Carney desmonta a Trump en Davos
La cumbre pivota sobre la caprichosa exigencia de dominio sobre la isla de Groenlandia por parte del presidente de Estados Unidos.

Occidente tiene en la actualidad un problema seriamente enquistado en sus carnes, que es la guerra de Ucrania, que comenzó el 24 de febrero de 2022, por lo que bien puede hablarse ya, cuatro años después, de una guerra enquistada, que se alarga indefinidamente porque -entre otras razones- la derrota es inaceptable para ambas partes. Si Putin se saliera con la suya, Europa habría de enfrentarse con un gravísimo problema de inseguridad, agravada por la frívola actitud de Trump, quien niega en la práctica el valor de las trascendentales alianzas que crean supuestamente vínculos de solidaridad garantizados por las grandes democracias.
Sin embargo, la cumbre anual de Davos, que está teniendo lugar en la localidad suiza, y a la que acude Trump, no se refiere esta vez a la dramática sangría ucraniana: pivota no sobre el problema central de la guerra en Europa, ni siquiera sobre la devastación de Gaza y el genocidio pendiente de depurar en Palestina, sino sobre la caprichosa exigencia de dominio sobre la isla de Groenlandia que, en un rapto de aparente senilidad, plantea Trump, como si tuviera la prerrogativa de la arbitrariedad que han lucido en la historia los dictadores más eficientes.
El repulsivo magnate, no satisfecho con una exigencia tan impropia, ha acudido también a la amenaza. Los países que han enviado contingentes simbólicos de soldados para mostrar su apoyo a Dinamarca, el país europeo que ostenta la soberanía sobre la isla, están siendo castigados con el anuncio de elevados aranceles. El gesto se asemeja al del anticuado maestro de escuela que, para zanjar un incidente, coloca a los alumnos díscolos de pie y cara a la pared. En la ocasión que nos ocupa, el término "intolerable", usado por diversos líderes occidentales pero no por la presidenta de la Comisión Europea, resulta incluso insuficiente.
El primer ministro de Canadá -un país que también es ambicionado por Trump, aunque con menor intensidad (todavía)-, el liberal Mark Carney, pronunció en Davos este martes un discurso magnífico, que ha sido jaleado por los progresistas europeos.
Invocando a Havel y la "vida en la mentira" que han practicado muchos países que durante décadas prosperaron en un orden global que fue beneficioso para ellos y algunos otros, pero cuyas reglas se aplicaban de forma asimétrica y nunca ataban a los más poderosos, el canadiense afirmó que hoy debemos reaccionar y someternos a un baño de realismo.
La hegemonía de los fuertes -ha dicho Carney- es a menudo presentada como inevitable. "Hay una tendencia a apaciguar, a evitar problemas. Es un error", ha observado Carney. Ahora que es evidente la voluntad de subyugación, y que la misma integración es convertida en arma para avasallar, el primer ministro de Canadá argumenta que hay que reaccionar de forma cooperativa. Buscar autonomía estratégica es lo normal. "Si la ley no te protege, hay que dotarse de protección (…) Además de la fuerza de los valores, hay que fijarse en el valor de la fuerza". Pero esa fuerza, esa autonomía, solo puede ser realmente eficaz a través de una cooperación.
Según Andrea Rizzi, el corresponsal de El País que estuvo presente en aquella intervención, "Carney abogó con fuerza por la construcción de geometrías variables, por coaliciones de países que se junten para perseguir objetivos comunes en distintos ámbitos, compartir esfuerzos, recursos o estándares. 'En algunos casos estas coaliciones podrían representar una amplia mayoría del mundo'. El político liberal canadiense, que antes dirigió los bancos centrales de Inglaterra y de su país, animó a abandonar la ficción de una soberanía que es en realidad una subordinación, y pronunció un rotundo rechazo de los aranceles que Trump pretende imponer a los países que respaldan la soberanía de Groenlandia. Volvió a mencionar, como en días pasados, el inquebrantable apego de Canadá al Artículo 5 de la OTAN, una referencia que puede leerse como una disposición a ayudar a Dinamarca en caso de ataque por Estados Unidos, que ambiciona la isla de Groenlandia. El discurso de Carney fue recibido con una inusual ovación de un público en pie en el auditorio principal del centro de congresos de Davos".
Evidentemente, si Trump no fuera receptivo a la muy relevante negativa de Europa -y de otros ámbitos- a su ambición de anexionarse Groenlandia, Bruselas debería declarar a USA la guerra comercial, recurriendo a la única "arma" que en este momento podría torcer la voluntad de Washington. Es poco probable que el establishment norteamericano, el único ente que podría hacer variar a Trump de opinión, consienta este dislate, pero la UE debe anotar en relieve este oscuro episodio: como sugiere Carney, la Alianza Atlántica se vuelve inútil cuando la gran potencia que la sostiene se vuelve contra el resto de sus socios; y eso obliga a la UE a embarcarse en una defensa autónoma, dotada de un poder militar defensivo que respalde nuestra autoridad en el mundo.
El militarismo, entendido como beligerancia dispuesta a reemplazar la diplomacia por misiles, es abominable. Pero la capacidad de defenderse, de generar movimientos federalizantes para responder colectivamente a toda clase de amenazas, es plenamente legítima, sobre todo cuando la OTAN es un guiñapo por la deslealtad de EE.UU. y la ONU profundiza su insondable inanidad.
