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Manuela, la perfumista capaz de distinguir 1.200 aromas de memoria: "Igual que un artista mezcla colores, yo mezclo olores"

Manuela, la perfumista capaz de distinguir 1.200 aromas de memoria: "Igual que un artista mezcla colores, yo mezclo olores"

Para proteger su herramienta principal —el olfato—, cuenta con algunos trucos.

Una perfumista en una imagen de archivo
Una perfumista en una imagen de archivoYagello Oleksandra- Getty Images

Antes de que una camiseta huela a “recién lavada” o un suavizante prometa notas florales, alguien ha pasado horas —a veces semanas— trabajando para ello. Ese alguien es Manuela Materne, perfumista industrial. Su trabajo no se vende en frascos de cristal ni lleva firma, pero está presente en detergentes, champús y productos de limpieza que millones de personas usan a diario, tal y como cuenta en una entrevista con el diario alemán Spiegel.

En su mesa no hay pinceles ni lienzos, sino pequeños frascos, tiras de papel y una pantalla llena de fórmulas, según cuenta. Para ello, Manuela acerca una tira impregnada a la nariz, respira hondo y toma nota. Y es que, tal y como dice, en el mundo de los aromas, cada fragancia se construye en capas: una primera impresión que aparece y se va rápido, un corazón que define el carácter y una base que permanece durante horas.

Ahora trabaja en un detergente nuevo. El líquido será naranja, así que el olor debe acompañar: cálido, afrutado, acogedor. Empieza por notas frescas como cítricos o melocotón, introduce matices florales y remata con vainilla para suavizar el conjunto. El resultado no surge de la improvisación: puede incluir más de cien ingredientes distintos, naturales y sintéticos. “Igual que un artista mezcla colores, yo mezclo olores”, resume.

Para inspirarse, Manuela recurre a su biblioteca personal: más de 1.200 fragancias ordenadas en estanterías. Algunas proceden directamente de flores, frutas o especias; otras han sido creadas en laboratorio. Huele dos aceites de naranja de distintos orígenes, compara, decide. La elección final se traduce en una fórmula digital que un robot se encarga de preparar. Un par de horas después, la muestra vuelve a sus manos.

El trabajo no es solitario. En su equipo hay otros perfumistas y cada uno presenta su versión cuando se busca una nueva fragancia. No gana quien tenga más experiencia, sino la propuesta que mejor encaje. A veces, tras semanas de ajustes, el proyecto se descarta. Forma parte del proceso.

Para proteger su herramienta principal —el olfato—, Manuela sigue rutinas estrictas. Empieza el día con aromas suaves y deja los más intensos para la tarde. Sale a tomar aire o neutraliza la nariz con un gesto sencillo: olerse el codo. El descanso total no existe; el sentido del olfato nunca se apaga, ni siquiera en vacaciones. Incluso los malos olores le interesan: pueden servir para reforzar otros aromas.

Convertirse en perfumista no es sencillo. No existe una carrera universitaria específica. La mayoría llega desde la química, la farmacia o el trabajo de laboratorio, y luego pasa años entrenando la nariz y aprendiendo a combinar sustancias. En Alemania apenas hay medio centenar de profesionales. A nivel mundial, se cuentan por miles, no por millones.

Además de creatividad, el trabajo exige paciencia. Muchas sustancias están reguladas o directamente prohibidas, lo que obliga a recrear fragancias completas con nuevos ingredientes. Antes de llegar al mercado, cada aroma se prueba en condiciones reales: lavadoras, lavavajillas, tejidos que se vuelven a oler días después para comprobar si el perfume resiste el tiempo. Manuela lleva tres décadas en este oficio y según asegura ha participado en más de un centenar de productos y los recuerda todos.