Un agente israelí mató a su supuesto agresor y a otro hombre, ambos jordanos, y ahora el Gobierno de Tel Aviv se niega a que declare por tener inmunidad diplomática.
Las fuerzas de seguridad de Jordania actúan como un cirujano que busca la mejor manera de extirpar un tumor maligno sin tocar otras partes del cuerpo y sin causar problemas a largo plazo. Igual que un padre miraría a su hijo delincuente, el Estado mira a los terroristas potenciales como a hijos extraviados que necesitan más disciplina que castigo.
La semana pasada en el campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, conocí a una niña siria que me dijo que quería ser intérprete. Conocí a un niño que estaba deseando volver al colegio. Me conmovió ver cómo se aferraban a sus sueños. Hoy en día, el número de sueños de ese tipo asciende a millones.
Los conflictos por el agua o que tienen el agua como arma de ataque son demasiado frecuentes en República Centroafricana, donde durante la guerra se cegaron y contaminaron pozos y se destruyeron las frágiles canalizaciones. La falta de agua afecta sobre todo a las mujeres y las niñas, que tienen que desplazarse más lejos poniendo en riesgo su seguridad y perdiendo horas para formarse o generar un ingreso.
La atención suscitada por las personas refugiadas en las últimas semanas puede llevarnos a pensar que se trate de un fenómeno novedoso que tiene a Europa como protagonista. Sin embargo, los hechos demuestran que sólo nos encontramos ante una realidad provocada por conflictos que se cuentan por décadas, y que sobre todo afectan a otros países.