufrimiento de quienes siguen esperando, pero sí reactivó una dinámica que parecía paralizada. En un conflicto prolongado y brutal, cada canje es mucho más que una operación logística: es un recordatorio de que, incluso en la guerra, la vida individual sigue teniendo un valor incalculable.

Para 157 familias ucranianas —y otras tantas rusas— ese día significó el regreso de alguien irremplazable. Para el resto, fue una promesa implícita: la posibilidad de que, en el próximo intercambio, también puedan escuchar al fin esas palabras que lo justifican todo.

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