Laura Piré, nutricionista: "No hay que pasar hambre por el último que llega a comer o a cenar"
"Lo importante es la mesa como punto de encuentro, no la cantidad de comida que haya en cada plato".
Sentarse juntos a la mesa es, desde hace generaciones, uno de los pilares de la vida familiar. Compartir una comida o una cena permite conversar, ponerse al día, detectar estados de ánimo y reforzar los vínculos. Más que un simple acto cotidiano, se convierte en un ritual que sostiene la convivencia y fortalece la conexión entre los miembros de la familia.
Sin embargo, esta práctica tan recomendada puede convertirse en un problema cuando obliga a algunos miembros de la familia a alterar sus rutinas alimentarias o a pasar hambre durante horas. Así lo explica en El Comercio la nutricionista Laura Piré, que ha puesto el foco en una situación muy común en consulta. Se trata de esperar al último que llega para comer o cenar, aun cuando el hambre aprieta desde mucho antes al resto de integrantes.
“No hay que pasar hambre esperando por el último que llega para comer en familia; se puede compartir perfectamente la mesa con un postre", resume la especialista, que propone revisar una norma social muy arraigada pero poco adaptada a los ritmos actuales.
El problema de los horarios desiguales
En muchas casas, los horarios laborales, escolares o de actividades hacen casi imposible que todos lleguen a la mesa al mismo tiempo. Aun así, se mantiene la idea de que “hay que esperar” para comer juntos. El resultado, según explica Piré, es que siempre sale perdiendo la persona que llega antes y debe aguantar el hambre, picando sin control o cenando varias veces.
“La frase que más escucho es: ‘Si pudiera cenar nada más llegar a casa, estaría mucho mejor de peso y podría respetar mi plan de comidas’”, señala la nutricionista. En estos casos, la espera suele traducirse en tentempiés improvisados, exceso de picoteo o incluso una doble cena: una pequeña para sobrevivir y otra “oficial” cuando llega el resto de la familia.
Comer juntos
Laura Piré insiste en que el problema no es compartir la mesa, sino confundir convivencia con sacrificio. Comer en familia no debería implicar ignorar las señales de hambre del cuerpo ni desorganizar la alimentación diaria. “La costumbre está tan arraigada que pueden existir discusiones por no respetar esta norma o miedo a plantear la posibilidad de hacerlo de otro modo.”, apunta.
La experta propone un cambio de enfoque sencillo: que cada persona coma cuando lo necesite y que la mesa siga siendo un espacio de encuentro, aunque no todos estén cenando un plato completo. “Se puede compartir perfectamente ese rato con una fruta, un postre, una infusión o un café”, explica. De este modo, se mantiene la conversación, el vínculo y la rutina familiar sin obligar a nadie a pasar hambre.
Adaptar los horarios no significa renunciar a los momentos juntos, sino transformarlos. Para Piré, crear nuevos rituales familiares puede ser incluso más satisfactorio que seguir normas rígidas que ya no encajan con el estilo de vida actual. “Lo importante es la mesa como punto de encuentro, no la cantidad de comida que haya en cada plato”, subraya.