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30/09/2015 06:57 CEST | Actualizado 29/09/2016 11:12 CEST

Lecciones de Historia

donaldtrumpTrump ha cargado contra los hispanos. Pero esos a los que insulta son ciudadanos estadounidenses, que con su creatividad y esfuerzo contribuyen decisivamente a la prosperidad de EEUU y a que este país siga siendo lo que siempre ha sido: una tierra de oportunidades.

REUTERS

A más de un año para las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos y a cuatro meses para el arranque de las primarias, la carrera para la designación del candidato republicano está de plena actualidad. Nada, en realidad, fuera de lo común, dado el interés global que siempre despierta la política norteamericana y el despliegue espectacular con el que los medios adornan estos procesos. Tanto más si hablamos de primarias, que tan de moda se han puesto en nuestro país, aunque su práctica tenga más sentido en el sistema presidencial de EEUU, donde el jefe del Gobierno no depende tanto de la mayoría parlamentaria, ni los partidos presentan una estructura jerárquica y organizativa como en Europa (en rigor, se trata más bien de plataformas propagandísticas).

No obstante, ha sido la irrupción de Donald Trump y su liderazgo en los primeros sondeos, lo que ha venido a animar el debate. Su discurso extravagante, antiestablishment, propenso a la injuria y descaradamente incoherente -alaba el emprendimiento competitivo mientras defiende la subida de impuestos a los ricos- ha calado entre las bases republicanas por su tono directo y sin ambages, aunque ya veremos hasta qué punto.

Una notoriedad en todo caso reprobable -como bien argumentó Vargas Llosa- y que también disgusta al aparato del partido, puesto que no solo fractura las líneas principales de su mensaje sino que socava las posibilidades de atraer el voto latino, crucial para ganar las elecciones. Y es que, según los expertos, los republicanos necesitan captar alrededor del 42% de este voto para tener opciones de victoria, cifra muy lejana al 27% que lograron en 2012 y a la que tan solo se aproximó George W. Bush en 2004, con un 40%. Así, tildar a los hispanos de ladrones y violadores o expulsar de una de sus ruedas de prensa al célebre periodista Jorge Ramos, no parece una estrategia muy hábil, por la dosis de xenofobia e incluso de clasismo que sugiere.

En este sentido, la ceguera de Trump es doble, por cuanto los hispanos no constituyen una raza, ni siquiera una etnia unitaria, sino un conjunto de comunidades de diversas procedencias nacionales y culturales, a menudo híbridas, vinculadas ante todo por el idioma español. Pero es que además -y acaso en ello reside la mayor torpeza del magnate inmobiliario- estamos hablando de ciudadanos estadounidenses, que con su creatividad y esfuerzo contribuyen decisivamente a la prosperidad de EEUU y a que este país siga siendo lo que siempre ha sido: una tierra de oportunidades, sin duda dura y exigente, pero continuamente abierta a inmigrantes de todo el mundo (italianos, irlandeses, indios, etc.) que la han ido construyendo desde el inicio de su Historia. Tal es de hecho su integración que, lejos de los estereotipos de Trump, los hispanos se han convertido en una clase media pujante, crecientemente situados en la élite socio-económica, con un poder adquisitivo de 1,5 billones de dólares y con una excelente formación (su porcentaje de universitarios se ha incrementado un 50% solo durante el último lustro).

Justamente, el viaje oficial de los reyes de España a EEUU, que tuvo lugar hace unos días, también se explica a la luz de este relato dinámico y plural, en tanto su desplazamiento a Florida vino a conmemorar el 450º aniversario de la ciudad de San Agustín, el primer asentamiento urbano de la nación fundado por nuestro Menéndez de Avilés. Un hito que quizá ayude a Trump a entender mejor las esencias americanas que con tanto énfasis reivindica.

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