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13/09/2012 04:34 CEST | Actualizado 06/12/2017 23:01 CET

El capital

No es difícil leer o escuchar en los medios de comunicación sobre las necesidades de capital del sistema financiero español, especialmente porque su fortalecimiento ha sido uno de los puntos clave de las sucesivas reformas financieras que hemos ido conociendo a lo largo de estos años. Pero... ¿qué es el capital?

No es difícil leer o escuchar en los medios de comunicación sobre las necesidades de capital del sistema financiero español, especialmente porque su fortalecimiento ha sido uno de los puntos clave de las sucesivas reformas financieras que hemos ido conociendo a lo largo de estos años.

Pero... ¿qué es el capital?

Para ilustrarlo pensemos en el siguiente ejemplo:

Compramos una casa por 200.000 euros y nos encontramos ante dos posibles escenarios:

  • Tenemos ahorros suficientes para financiarla sólo con ellos;
  • No tenemos ahorros suficientes, con lo cual usamos todos los ahorros (50 mil euros) y pedimos un préstamo al banco por la diferencia (150 mil euros).

Si mañana la casa pierde valor y tenemos que venderla por 120.000 euros, en la primera situación, la pérdida de valor de la vivienda la afrontaríamos nosotros (perdemos 80.000 euros de nuestros ahorros). En la segunda situación perderíamos los ahorros (50.000 euros) y el banco se enfrentaría al riesgo de no cobrar.

De igual manera, en cualquier inversión, el capital es la parte que está financiada por el propio dueño. En el caso de una entidad financiera, los préstamos que han otorgado pierden valor cuando hay muchos clientes que no pagan. Igualmente, otras inversiones pueden sufrir pérdidas por una evolución desfavorable del mercado. En ambos casos, el capital actúa como un "colchón", asegurando que los bancos podrán devolver su dinero a los acreedores (especialmente a los depositantes). El gran impacto que puede tener el mal funcionamiento de los bancos sobre la economía lleva a que el regulador (Banco de España) les exija que cumplan con un nivel mínimo de capital, aspecto que no se exige a otras empresas.

Este "colchón" servirá, por tanto, para hacer frente a posibles pérdidas no previstas a causa, fundamentalmente, del deterioro del ciclo económico. Pongamos otro ejemplo: una entidad concede 1.000 préstamos, esperando que por su comportamiento histórico, unos 50 no paguen (lo que en términos financieros se conoce como probabilidad de incumplimiento o "PD"). En sus planes de negocio tendrá prevista esta posible pérdida y la habrá incorporado en su gestión como un "coste" normal de la actividad. Sin embargo, ¿qué ocurriría si en lugar de 50 no pagasen 100? Para hacer frente a este evento no esperado, es necesario ese "colchón" de capital, asegurando así que se podrá pagar las deudas, especialmente las de los depositantes que han dejado su dinero en ellas. El problema surge cuando las pérdidas no esperadas son superiores a ese colchón.

¿Cómo se mide?

A través de ratios que ponen en relación el capital con el riesgo que asume la entidad:

Dependiendo de lo que se considere en el numerador podemos hablar de ratios de más a menos estrictos: capital principal, core capital, Tier I, Tier II o Solvencia total. En el denominador se intenta captar el riesgo de la entidad. Para ello se computan los "activos ponderados por riesgo", que no es más que el resultado de multiplicar cada una de las operaciones que realiza la entidad por una ponderación más elevada mientras mayor es el riesgo. Por ejemplo, si un banco concede un préstamo hipotecario por 100 euros, los activos ponderados por riesgo serán unos 35 euros, pues según la norma este tipo de préstamos pondera en un 35% (menos que un préstamo personal, donde deberían computarse 100, por la garantía que lleva aparejada).

Requerimientos mínimos

Los requerimientos de capital se han ido endureciendo en el último tiempo. La última modificación obliga a las entidades financieras a mantener un nivel de capital principal del 9%. En pocas palabras, el capital principal considera en el numerador sólo los elementos que tienen mayor capacidad de absorción de pérdidas.

Si no existiese los requerimientos mínimos de solvencia ni el FGD probablemente existiría otro modelo en el que los clientes se lo pensaran mucho más antes de dejar su dinero a una entidad financiera puesto que previamente tendrían que garantizar que es solvente.