Un economista ruso sentencia sobre el reinado de Putin: "La muerte es la forma más económicamente rentable de vida"
Explica cuáles son las 'ventajas' de morir en combate para la familia de un militar. Asegura que en muchas ocasiones al inicio del conflicto muchos soldados lo hacían casi a propósito.
Morir en la Rusia de Vladimir Putin no es solo una tragedia personal. Es, también, una operación económica sorprendentemente rentable. Esa es la tesis brutal que plantea el economista ruso Vladislav Inozemtsev al analizar el modelo que sostiene hoy al Estado ruso: un sistema en el que la guerra no solo se libra en el frente, sino también en las cuentas bancarias de las familias que reciben compensaciones por los caídos.
En muchas regiones del país, explica Inozemtsev, un hombre que se alista, combate durante un año y muere genera para su familia una suma que jamás habría logrado reunir trabajando durante décadas. No se trata de una anomalía ni de un efecto colateral de la guerra, sino de un diseño consciente. En palabras del economista, Rusia ha entrado de lleno en una "economía de la muerte", donde el sacrificio humano actúa como motor de consumo, cohesión social y estabilidad política.
La guerra como modelo económico
Desde el inicio de la invasión de Ucrania, el Kremlin ha perfeccionado un sistema basado en incentivos financieros extraordinarios para quienes aceptan ir al frente. Lejos de la movilización forzosa -impopular y peligrosa para el régimen-, Putin ha optado por convertir la guerra en una oferta laboral.
El esquema funciona así:
- Bonificación inmediata por firmar el contrato, que puede alcanzar varios millones de rublos
- Salarios mensuales muy superiores a la media nacional, en algunos casos quintuplicándola
- Indemnizaciones millonarias en caso de muerte o heridas graves, pagadas tanto por el Estado central como por gobiernos regionales
- Beneficios adicionales: condonación de deudas, facilidades para vivienda y acceso prioritario a servicios públicos
A finales de 2023, el resultado era claro: la familia de un soldado fallecido podía recibir entre 16 y 17 millones de rublos, una cantidad inalcanzable para un trabajador medio incluso tras toda una vida laboral. En términos estrictamente económicos, morir se había convertido en una "decisión racional".
Un ejército de mercenarios… y de descartados
Este modelo no surge de la nada. Inozemtsev sitúa sus raíces en los años noventa, cuando el colapso de la URSS empobreció a amplias capas de la población y normalizó la violencia como vía de ascenso social. Putin, tras aprender de los fracasos militares en Chechenia, entendió que pagar bien a los combatientes era más eficaz que imponer el servicio obligatorio.
La guerra de Ucrania acelera ese proceso y lo lleva a una nueva escala. El ejército ruso actual se nutre, en gran medida, de:
- Hombres de edad avanzada para estándares militares
- Personas con problemas de salud o antecedentes penales
- Desempleados crónicos o trabajadores sin cualificación
- Individuos endeudados o en situación de exclusión social
Para Inozemtsev, el Kremlin ha convertido el ejército en un vertedero social: un lugar donde se depositan los "indeseables· del mercado laboral. Su desaparición física no daña la economía productiva; al contrario, la refuerza al inyectar dinero en regiones pobres y reducir tensiones internas.
La estabilidad de Putin se compra con contratos
La gran ventaja política de esta "economía de la muerte" es que evita una movilización general. Mientras la guerra se libre con voluntarios bien pagados, el ciudadano medio puede seguir con su vida sin miedo a ser enviado al frente. La rutina bélica, normalizada y distante, fortalece al régimen.
Pero este equilibrio tiene una trampa. Putin puede financiar el sistema hoy -el gasto ronda el 2% del PIB-, pero el verdadero problema llegará cuando la guerra termine. Miles de veteranos traumatizados, acostumbrados a salarios imposibles en la vida civil, volverán a una sociedad que no puede absorberlos.
El precio cultural de glorificar la muerte
Más allá de la economía, Inozemtsev alerta del impacto moral y cultural. El soldado mercenario corre el riesgo de convertirse en un modelo social, igual que los gánsteres de los años noventa. Monumentos, películas, museos y propaganda escolar glorifican el sacrificio bélico hasta convertir la muerte en un comportamiento aceptable, incluso deseable.
El Kremlin ha tardado décadas en diluir la cultura criminal del pasado. Ahora, con la guerra como epicentro del relato nacional, corre el riesgo de reconstruirla bajo otro nombre. Porque cuando un Estado enseña que morir paga mejor que vivir, el problema ya no es solo económico. Es civilizatorio.