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05/12/2016 07:26 CET | Actualizado 05/12/2016 07:26 CET

El 'bloqueo' de Fidel Castro a sus escritores

lezamaLa revolución cubana y la literatura tuvieron un intenso pero fugaz idilio. Con el transcurso de los años sesenta, el régimen de Castro activó los controles y censuras típicos de los sistemas totalitarios. Algunos de los escritores que sufrieron este acoso habían apoyado la revolución. Entre ellos, Lezama Lima, que fue condenado al ostracismo en una isla que terminó silenciando su voz y sus textos.

Foto de Lezama Lima, condenado al ostracismo por el castrismo/EFE

A finales de agosto de 1979 tuve que viajar desde Ginebra a Cuba en calidad de traductor para la VI Cumbre del Movimiento de Países No Alineados. Al enterarse, José Ángel Valente, que también vivía en Suiza, me pidió que llevara dos cartas suyas: una a los poetas cubanos Cintio Vitier y Fina García, junto con sendas cajas de chocolate suizo; la otra a María Luisa, la viuda de José Lezama Lima. A ésta le llevé además un libro de Valente, creo que Material Memoria, pues Valente me había dicho que le había enviado libros suyos a Lezama que nunca le entregaron.

Con esos encargos me dirigí a casa de María Luisa, pero al no encontrarla en casa tuve que andar por el centro de La Habana con los chocolates, con el riesgo de que se derritieran, porque una vecina que vivía puerta con puerta se negó a custodiarlos. Yo iba acompañado de dos colegas traductores, el escritor peruano Luis Loayza (al que Vargas Llosa había dedicado Conversaciones en la catedral) y Javier Rein (hijo de un ministro de Agricultura de Franc, Rein Segura). Volvimos a la hora y media y ya estaba en su casa María Luisa, a quien entregué los encargos.

Estuvimos casi dos horas conversando con María Luisa, y recuerdo perfectamente lo que nos contó del ostracismo al que el régimen castrista sometió a Lezama Lima. Y a ello había que sumar la inquina personal que le tenía Nicolás Guillén, del que María Luisa dijo que sentía "envidia literaria" por Lezama.

Según me dijo, ese ostracismo arrancó cuando en octubre de 1968 un jurado de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), del que formaba parte Lezama Lima, otorgó el premio de Poesía Julián Casal a Herberto Padilla por su libro Fuera de juego. Tres años después, en marzo de 1971, Padilla fue detenido y sometido a una "autocrítica" en la UNEAC, en presencia también de Lezama.

Lezama contestó que nunca había escrito nada contra la Revolución y que su única queja es que desde hacía años no le publicaban nada, a pesar de haber enviado diversos textos a la revista de la UNEAC.

Padilla no fue el único escritor represaliado. En un suplemento de Cuadernos de Ruedo Ibérico de 1967 titulado Cuba, una revolución en marcha, se reprodujo un largo texto de Lisandro Otero titulado El escritor en la revolución cubana. Dos años antes del Caso Padilla, Otero había afirmaba: "En Cuba tenemos escritores que no son revolucionarios. Son los que se autocensuran... Esos escritores temen una represalia que nunca ha sido ejercida".

La frase era un eco edulcorado de otra más lapidaria que Castro había pronunciado el 30 de junio de 1961, en su tercer Encuentro con los Intelectuales Cubanos: "Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada". Muy poquito después de esta sentencia, el Gobierno de La Habana clausuraba la revista Lunes de Revolución, que dirigía Guillermo Cabrera Infante.

Lezama vivió desde 1971 hasta su muerte, en agosto de 1976, bajo un bloqueo literario casi total. Su viuda me dijo que cuando llegaba a la UNEAC algún escritor extranjero y preguntaba por él, se le decía que estaba en la playa, fuera de La Habana. A Lezama le negaron el permiso para ir a Ciudad de México a un encuentro de escritores al que había sido invitado. Jamás recibió los libros que le enviaban desde otros países.

María Luisa me relató un suceso ocurrido a raíz de la publicación en Madrid de un artículo que criticaba la censura literaria en Cuba. El texto, creo que de la revista Índice, incluía una foto de Lezama con el siguiente pie: "Así trata la revolución a los escritores". Las consecuencias no tardaron. A los pocos días sonó el teléfono en casa de Lezama y habló con él un miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba. Quería verle.

Lezama acudió a la cita acompañado de su esposa y apenas llegaron el dirigente revolucionario le mostró el artículo de la revista. Pese a la negativa del escritor de que tuviera algo que ver con dicha publicación, de la que dijo no saber nada, el dirigente insistió en si tenía alguna queja contra la Revolución. Y entonces Lezama contestó que nunca había escrito nada contra la Revolución y que su única queja es que desde hacía años no le publicaban nada, a pesar de haber enviado diversos textos a la revista de la UNEAC. El dirigente entonces le pidió que le hiciera llegar a él personalmente algunos de sus poemas inéditos, garantizándole que los publicarían, pero la desgracia se alió con el ostracismo: el dirigente enfermó y fue trasladado a Moscú, donde los tratamientos médicos no pudieron evitar su muerte.

Lezama Lima padecía asma y meses antes de morir tuvo una violenta crisis respiratoria. Su esposa llamó de inmediato al hospital, pidiendo ayuda para trasladarle, pero apenas colgar recibió una llamada inesperada de Osvaldo Dorticós, diciendo que él se ocupaba de hacerle llegar de inmediato una ambulancia. Era obvio, como me dijo María Luisa, que tenían el teléfono pinchado.

En 2008 volví a Cuba como turista. Las tiendas de todas esas ciudades seguían prácticamente igual de desguarnecidas que cuando estuve en 1979.

La llamada de Dorticós se repitió poco después, cuando Lezama murió. En esa ocasión le dijo a María Luisa que la UNEAC se ocuparía del entierro y de las honras fúnebres, y que trasladarían el cuerpo del escritor a la sede de la UNEAC. Lo grotesco es que el discurso del funeral, el que debía honrar al que había sido una de las grandes figuras literarias de Cuba, le fue encargado a un ujier de la UNEAC.

A mi regreso a Ginebra vi a Valente y le conté que había entregado sus encargos, y él me contestó que en esos días estaba en Suiza Carlos Franqui y que tenía interés en verme para que le contatara mis impresiones de La Habana.

Franqui había estado en la guerrilla en Sierra Maestra, y además fue quien fundó Radio Rebelde y el periódico Revolución. Tuvo un papel muy importante en la gestación de la política cultural de la década de 1960. A él se deben la aparición del Lunes de Revolución, la organización del Congreso Cultural de 1968, la visita a Cuba de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, etc. A cabo de los años, y por su oposición a la "adhesión" política y económica de Cuba a la Unión Soviética y a la persecución de los intelectuales discrepantes, acabaría exiliado, aunque en 1976 reaparecería en Ruedo Ibérico con su Diario de la Revolución Cubana.

Conté a Franqui mi penosa impresión del desabastecimiento en los comercios de La Habana, fruto de la estatización de los servicios privados y de 50.000 pequeños comercios, en el marco de la Gran Ofensiva Revolucionaria emprendida por Fidel.

En 2008 volví a Cuba como turista. Estuve varios días en La Habana, visité la Casa-Museo de Lezama y luego alquilé un coche para ir hasta Santiago de Cuba, pasando por Trinidad, Cienfuegos, Holgui y, a la vuelta, Camagüey. También pasé cuatro días en Varadero. Las tiendas de todas esas ciudades seguían prácticamente igual de desguarnecidas. A diferencia de lo que ocurría en 1979, en 2008 los cubanos ya sí podían entrar en los hoteles y restaurantes de turistas, pero pagando en Pesos Convertibles (CUC), un tipo de moneda al que la inmensa mayoría de los cubanos no podía acceder, ya que percibían sus salarios en pesos cubanos y las tarifas del cambio eran prohibitivas para ellos.

En 2008, la cartilla de racionamiento no había desaparecido y apenas garantizaba suministros mínimos. Esa falta de alimentos básicos y artículos para el hogar se ha debido en parte al embargo norteamericano, pero también, y en buena medida, a la política económica equivocada a la que ha sido abocada Cuba por decisiones personales de Fidel.

El día que conté todo esto a Franqui, con José Ángel Valente por testigo, había una lectura de poemas de ellos dos en el local de Editart, una editorial creada en Ginebra por Orlando Blanco. En una gran mesa había fotos históricas de Granma, el periódico oficial cubano. En una de ellas, de los años 60, aparecía Franqui junto a otros dirigentes cubanos. En otra, copia de la anterior y también publicada en Gramma después de que Franqui se hubiera ido al exilio, Franqui había sido borrado. Cuba también había copiado para con sus escritores el arte de la vaporización con la que Stalin había hecho desaparecer a Trostky en aquella legendaria foto.

Carlos Franqui desaparece en una de las imágenes.

Trotsky, que está en el lado derecho del estrado desde donde habla Lenin, desaparece en la segunda foto/WIKIPEDIA.

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