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06/09/2014 09:57 CEST | Actualizado 05/11/2014 11:12 CET

Dios está en todas partes, pero atiende en Santiago de Chile

No es menor el simbolismo de España en Chile, nuestra transición democrática y el modelo de bienestar que fuimos construyendo desde la vuelta de la democracia. Aún hoy las políticas socialistas y socialdemócratas españolas, la colaboración del PSOE en la transición chilena, están en un primer plano en el imaginario de izquierdas chileno.

Durante el pasado mes de agosto tuvimos ocasión de pasar una semana en Chile y conocer de primera mano la realidad sociopolítica del país. Durante esos días mantuvimos una serie de encuentros con senadores/as, congresistas y responsables del Partido Socialista y del Partido por la Democracia de Chile, principales actores socialdemócratas del actual Gobierno presidido por Michelle Bachelet, además de mantener un encuentro con la Federación Sindical de Mineros del Cobre y con una representación de actores/actrices de Chile (Chileactores).

La situación del país se asemeja bastante a su peculiaridad sísmica y eso es algo que imprime a los chilenos un carácter especial: no importa que aparentemente todo esté tranquilo, porque el capricho de la tectónica de placas puede volverlo repentinamente del revés. Eso lo aprendimos muy bien con el seísmo -sismo- de 6´4 en la escala Ritcher del que fuimos aterrados testigos cuando estaba terminando la semana.

En la actualidad el país se halla en un profundo proceso de cambio y de construcción de lo que podríamos definir como un Estado social y de derecho al más puro espíritu del ideal europeo. Paradójicamente, es al otro lado del Atlántico donde el modelo socialdemócrata adquiere más vigor, mientras en nuestro continente no acabamos de ser capaces de frenar la ofensiva neoliberal. Poco a poco, la derecha europea socava los cimientos de nuestro contrato social e intenta desmontar lo que hasta el momento ha sido la construcción humana colectivamente más grandiosa de la historia. Sí, el Estado de bienestar europeo, con sus lagunas y diferentes grados de desarrollo, ha establecido un espacio de bienestar compartido sin parangón en el tiempo y en el espacio. Y el problema no es el agotamiento del modelo socialdemócrata, es la falta de coraje para seguir profundizando en él.

Chile parte de un modelo económico y social heredado del pinochetismo, que parece provenir de un sueño salvaje de la Escuela de Chicago. Y el revolucionario proyecto de este Gobierno es revitalizar a un anémico Estado cuyo peso en la economía nacional es de apenas el 20%, equiparar la presión fiscal a la de un país medio europeo, recuperar la educación como derecho público frente a quien lo concibe como mercancía, establecer un sistema público de pensiones frente al modelo de previsión privado..., todo con una oposición y unos argumentos que nos sonarán, porque no son otros que los que utiliza la derecha en nuestro país y hasta en nuestro continente. Sorprenderá que los conservadores chilenos utilicen a España como ejemplo de fracaso económico por "excesivo peso de las políticas públicas", mientras aquí demonizamos al Gobierno anterior por haber sido lo mismo.

Curioso también tener que viajar al otro lado del charco para poder recordar las desventajas de un país centralizado. "Es sabido que Dios está en todas partes, pero atiende en Santiago", nos repitieron los representantes de algunas regiones periféricas con quienes nos entrevistamos, al tiempo que se quejaban de la diferencia de desarrollo existente entre el área de Santiago y el resto del país.

No es un de los objetivos menores del Gobierno Bachelet emprender una descentralización efectiva del Estado, buscando el reequilibrio interterritorial. No estaría de más que algunos/as que abominan de nuestro sistema autonómico remarcando algunas de sus deficiencias, comprobaran las muchas que tienen los sistemas centralizados.

Chile es un país icónico para la izquierda y el progresismo demócrata internacional, y aún lo es más para España. Allende, Neruda, Violeta Parra, la propia Bachelet..., todos son nombres que nos sugieren la esperanza de un mundo mejor.

No es menor el simbolismo de España en Chile, nuestra transición democrática y el modelo de bienestar que fuimos construyendo desde la vuelta de la democracia. Aún hoy las políticas socialistas y socialdemócratas españolas, la colaboración del PSOE en la transición chilena, están en un primer plano en el imaginario de izquierdas chileno. Puestos a recordar, en un momento en el que está de moda el revisionismo en España, tampoco huelga escuchar algunas reflexiones desde Sudamérica. Por mucho que desde allí sean conscientes del desmontaje progresivo que nuestro sistema está sufriendo durante estos años, de lo que no se olvidan es de quién lo construyó. Y que ese modelo es el camino que desean recorrer en Chile.

Y para ello han llegado a la conclusión de que es preferible priorizar y sentar unas bases comunes, en un acuerdo que involucra desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista, antes que enfrascarse en luchas fraticidas para conocer quién es más de izquierdas, o quién se queda con el espacio electoral. Eso es una lección que extraer de Chile. Eso y que el modelo izquierdista en Sudamérica no tiene por qué ser Venezuela o Cuba. Hay otras formas de entender el progreso respetuosas con el pluralismo político, los derechos humanos, o la iniciativa privada. Otro modelo socialista, que no busca revancha ni promete la Luna, solo justicia social y desarrollo progresivo.

Son muchas las experiencias que relatar de nuestro periplo y poco (necesariamente) el espacio aquí para hacerlo. Lo que no queremos olvidar es el encuentro organizado por la agrupación del PSOE en Chile, con emigrados/as españoles que llegaron a este país en el vapor Winnipeg, fletado tras la Guerra Civil por el poeta Pablo Neruda para 2.500 refugiados republicanos en Francia. Pone la carne de gallina escuchar a esos/as supervivientes trasladar sus experiencias, las de sus padres, 75 años después de llegar al puerto de Valparaíso. Qué olvidada tenemos la memoria de esos cientos de miles de españoles que forzadamente tuvieron que rehacer su vida en otros países, o que la perdieron a manos de ese mismo fascismo del que huían.

** Este artículo ha sido escrito conjuntamente con Ánder Gil García, senador del PSOE por Burgos

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