Teniendo en cuenta que cada persona puede hallar la felicidad en diferentes momentos, ya sea cogiendo una ola, cocinando o paseando con un amigo, ¿cómo es posible que nos vendan la felicidad como algo alcanzable a través de unas pautas generales iguales para todos?
Nuestros pequeños dramas cotidianos arrancan en cosas aparentemente nimias, pero que nos sacan de quicio. Por ejemplo cuando ves con espanto que justo a la hora de esa reunión tan importante es cuando más tráfico hay. O cuando descubres que los dioses del tiempo se han conjurado y llueve a cántaros después de invertir tres horas en la peluquería.
Las dudas y la confusión son habituales a la hora de tomar una decisión. ¿Cuál es la causa de ello? Evidentemente hay miedo a equivocarse y sufrir las consecuencias que aumenta cuando la decisión involucra cuestiones trascendentes en la vida: los seres queridos y los amigos, la salud o los medios de vida. La vida es un camino de aprendizaje y la toma de decisiones es una parte fundamental de ese aprendizaje.
¿Cómo explicar esta ansiosa búsqueda de la felicidad? Una de las principales causas debe atribuirse a los Estados Unidos y su particular concepción optimista de la vida. En efecto, todo comenzó con su Constitución, en cuyo preámbulo se recoge el derecho a la búsqueda de felicidad.
Pronto caí en la cuenta que lo único que había roto mi rutina habitual había sido el viejo Quijote de mi padre ¿La nostalgia actuaba como tónico? ¿Me sentía identificado con un hidalgo cincuentón y fracasado que decidía cambiar su vida? Decidí no darle muchas vueltas y antes de dormir me puse a leer el segundo capítulo, aquel que narra la primera salida de Don Quijote de su pueblo en busca de aventuras.
Cuando nos obsesionamos con algo nos parece imposible dejar de darle vueltas al mismo asunto. No vemos nada más, el mundo se vuelve pequeño y estrecho, a la vez que nuestra mente gira en círculos absurdos alrededor de un tema, idea o persona. A veces la obsesión se convierte en una barrera psicológica que impide modificar los aspectos de nuestra vida que necesitan ser reparados.
Mi llegada a Biografía del silencio, de Pablo d'Ors, no puede ser más antitética con lo que el propio autor proclama. Leo una entrevista con él e inmediatamente voy a Amazon y compro la versión electrónica del libro. Sucumbo al deseo compulsivo y a la gratificación inmediata, cosas que, implícitamente, d'Ors rechaza.
Según los sesudos estudios de varias universidades que se dedican a investigar sobre temas inútiles, el 40% de las personas que intenten ponerse a cambiar hábitos con la llegada del nuevo curso fracasará miserablemente en sus intenciones antes de acabar el primer mes y solo el 8% persistirá en alguna de sus intenciones un año después de habérselos propuesto.
Nos hemos vuelto tan vagos que o nos dan la información ya masticada o digerida o no nos enteramos de nada. Somos como los estudiantes que se aprenden las asignaturas haciendo chuletas en un folio, en un boli o en la funda de las gafas: necesitamos esquemas que no nos hagan perder el tiempo, que nos condensen la información indispensable.
Tú vales por lo que eres, no por quien te quiera o te odie. No le podemos gustar a todo el mundo ni podemos conseguir que alguien nos quiera por mucho que creamos que sea el amor de nuestra vida. Los amores acaban, aunque su final nos duela. Tú eres una persona especial, con ganas de amar y capacidad de amar.
Tenemos que eliminar el miedo que existe al fracaso, y dejar de considerar las marcas que deja como algo negativo. Conseguiremos una sociedad con un mayor número de personas preparadas para hacer frente a mayores retos. Es algo imprescindible en un sociedad de cambios veloces y complejos.
Con la edad nuestros defectos y virtudes se acentúan. El proceso es gradual pero va cogiendo velocidad según vamos acercándonos a los cincuenta. Cuando nos queremos dar cuenta estamos rodeados de caricaturas de lo que solían ser nuestros amigos cuando éramos jóvenes y guapos.
Descubrí que hay un montón de gente como yo, jóvenes, con energía, intensos, pero frustrados con el status quo y un poco asustados por nuestras perspectivas de futuro. No podía esperar a que la felicidad y la satisfacción me encontrasen; tenía que crearlas yo mismo.
No existe esa vida rosa que nos inculcaron de pequeños en los cuentos que acaban con final feliz. Existe la vida que tú deseas construir, esa de la que te responsabilizas, esa vida en la que, a pesar de las circunstancias y la adversidad, tú te empeñas en ser feliz.
En el pueblo o pequeña ciudad, las dudas de crianza o incluso de salud elemental eran resueltas por la madre, por la abuela, por la conversación en tertulia. Era la tribu la que criaba. La madre sola ante tal diagnóstico busca información. Entonces, vuelve a aparecer internet.