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12/09/2014 07:05 CEST | Actualizado 11/11/2014 11:12 CET

El consumo colaborativo y los mendrugos que nos gobiernan (y 2)

La semana pasada prometí dar continuidad a un post en el que escribí sobre consumo colaborativo y sobre algunas de las plataformas más exitosas que explotan este tipo de consumo.

Estas empresas (Airbnb, BlaBlaCar) explotan generalmente un capital físico (una casa o un coche), pero son muchos menos los casos en los que se explota el capital humano. Si consideramos que el 65% de nuestra economía se enmarca dentro del sector servicios, queda claro que es solamente una cuestión de tiempo que surjan modelos innovadores que propongan todo tipo de servicios en modo colaborativo.

Que sean menos las empresas que lo hagan no quiere decir que éstas sean inexistentes, y de hecho existen varias startups muy prometedoras que sí lo hacen. Freelancer es, en mi opinión, la que tiene un recorrido más interesante por delante, ya que explota a fondo un nicho de mercado que conozco bien (los servicios informáticos): los freelancers que responden a propuestas de servicio (o proyectos tal y como los llama el sitio) están registrados en más de un 70% de los casos en países en desarrollo (mayoritariamente en India) y prestan servicio a tarifas competitivas.

El fundador de esta empresa, el australiano Matt Barrie, considera que este mercado está en una situación equivalente a la de eBay en 1997: es decir, a punto de explotar. Los hechos parecen darle la razón. Recordemos si no el caso de Bob, un desarrollador de software americano despedido por vago el año pasado y que sus jefes consideraban un empleado modelo, cuando en realidad solamente había subcontratado su trabajo en China y se pasaba el día mirando vídeos de gatitos en Reddit.

Primer inciso: si yo fuera el jefe del jefe de Bob, hubiera promocionado a Bob a manager de servicios offshore o algo por el estilo y despedido al jefe que supervisaba a Bob, y que probablemente no servía para nada. Pero es bien sabido que los precursores como Bob suelen despertar incomprensión e injusto rechazo.

El lector quizás piense ahora que este tipo de empresas pueden funcionar porque ofrecen servicios de alto valor añadido, pero que semejante funcionamiento no sería posible para servicios de poco valor añadido. Si retomamos el ejemplo de las dos empresas de consumo colaborativo anteriormente mencionadas, ello equivale a decir que el funcionamiento de Airbnb arroja beneficios porque su ticket medio es de casi 100 euros, pero BlaBlaCar arrojará pérdidas porque su ticket medio es de alrededor 20 euros. Sin embargo, hay que tener en cuenta que BlaBlaCar tiene más usuarios activos, por lo que yo les auguro a ambas compañías un futuro prometedor.

Christopher Pissarides, coautor de la Matching theory y de quien hablé ya con anterioridad, ganó el premio Nobel de Economía por enunciar la ecuación que rige un mercado de trabajo. En su forma simplificada en un instante t esta ecuación se puede enunciar como m=μ·u·v, en la que m es el número de emparejamientos realizados, u el número de parados, v el número de vacantes de las empresas y μ una constante de productividad, siempre inferior a 1.

Pissarides estableció que la productividad μ aumenta ligeramente con el nivel de formación, pero que disminuye con el ratio de candidatos por vacante. Puesto que en las economías desarrolladas el número de candidatos a los puestos de baja cualificación suele ser menor, el funcionamiento del mercado de trabajo es sorprendentemente similar en todos los casos. Admito que tal y como está la situación en España, en donde algunas empresas quieren a licenciados en ADE para hacer de repartidor, las teorías de Pissarides pueden estar totalmente desfasadas, con todo ciertas startups ya existentes parecen darme la razón.

La más importante es la empresa americana TaskRabbit, que ofrece servicios de limpieza y ayuda para pequeños apaños (mudanzas, fontanería, etc.). TaskRabbit parece estar explotando con éxito un prometedor nicho de servicios de particulares a empresas. En Francia, país en que resido y que probablemente sea el incubador de startups más importante de Europa, acaba de surgir Frizbiz, cuyo planteamiento es similar, pero más orientado a servicios entre particulares (sí, probablemente tenga usted por ahí un vecino dispuesto a montarle ese mueble de Ikea por 25 euros o menos).

Como comentaba la semana pasada, en el contexto actual, tanto izquierda como derecha coinciden en que lo mejor que podría hacerse por los 5,9 millones de parados que hay en España es ponerlos a trabajar. Es en el cómo en donde difieren. Los postulados keynesianos, que hoy solamente son patrimonio de la izquierda, nos trazan claramente la vía de la demanda como salida a la crisis. El Estado podría fomentar la creación de empleo adecentando parques o escuelas (como interntara Zapatero en su lapso keynesiano de 2009) o bien fabricando tanques y submarinos, como hizo Hitler con probada eficacia.

Como Keynes ya dijo, y tal y como Paul Krugman lleva años recordándonos, en un escenario de demanda insuficiente como el actual, enterrar botellas llenas de dinero en minas abandonadas y dejar que el sector privado las desentierre sería una opción objetivamente mejor que no hacer nada, por mucho que a los economistas austriacos de la época de Keynes o a los austericidas de la de Krugman les moleste.

Desgraciadamente, hoy triunfan en Europa los postulados de la oferta, por los que la derecha (y una parte creciente de los socialistas) le dicen a los 5,9 millones de parados que hay en España que la salida del marasmo se producirá cuando ellos se creen su propio empleo, convirtiéndose en entrepreneurs. O por lo menos, eso es lo que se defiende en teoría, porque si en la práctica usted se convierte en un pequeño productor fotovoltaico o se le ocurre convertir su casa en una minipensión que moleste a los amiguetes (léase compañías eléctricas u hoteleros), tenga por seguro que nuestro Gobierno intentará por todos los medios devolverle al paro.

Permítame el lector hacer un segundo inciso. Las compañías aéreas son expertas en gestionar sus índices de ocupación: el negocio es tan competitivo que, de otra forma, se irían al garete. Todas ellas tienen expertos en lo que denominan yield management. Es de todos bien conocido el hecho de que los precios de los billetes en clase turista son más bajos si reservamos con antelación. En cambio, resulta mucho menos conocido el hecho de que el precio de los billetes de primera clase se comporta de forma opuesta, y si intentamos reservar en el último minuto un vuelo con dos asientos libres, uno en primera y otro en turista, posiblemente nos cuesten prácticamente el mismo precio.

De hecho, como las compañías tienden a vender más billetes de clase turista que las plazas de que disponen por el dichoso overbooking, habitualmente regalan a sus mejores clientes de clase turista las plazas de primera clase que no han conseguido vender, y quien esto escribe solamente ha viajado en primera en este tipo de circunstancias. En el caso de la clase turista, para incrementar el yield (los ingresos) interesa aumentar el precio, pero para incrementar los ingresos en primera conviene más aumentar la ocupación.

Si optamos pese a todo lo dicho hasta ahora por no hacer políticas fiscales activas, ¿por qué no les damos por lo menos a los parados facilidades para autoemplearse de acuerdo a lo que se predica? El SEPE, el INEM o comoquiera que se llame, podría dar de alta a los parados en un portal de características similares a TaskRabbit para que los inscritos respondan a ofertas de miniservicios. Si suponemos que los parados consiguen por este portal un trabajo diario pagado a 25 euros, con cuatro millones de parados se generaría un yield de 100 millones de euros diarios.

El día que un parado pasa ocioso hay que compararlo a un asiento vacío en la primera clase de un vuelo: si no se usa, se pierde para siempre. Es por ello preferible venderlo a bajo precio que no venderlo en absoluto. Sé que plantear que cuatro millones de parados usaran una plataforma de este tipo es irrealizable. No somos Noruega, pero el grado de penetración del smartphone en España es de los mayores del mundo. Sin embargo, no existiría, casi con toda certeza, la demanda necesaria para absorber tantos parados. Con todo, esta podría intentar estimularse como un acto de generosidad patriótica, de forma similar a como Roosevelt intentó estimular el coche compartido.

Pongamos por lo tanto que se generasen solo 5 millones de euros diarios. Ello querría decir que el coste social de la plataforma podría amortizarse en un día, incluyendo costes de desarrollo, operación y marketing. A un ritmo así, si el Gobierno impusiera una pequeña tasa del 1% sobre cada transacción realizada en la plataforma, recuperaría la inversión realizada en unos tres meses.

Otra opción posible para recuperar la inversión sería retirar las prestaciones a los parados que tuvieran más éxito en esta plataforma. Supongamos que un parado con una prestación mínima de 400 euros lograra menos de 300 euros al mes extra a través de la plataforma: en tal caso conservaría tanto su prestación como sus ingresos. Si, por ejemplo, ingresara entre 300 y 833 euros, se podría reducir la prestación de desempleo en un 75% del montante generado por encima de 300 euros. Es decir, si el parado cobrara 400 euros de prestación y ganara 400 euros en la plataforma, sus ingresos netos serían de 400 + (400 - 0,75·100) = 725 euros.

El sistema aquí descrito se parece, lo admito, al de los minijobs. Yo prefiero el trabajo asalariado. Según los datos del Banco de España, cuando el PP llegó al poder había más de 15 millones de asalariados: ahora tenemos casi un millón menos. El número de no asalariados, la categoría que el Gobierno quiere fomentar, se ha recuperado recientemente después de bajar a lo largo de la legislatura, e incluso ha sobrepasado ligeramente la cifra de 2011 (de poco más de 3 millones de personas). Muchos son, sin embargo, falsos autónomos, y los que no sean falsos se parecen mucho más a un repartidor que con suerte es mileurista que a un médico o abogado de éxito.

Si pese a todo decimos que el autoempleo es la solución, lo inteligente sería dotarse de los medios tecnológicos que lo fomenten. La plataforma descrita aquí serviría por lo menos para ayudar a algunos parados con prestación mínima a redondear el final de mes y para ahorrar dinero en comisiones a los usuarios (Freelancer, TaskRabbit y Frizbiz cobran unas comisiones cercanas al 13%, al igual que BlaBlaCar o Airbnb). El Gobierno se limitará, sin embargo, a verlas pasar, y una empresa privada con seguridad se le adelantará en esto. Y por efecto de red, será casi un monopolio. Y al amiguete que la monte, eso sí, el Gobierno le dará palmas con las orejas, o puede que incluso un premio Start-Ex, puesto que esa startup no molestará a los amiguetes.

LA NATURALEZA SÍ QUE SABE