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10/06/2015 07:35 CEST | Actualizado 09/06/2016 11:12 CEST

¿Qué pasaría si solo se vacunara al 60% de la población?

Está claro que unos hábitos saludables e higiénicos que te mantengan alejado de posibles focos infecciosos previenen el contagio. Pero también ayuda estar rodeado de otros que estén vacunados. Por paradójico que pueda resultar, la vacunación de una parte de la población también protege a los que no están vacunados. Pero, ¿qué porcentaje de la población hay que vacunar para evitar riesgo de epidemia?

Este post ha sido escrito por Pablo Haya

Recientemente se ha producido un caso de difteria en España después de casi 30 años, poniendo de nuevo en el punto de mira a los movimientos antivacunas. Dentro de los argumentos que esgrimen estos movimientos, siempre aparece algún caso de éxito de padres que no vacunaron a sus hijos y, aun así, estos crecieron saludables, y sin conocer pediatra alguno.

Está claro que unos hábitos saludables e higiénicos que te mantengan alejado de posibles focos infecciosos previenen el contagio. Pero también ayuda estar rodeado de otros que estén vacunados. Por paradójico que pueda resultar, la vacunación de una parte de la población también protege a los que no están vacunados. De hecho, no es preciso vacunar a todo el mundo para protegernos de una epidemia; es lo que técnicamente se conoce comoherd immunity o inmunidad de grupo. Las personas que no están vacunadas siguen expuestas al contagio, pero aquellos que son inmunes actúan como freno para el contagio de la enfermedad, dificultando que se extienda entre la población no vacunada.

Inmune gracias al grupo

Para cada enfermedad se puede calcular el umbral de inmunidad de grupo, que estima el porcentaje de población que es necesario que sea inmune a una enfermedad para evitar que se produzca una epidemia. Cada enfermedad contagiosa tiene un umbral de inmunidad de grupo distinto. Por ejemplo, el sarampión está entre el 92-95%, mientras que la difteria requiere mínimo de un 83-85% de la población vacunada. Esta variación se debe a las diferencias entre enfermedades por lo contagiosas que sean o por su periodo de incubación.

En el Instituto de Ingeniería del Conocimiento (IIC) estamos acostumbrados a otro tipo de contagio menos peligroso en el que el virus son los gustos, intereses o ideas que se transmiten de unos a otros influyendo en las decisiones de compra, la adopción de nuevos productos o la difusión de innovaciones. Y como nos gusta analizar datos, vamos a ver, con un ejemplo basado en un supuesto, cómo funciona este fenómeno:

Una pequeña población de 5000 habitantes se enfrenta a una enfermedad altamente contagiosa y mortal. Se han simulado diferentes escenarios empleando NetLogo, de manera que en cada simulación se considera un porcentaje distinto de la población vacunada. En la siguiente imagen podemos ver el estado de dos simulaciones 25 días después del inicio de los primeros contagios.

A la izquierda, cómo quedaría si se hubiera vacunado el 90% de la población, y a la derecha, si solo lo hubiera hecho el 60%. Las figuras verdes representan personas con vacuna, las grises, sin vacuna y las rojas, personas infectadas. Mientras que en el primer caso el riesgo de contagio está a punto de desaparecer, en el segundo, la epidemia está en un momento álgido.

A los 25 días de comenzar el contagio con un 90% de personas vacunadasA los 25 días de comenzar el contagio con un 60% de personas vacunadas

Hasta dónde llega el efecto

¿Qué porcentaje de la población hay que vacunar para evitar riesgo de epidemia? Es decir, ¿cuál es el umbral de inmunidad de grupo en este caso? Repetimos el experimento con distintos porcentajes de población vacunada, observando claramente que en este caso el efecto de inmunidad de grupo se desvanece si la población vacunada disminuye por debajo del 80%-85%.

En la gráfica siguiente, se muestra cómo varía el porcentaje de personas no vacunadas que sobrevive a la epidemia en función de la proporción inicial de personas con vacuna. Cuando la población vacunada es superior al 85%, las personas sin vacunar están relativamente protegidas, sobreviviendo a la epidemia más del 90%. En cambio, cuando la proporción inicial de población vacunada está solo en torno al 80%-85%, empieza una caída dramática en el número de supervivientes no vacunados. Así, con un 70% de vacunados inicialmente, solo sobrevive el 20% de los no vacunados, y para un 20%, el porcentaje de supervivientes cae hasta el 4%.

Paradójicamente los movimientos antivacunas seguirán viviendo en la ilusión de un mundo sin vacunas ni epidemias, siempre y cuando no aumenten lo suficiente como para que la protección de los demás vacunados deje de ser efectiva.

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