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12/12/2012 08:15 CET | Actualizado 10/02/2013 11:12 CET

2008-2013: En el capitalismo/casino sigue ganando la banca

2012-12-11-portada_nevera.jpgDespertar, contraatacar, es parte de una esperanza en la que a los progresistas nos va el empeño de una vida: que no ganen los de siempre, que no ganen siempre los malos.

Próximos a 2013, nos encaminamos a un "sexto año de pasión" en el manejo de la crisis que, un día ya lejano en el tiempo, marcó la eclosión de la burbuja financiera causada por un "capitalismo de casino" en el que, como se sabe, la banca gana y gana siempre. Haciéndole frente, he insistido muchas veces en el contraste entre la lucidez analítica que explica por qué la "austeridad recesiva" no ha funcionado -no lo ha hecho, no lo hará- y la ominosa contumacia de quienes nos la imponen.

Lo que hace unos años resonaba a interpretación "conspirativa", a estas alturas deslumbra con impactante claridad: este desastre no ha sido accidente ni error, sino el deliberado resultado de una estrategia diseñada por los más fuertes para acentuar la injusticia y la desigualdad, expuestas con toda crudeza a lo largo de la crisis, y ejecutada con precisión ante la complicidad y la acobardada inanidad de la amplia mayoría de los gobiernos europeos. La postergación del calendario de implementación de la Unión Bancaria, subordinada a los intereses de Merkel, es sólo una enésima expresión de esta subordinación a la financiarización de la economía que se está empleando a fondo para intentar reducir la política a la impotencia.

La crisis ha evidenciado la mentira subyacente a la apología del mercado financiero desregulado y carente de toda responsabilidad. En el origen de esta crisis, una élite financiera (ejecutivos de banca, brokers, gestores de fondos de inversión) se enriqueció apostando especulativamente con ahorros ajenos e hipotecas arriesgadas: ellos mismos se fijaban incentivos para hacerlo (bonos, contratos blindados, salarios estratosféricos). La crisis ha triturado la confianza en las reglas de juego, en la sujeción a la ley, en la igualdad ante esta y, en definitiva, en la credibilidad del entero sistema democrático. La destrucción de la confianza no ha sido esta vez "creativa" -como planteaba Schumpeter- sino abrasiva, como nunca, también sobre la política y sobre la democracia, especialmente ante los jóvenes.

En España, arrollados por estas imposiciones, los ciudadanos más vulnerables han sido despellejados bajo la pretensión quimérica de "recuperar la confianza de los mercados". La reforma laboral ha propiciado máximos históricos de paro y empobrecimiento. La reforma financiera ha abocado sin freno al derrumbamiento del crédito y al incremento del déficit (continuadamente objeto de desviaciones al alza). Incapaces de ahorrar, las familias que una vez vertebraron las capas medias han visto derrumbarse sus salarios y su renta disponible, mientras, como consecuencia de la imposibilidad de satisfacer los intereses en los plazos prefijados, la deuda pública prosigue su viaje hacia lo insostenible.

Cambiar el rumbo de la política europea es la única piedra de toque que podría romper este círculo odioso. La reforma financiera de escala europea que debía delimitar de una vez la asunción de riegos por las entidades de crédito, así como asegurar transparencia donde ha habido opacidad y abuso, ha quedado aplazada, condicionada de nuevo por el calendario electoral alemán o, lo que es decir lo mismo, los intereses de Merkel y la derecha alemana. Ni se habla, todavía a estas alturas, de combatir conjuntamente los paraísos fiscales, de recuperar el vector de la progresividad fiscal, incidiendo especialmente en sucesiones, patrimonio, ganancias de capital, lujo y grandes fortunas, y orientar las inversiones hacia la educación, la innovación y el conocimiento.

Las interpretaciones de la crisis que apuntaban desde el principio al "ajuste de cuentas" de los acreedores contra los deudores, de los más ricos contra los pobres, fueron descalificadas como "conspiranoicas". Hoy es claro que se han revelado certeras. El manejo de la crisis ha sido orquestado por quienes la causaron para salirse de rositas y repercutir sus efectos sobre los más indefensos, abandonados a la intemperie del paro, los desahucios o la desesperanza.

Pero para completar este cuadro era, además, imprescindible la demolición de la política: conseguir que un amplio estado de opinión se revolviera y disparase "contra los políticos", sin distinción, pasaba a ser precondición de la impunidad de los poderosos que, desde los abusos del sistema financiero, han perpetrado este desaguisado pero ni se presentan a las elecciones ni están dispuestos a someterse a ningún escrutinio público. Hacer a la política impotente, irrelevante o despreciable es para sus intereses, la mejor garantía para salir de este desastre en el rondón y el tapadillo del "linchamiento a los políticos", sin dar ninguna explicación, depurar ninguna responsabilidad ni ofrecer reparación por los daños infligidos. Contraparafraseando a Churchill "nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos"... sin someterse a escrutinio ni mostrar disposición a someterse a controles que impidan que esto vuelva a pasar.

España es para nuestra tristeza, el nuevo muestrario paroxístico de esta patología. Que en España, nada menos que quien ha sido presidente de la CEOE se haya revelado motor de prácticas tan execrables como las que hemos conocido, exhibe con claridad la nula ejemplaridad del segmento más pudiente y corporativo de su élite empresarial. La misma que pontifica contra los derechos sociales, contra la fiscalidad progresiva, contra los sindicatos, y la negociación colectiva, patrocinando a través de sus potentes altavoces mediáticos la demolición desacomplejada de los equilibrios sociales edificados desde la transición y el pacto constituyente.

Que la derecha en el Gobierno esté haciendo lo que está haciendo sólo puede explicarse por la convicción que le anima de que la deconstrucción de la política hace hoy por hoy inviable la formulación de una alternativa electoral eficaz frente a su propia hegemonía visto su impacto devastador ante los votantes potencialmente favorables a una salida de la crisis por la izquierda. La destrucción de la política se muestra así precondición de la prolongación y la profundización del mal que tanto estamos sufriendo.

2013 pronostica el empeoramiento de todo lo que nos importa. Pero de nosotros depende descongelar la autolesiva sensación de impotencia en que se encuentra buena parte de izquierda progresista. Despertar, contraatacar, es parte de una esperanza en la que a los progresistas nos va el empeño de una vida: que no ganen los de siempre, que no ganen siempre los malos, que no gane siempre la banca en el casino/barra libre de la especulación.

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