Jeremy Atherton Lin, autor de 'Gay Bar': "Hay que seguir celebrando el Orgullo porque siempre hay personas que van a ser utilizadas como chivos expiatorios"
Entrevista con el escritor e historiador cultural estadounidense que en su libro analiza el papel de los bares gais más allá de un espacio de ocio.

Ganador del National Book Critics Circle, destacado como uno de los mejores libros de 2021, Gay Bar. Fragmentos de aquellas fiestas ha llegado a España de la mano de Capitán Swing tras haber triunfado en el mundo anglosajón. Esta obra de Jeremy Atherton Lin (Nueva Jersey, Estados Unidos, 1974) nos invita a un viaje por la historia del colectivo LGTBIQ+ que se centra en los bares gais y en la importancia que han tenido y tienen para estas personas. Pero no solo.
Atherton Lin, hijo de un asiático y de una europea, nacido en la costa este de Estados Unidos, pero criado al otro lado del país, en California, y afincado en Inglaterra, de donde es su marido, se abre en este libro biográfico de forma muy explícita. No duda en contar sus propias experiencias sexuales, los fragmentos de aquellas fiestas, cómo llegó su marido a su vida o cómo les ayudó la legalización del matrimonio igualitario en Estados Unidos.
Con motivo de la llegada de Gay Bar a España, el escritor e historiador cultural LGTBIQ+ nos concedió unos minutos para hablar sobre este libro, el papel de los bares gais más allá de un mero espacio de divertimento y ocio, y sobre el fenómeno del pinkwashing y la importancia de seguir celebrando el Orgullo.
Este libro es autobiográfico. ¿Te resultó difícil abrirte de la forma en que lo haces?
Sí, lo es. Creo que lo difícil es hablar de las vulnerabilidades y combinarlas con la historia cultural. No es algo que me resulte antinatural, porque llevo años escribiendo sobre mis propias vulnerabilidades. Al mismo tiempo, he desarrollado mejores habilidades de investigación -soy una persona curiosa por naturaleza-, así que suelo profundizar en los temas simplemente siguiendo esa curiosidad.
Pero cuando ambas cosas se combinan, es cuando puede aparecer cierta presión, porque resulta algo inesperado para los lectores. Déjame decirlo de otra manera: cuando trabajas a este nivel de historia cultural, se espera de ti que seas una autoridad, un experto con opiniones sólidas y bien definidas. Y entonces, como narrador, mostrarte inestable, inseguro, ambivalente, en constante descubrimiento, hace que sea más difícil combinar esa posición con el tipo de investigación que realizo.
¿Por qué escribiste este libro? ¿Qué quieres que los lectores se lleven de él?
Cuando concebí el libro, hace ya varios años -la edición en inglés salió en 2021-, vivía en Londres y varios bares gais estaban cerrando. Era un fenómeno que parecía estar produciéndose en distintos lugares del mundo. La cobertura en la prensa generalista era bastante uniforme: "Es una pena, eran espacios seguros, históricamente importantes, lugares de activismo y comunidad. Qué pérdida", decían.
Y creo que, para mí y para otras personas, surgió el deseo de cuestionar esa idea hasta cierto punto, porque, aunque todo eso es cierto en distintos grados, y han sido espacios fundamentales de cambio cultural y social, pero también han sido lugares de alienación. Han sido espacios excluyentes. Y han sido lugares donde una persona joven -mi yo más joven- se debatía entre un sentimiento de pertenencia y otro de desconexión.
Me parecía que ahí había algo en lo que pensar, algo menos claro que esa narrativa ordenada de que representaban una cosa y ahora simplemente están desapareciendo. Más bien, quería escribir sobre la complejidad de estar en esos espacios cuando ya has cruzado la puerta, cuando te han dejado entrar y, en teoría, ya perteneces. Pero entonces, ¿qué haces con esa sensación de "aquí es donde perteneces" y, al mismo tiempo, sentirte inseguro dentro de esa experiencia?
¿Qué significan los bares gais para la comunidad? ¿Por qué son tan importantes y necesarios?
Creo que han sido necesarios por una cuestión de seguridad, aunque precisamente por eso también se convierten en un objetivo. Una de las cosas de las que hablo con bastante franqueza en el libro —y que quizá sorprendió a algunos lectores cuando se publicó— es que también son parte del descubrimiento sexual. Muchas de mis salidas en el libro están motivadas por el deseo y la atracción.
No quería suavizar eso, porque ha habido cierta tendencia a contener este tipo de experiencias en favor de una política de respetabilidad. Por eso en el libro suelo contrastar distintos espacios. Por ejemplo, en San Francisco está Twin Peaks, con sus grandes ventanales, donde tanto la gestión como la clientela se autocensuraban para no mostrar comportamientos sexuales ni siquiera coqueteo, con el fin de proyectar una imagen de “dignidad” hacia la calle. En contraste, está el club subterráneo de fisting, The Catacombs, que, aunque era un espacio de transgresión corporal, también lo era de calidez y convivencia.
Desde mi perspectiva, el sentido de comunidad que surge en estos lugares puede ser fugaz, momentáneo, incluso distinto de lo que uno esperaba. No siempre nace de la búsqueda de comunidad en sí, sino del deseo en general, y a partir de ahí pueden surgir todo tipo de formas de comunidad.

¿Eran mejores los bares gais en un pasado no tan lejano que ahora?
No, en absoluto. Siempre han sido espacios problemáticos. Recuerdo que fui a un programa de radio cuando se publicó el libro y hablé de un club en Los Angeles, de mi experiencia allí y también de cómo había sido en los años 70, antes de que pudiera conocerlo. Entonces se describía como un lugar de liberación, camaradería y euforia en la pista de baile.
Pero también tenía políticas de acceso excluyentes que dejaban fuera a mujeres, personas trans y personas racializadas. De hecho, se le acusaba de aplicar normas profundamente racistas, como exigir múltiples formas de documentación a personas racializadas, creando en la práctica una barrera casi imposible de superar.
Así que estos espacios siempre han sido complejos. No son solo refugios seguros frente a los problemas de la sociedad, sino que también pueden reflejarlos. En aquel programa de radio solo emitieron la primera parte -cuando hablaba de la camaradería y la alegría- y eliminaron todo lo referente a esas políticas de acceso problemáticas y a cómo se llega siquiera a esa pista de baile.
Y eso es algo que se repite. Creo que, si tengo un proyecto general como escritor, es precisamente mostrar también el desorden y las contradicciones, no quedarme solo con la parte complaciente del tema.
Ahora hay aplicaciones para conocer gente y redes sociales. ¿Crees que estas plataformas están perjudicando de alguna manera a los bares gais?
Sí, creo que hasta cierto punto, y lo digo sin juzgar, todas estas plataformas y aplicaciones nos empujan a convertirnos en mercancías, a reducirnos a rasgos que creemos que son deseables. Así, las conexiones se establecen a partir de esas autopresentaciones y de las expectativas que los demás construyen en torno a ellas.
Lo que intento capturar en el libro es otra experiencia: la de estar en esos espacios rozándote con otras personas, la serendipia de entablar amistad con alguien inesperado, la posibilidad de que alguien te haga cambiar de opinión. Que alguien no sea necesariamente tu tipo, pero ocurra algo, como que te rías del mismo chiste o conectéis de una forma imprevista o que no estaba planificada.
Por eso me resulta llamativo esa sensación de que la gente está desconectada incluso cuando está en esos espacios y prefiere usar apps o entrar en las redes, porque precisamente lo que yo quería capturar en el libro es qué puede ocurrir cuando te entregas a la posibilidad de los encuentros fortuitos.
¿Los bares y espacios LGBT se centran demasiado en los hombres gais y no lo suficiente en el resto de la comunidad?
Para mí era muy importante escribir sobre espacios que no fueran necesariamente ideales. De hecho, el primer capítulo del libro se desarrolla en gran parte en un club sexual solo para hombres. Y, como decía antes, quería que el lector me acompañara en esa experiencia de ir a un lugar al que se me permite acceder, al que se me deja pasar. Entonces, ¿qué ocurre cuando se trata de un espacio en el que, en teoría, deberías encajar, pero no estás seguro de hacerlo? Ese conflicto no existiría si solo escribiera sobre espacios que representan la mejor versión posible de la inclusión, y esa tensión era importante para el libro.
No puedo hablar con propiedad de lo que ocurre en lugares concretos como por ejemplo en Madrid, no puedo pronunciarme sobre lo que sucede en los clubes de Madrid, pero sí diría que soy consciente de la aparición de espacios cada vez más inclusivos que ponen el foco en personas que han sido históricamente marginadas: personas racializadas, personas trans o no normativas en términos de género. Y eso solo puede ser positivo. Es algo estupendo y me alegra ver que la gente joven encuentra formas de conectar más allá de las categorías de identidad. Creo que la solidaridad es, en cierto modo, todo lo que tenemos. Aun así, para el libro era importante situarme también en espacios menos cómodos y más problemáticos.

¿Has notado diferencias entre los bares gais de Estados Unidos y los de Europa?
Sí y no. Creo que hay un poco de ambas cosas. Muchos de los lugares a los que suelo ir en San Francisco, Nueva York o Los Angeles son bastante descuidados, con una cierta crudeza o aire más terrenal. Pero también existe una especie de monocultura en ciertos tipos de bares, lo que yo llamo el bar chichi, muy diseñado, muy céntrico, con apariencia cara y quizás un poco hortera. Ese tipo de bar tiene algo de universal entre distintas ciudades y países.
Pero ahí surge un dilema, porque esa uniformidad puede utilizarse en contra de la comunidad gay o queer. Puede percibirse como si fuéramos una especie invasora, como si fuéramos turistas o colonizadores en esos barrios. Por ejemplo, en Londres hay bares que se llaman The Village, en referencia a Greenwich Village en Nueva York, o en Manchester había uno llamado New York, New York. Hay una especie de cosmopolitismo que parece flotar por encima del lugar real, y esa percepción puede instrumentalizarse para presentar a las personas queer como eternas outsiders, ajenas a la geografía local.
Por eso me interesa especialmente cuando un espacio está realmente arraigado en el lugar donde se encuentra, y no puedo hablar específicamente de Madrid porque no lo conozco tanto, porque eso puede ser muy positivo a la hora de conectar con personas de distintas identidades.
En el libro hablo también de Blackpool, una ciudad cuyos bares, aunque caóticos, algo ingobernables e incluso un poco extraños, representan un espacio para todo tipo de personas, en su mayoría de clase trabajadora. Algunos abren temprano por la mañana y ofrecen refugio a quienes no tienen a dónde ir, donde pueden tomar café y estar a cubierto. Ir allí y vivirlo fue una verdadera sorpresa. Me hizo ver lo amplia que puede ser la definición de un bar gay dentro de una comunidad.
En el libro hablas de tu experiencia en España. Visitaste Madrid, Barcelona y Granada y conociste su vida nocturna. No sé si has estado en más ciudades o solo en esas tres...
Desde entonces sí, he visitado más, aunque elegí estos lugares para que aparecieran en el libro como hice con el resto de ciudades o bares. Estas ciudades entraban si allí había ocurrido algo inesperado. Si el encuentro, ya fuera algo mágico, como la sensación de enamorarse, o decepcionante, como perder una erección, o incómodo, porque la persona con la que interactúas parece estar en otra sintonía, generaba algún tipo de fricción… No tanto un conflicto, sino más bien una especie de chispa, una sensación de ser casi expulsado de tu propia percepción y de quedar un poco sacudido por el encuentro con otra persona.
Por eso creo que las experiencias en Madrid, Barcelona o Granada no son tanto retratos culturales como descripciones de interacciones concretas. Y, de hecho, es curioso, porque el libro se ha traducido al italiano, al francés y ahora al español, y creo que al principio mucha gente esperaba que fuera algo parecido a una guía turística, una especie de recorrido por la vida nocturna gay en distintas ciudades. Pero esa expectativa cambia cuando empiezas a darte cuenta de que es más bien una experiencia muy íntima sobre una persona, luego un grupo de personas y, poco a poco, más gente que forma parte de una especie de constelación sobre lo que sucede cuando estamos juntos en estos espacios.
En Gay Bar abordas la idea de liberarse de la identidad gay. ¿A qué te refieres exactamente?
Para mí, estas ideas están en constante evolución. Algo que considero muy importante en mi escritura es que la identidad no es solo una cuestión de autodeterminación, sino también una posición que ha sido construida socialmente. Es decir, me interesa mucho el pensamiento budista, que plantea una renuncia total a la idea de un yo fijo. Pero, en nuestras interacciones sociales, no podemos ignorar que existen estructuras y categorías que condicionan nuestra vida.
No todos tenemos el mismo acceso a derechos, nuestras libertades pueden ser frágiles y, en los peores casos, en ciertos lugares esto puede llevar a que seas detenido o incluso que te ejecuten. Por tanto, la identidad no puede negarse en la medida en que también se define desde fuera. Y creo que hay una tensión constante entre intentar escribir hacia alguna forma de universalidad y, al mismo tiempo, ser plenamente consciente de la posición concreta que ocupas en función de quién eres y de cómo has vivido tu vida.

En el libro hablas de tu relación con tu pareja, Famous. ¿Cómo vivisteis la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en Estados Unidos?
Mi segundo libro, Deep House, trata precisamente de nuestra relación y de ese conflicto. Para nosotros, el matrimonio no era un principio al que aspiráramos, sino más bien el mecanismo más viable para poder estar juntos debido a que él es británico y yo estadounidense. De hecho, si revisas la historia del movimiento por la igualdad matrimonial, hay casos, pienso en uno en particular en California, que fue el primero en buscar el reconocimiento federal de una licencia de matrimonio entre dos hombres, y estaba motivado por el hecho de que uno de ellos era australiano y necesitaban una forma de poder estar juntos.
Creo que esa intersección no se había tratado demasiado. Y escribí Deep House también porque no estábamos solos. Había unas 30.000 parejas binacionales viviendo en Estados Unidos cuando él residía allí como inmigrante sin papeles, perdón, como residente sin documentación. Y creo que eso tiene que ver con que, cuando estás en una situación precaria, en la que no puedes permitirte exponerte, parte de esa experiencia implica también una cierta invisibilidad. Por eso me interesaba tanto escribir ese libro. Sentía que esa era una historia poco contada, esa confluencia entre matrimonio e inmigración.
Me llamó la atención cuando en el libro hablas del movimiento Gay Shame, que se posicionaba en contra del matrimonio igualitario. Famous y tú estabais de acuerdo con muchos de sus pensamientos, pero no podíais concordar con eso...
Sí, creo que eso es algo con lo que otros lectores pueden identificarse. Esta idea de que no siempre somos capaces de situarnos con claridad. Los desafíos a los que nos enfrentamos nos mantienen en un estado constante de confusión, a veces de miedo, y con muchos sentimientos contradictorios. Y cuando entras en un contexto donde existe un manifiesto político bastante firme, intentas entender cómo encajar en él, también por una cuestión de bienestar personal, de ver hasta qué punto se aplica a ti. Por eso creo que hay lectores que se reconocen en ese lugar del que parto, de esa sensación de estar constantemente perdido, pasando de un entorno a otro, siempre un poco confundido sobre dónde perteneces.
Además, en aquel momento, aunque no hace tanto tiempo, no había tanto acceso a la información en internet. Así que recibías la información a través de los medios o de otras personas. Y supongo que por eso, cuando hace poco estaba en Nueva York promocionando el nuevo libro y visitando librerías, me comentaban que Gay Bar sigue vendiéndose, porque se ha convertido en un imprescindible en muchas librerías independientes.
Y mi impresión es que no se debe a que sea una historia cultural perfecta o exhaustiva sobre los bares gais, sino a que conecta esa narrativa de deseo, ambivalencia y búsqueda constante de una forma de estar junto a otros, que es algo con lo que mucha gente puede sentirse identificada.
Cuando se celebra el Orgullo, a menudo hay quien aprovecha para lo que se llama el pinkwashing. ¿Cuál es tu opinión sobre este fenómeno?
Es una pena. No creo que esté ocurriendo tanto ahora mismo en el contexto británico y estadounidense, que es el que mejor conozco, porque es donde vivo y he vivido, pero sí se percibe una retirada de apoyo institucional bajo las administraciones actuales. No sé cómo está cambiando esto en España, pero hay un recorte de financiación. Eso demuestra que, en cierta medida, ese apoyo siempre fue algo oportunista, una forma de alianza que dependía de las circunstancias. Y creo que esa retirada puede servir para que la gente se dé cuenta de que ese no es un respaldo en el que se pueda confiar plenamente. Tiene que existir algo más sólido entre las propias personas, más allá de las corporaciones.
Es un tema complejo. Dentro del sistema capitalista también se han producido avances, como los boicots a empresas homófobas, por ejemplo. Así que hay progresos dentro de ese marco, pero al mismo tiempo es ese mismo sistema el que ha generado muchos de los problemas en primer lugar.
¿Por qué sigue siendo importante celebrar el Orgullo hoy en día?
No debemos dar por sentados los avances. Quienes hemos experimentado cierto progreso, por ejemplo, en mi caso, ser parte de una pareja binacional con acceso al matrimonio igualitario, no podemos simplemente retirar la escalera después de haberla usado. Es decir, no podemos impedir que los demás alcancen lo que nosotros ya hemos logrado.
Y creo que la razón por la que sigue siendo importante celebrar el Orgullo es porque siempre hay personas que son utilizadas como chivos expiatorios. Eso va a continuar y de hecho está ocurriendo con las personas trans o sin papeles. También es importante cuestionar la idea de que estas categorías son independientes entre sí, como si no se cruzaran. Muchas personas habitan varias de ellas al mismo tiempo. Pueden ser racializadas, no normativas en cuanto al género, migrantes… Por eso es fundamental la solidaridad con quienes son señalados como chivos expiatorios y reconocer que muchas personas sufren formas de marginación múltiples y simultáneas.
