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21/12/2015 10:31 CET | Actualizado 20/12/2016 11:12 CET

Españoles, el bipartidismo ha muerto

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Foto: EFE/DANIEL OCHOA DE OLZA

Hace dos años, cuando aún barruntábamos la hipótesis Podemos teníamos clara una cosa: había que transformar la indignación en cambio político, y ese cambio pasaba, necesariamente, por enterrar el bipartidismo y abrir un nuevo tiempo en el que las luchas sociales de los y las de abajo fueran protagonistas también en las instituciones. Algo de eso ha pasado en el ciclo electoral que cerraron las elecciones ayer, pero ese cambio ya era una evidencia mucho antes.

Desde el 15M sabíamos que nada volvería a ser lo mismo por mucho que el relato oficial se empeñara en dar la espalda a la realidad. Las elecciones suelen ser un buen ejemplo de la distancia entre realidad y ficción; en la noche electoral casi todos los partidos encuentran diferentes justificaciones para argumentar su victoria o para dar por buenos los resultados. Pero, más allá de los recursos comunicativos, esta histórica jornada electoral nos deja un claro perdedor y un gran vencedor. De un lado, el derrotado bipartidismo como eje central de la política española. Del otro, la irrupción de Podemos y las fuerzas del cambio y la confirmación de su importancia. Anoche, cuando Mariano Rajoy agradecía los resultados a sus seguidores le faltó admitir la verdad más dolorosa: "Españoles, el bipartidismo ha muerto". Tras sus expresiones de "inestabilidad" se encuentra el fin del bipartidismo, de la alternancia política, de un modelo de representación y gestión que ha sido clave en la estabilidad y gobernanza, pero no para nuestra sociedad, sino para un régimen (el Régimen del 78) que ha dado la espalda y traicionado durante más de 30 años a las mayorías. Sólo hace cuatro años los dos principales partidos sumaban el 73,35% de los votos, hoy se han quedado en el 50%.

Desde Podemos siempre hemos sabido que el cambio político, reflejado una vez más en estas elecciones, es inexplicable sin el concurso de un ciclo de movilizaciones populares abierto por el 15M y las Mareas contra la austeridad, los recortes, la estafa de la crisis y la reivindicación de una "democracia real" capaz de impugnar los consensos del Régimen del 78. De esta forma, creo que no sería honesto atribuir el éxito simplemente a un partido que roto el tablero político, ha sido el movimiento real el que ha derogado el orden existente, el que ha generado en base a la movilización y la experiencia colectiva de un sentido común antagónico al austericidio y el recorte de lo público impuesto en Europa.

Parece que en esta campaña pocos contaban con el anhelo de cambio de tantas miles de personas que durante estos años han salido a la calle o se han indignado con los gobiernos y sus políticas injustas. Son ellos y ellas, un "ejército de Pancho Villa", un movimiento popular diverso y multiforme, las que protagonizan una ruptura que primero se gestó en las plazas y ahora se materializa en el parlamento. El filósofo y activista Daniel Bensaid decía que la emancipación no podía ser un placer solitario, la emancipación es colectiva o, simplemente, es otra cosa. Así lo han mostrado los movimientos populares que vienen gestando este cambio, cuya primera vuelta fue en mayo de este año con las principales ciudades del estado pasando a ser gobernadas por candidaturas de unidad popular y que anoche se concretó en una segunda vuelta donde el bipartidsimo saltó por los aires.

Este 20D nos muestra un parlamento fragmentado sí, pero sobre todo, estas elecciones son la expresión electoral de la oportunidad que ha encarnado Podemos junto a una multipolaridad de sujetos políticos (EnComun/Podem, Mareas, Compromis/Podem). Una pluralidad de actores que aumentan la diversidad y riqueza y que indudablemente complejizarán su gestión, lo que hará imprescindible el pacto y el acuerdo entre estas fuerzas del cambio.

La fractura del bipartidismo confirmada con los resultados del 20D; el proceso soberanista catalán; la corrupción como forma de gobierno; la modificación de la constitución con el artículo 135, que ha puesto por encima de los servicios sociales y de nuestras vidas el pago de la deuda; y un ciclo de movilizaciones sociales excepcional; todo ello ha puesto encima de la mesa la necesidad (que ya casi nadie discute) de una superación del marco constitucional construido en la Transición. Sin embargo, lo que está en disputa ahora es si el nuevo acuerdo será un ejercicio de reforma/regeneración entre élites sentenciado por los partidos y reducido a un cambio cosmético o, por el contrario, la ciudadanía podrá ser protagonista de unos procesos constituyentes en donde se pueda decidir de todo y sobre todo, y en donde las clases populares puedan realmente expresar sus anhelos de cambio. En este sentido, muchos defenderemos un acuerdo entre los de abajo para que no se pueda cerrar un proceso por arriba. Además, el cambio no puede limitarse a la "política", sino que la política tiene que servir para cambiar la vida de la gente, combatir y acabar con la explotación, las estructuras económicas y de propiedad, la precariedad, la violencia machista, el ecocidio... Es decir, que el cambio político es el punto de partida, una ventana de oportunidad, para poner muchos temas encima de la mesa e impulsar un cambio que se traduzca en una auténtica revolución social.

En definitiva, estas elecciones abren una nueva etapa política de presente incierto pero apasionante camino en donde tendremos que dilucidar si empezamos una segunda transición o una primera ruptura democrática. Podemos no sólo nació con el objetivo de ganar, sino para ser una herramienta de los y las de abajo. Nos encontramos ante la doble responsabilidad de, por un lado, no caer en el conformismo y, del otro, atrevernos a explorar los contornos inciertos del futuro. Desde luego, se avecinan tiempos interesantes.

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