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Corrupción de mayores

Corrupción de mayores

La sentencia del caso Mascarillas nos ha puesto ante la necesidad de crear una nueva figura penal que pueda ser aplicada a delitos como los aquí juzgados.

MADRID, SPAIN - JULY 22: Congressman Jose Luis Abalos during an extraordinary plenary session, at the Congress of Deputies, on 22 July, 2025 in Madrid, Spain. The Congress closes this Tuesday, July 22, the parliamentary course debating in an extraordinary plenary session the validation of three decree laws, the amendments to other three laws coming from the Senate and two reforms of the Regulations of the Congress, promoted by PSOE and Sumar. The last plenary session before the summer will also be marked by corruption cases after the imputation of the former Minister of Finance of the PP Cristobal Montoro for an alleged corrupt scheme that would have benefited gas companies. (Photo By Eduardo Parra/Europa Press via Getty Images)
José Luis Ábalos, en el Congreso en julio de 2025.Eduardo Parra/Europa Press via Getty Images

La sentencia del Caso Mascarillas nos ha puesto ante la necesidad de crear una nueva figura penal que pueda ser aplicada a delitos como los aquí juzgados: ¡la corrupción de mayores! De mayores de edad. De muy mayores de edad. Por ejemplo, de sesenta y seis años. La larga y florida historia de la corrupción política en España había conseguido que a todos nos resultara familiar el sustantivo "corrupto", aplicado a los delincuentes que se lucran robando dinero de la ciudadanía en contratos, concesiones, recalificaciones, adjudicaciones... con la participación del Estado. Pero el mazazo de los veinticuatro años obligó a sofisticar la retórica de los argumentarios, y hemos pasado la semana oyendo una nueva distinción "corruptor/corrompido" que hasta ahora sólo usábamos en otro ámbito.

Concretamente, en el ámbito de la corrupción de menores. En este caso siempre se realizó dicha distinción. Ante las acciones encaminadas a conseguir la participación de menores en actividades sexuales, o el uso de menores en pornografía infantil, o la facilitación de la prostitución o la explotación sexual de menores, el legislador siempre diferenció al adulto que realizaba el delito y al menor que lo sufría, al agente y al paciente, al agresor y al agredido. En una palabra —en dos—, al corruptor y al corrompido. ¿Tiene sentido aplicar también esta distinción a la pareja Aldama/Ábalos? Gramaticalmente, sí. ¿Y jurídicamente? ¿Basta el aspecto gramatical de la distinción entre el sujeto y el objeto de un verbo para forzar a que el ordenamiento juridico también reserve figuras penales diferentes a uno y otro?

Pues no, ni de coña. En la corrupción de menores la desigualdad que existe entre el adulto abusador y la joven víctima es de dimensiones tan galácticas que referirse a ambos como "corruptos" seria un sarcasmo de una vileza insoportable. El participio pasivo que es "corrompido" no se justifica sólo por no ser el agente de la acción, sino por la obvia fuerza, prevalencia y violenta superioridad con la que se impone el corruptor. La víctima carece de toda responsabilidad, y buena parte de la maldad del delito consiste en convertirla en un mero objeto deshumanizado. ¿En serio ésta es la situación en la que se vio envuelto Ábalos? ¿En serio Aldama le convirtió en un objeto deshumanizado? ¿En serio el empresario se impuso con fuerza y superioridad usando en su ventaja dicha desigualdad?

Conocíamos la corrupción de menores. Ahora conocenos la corrupción de mayores. Y aun así, cualquier persona con ojos en la cara de Oscar Puente apreciará notables diferencias entre José Luis Ábalos y una menor prostituida. En el juego de connotaciones en el que se ha convertido la política, se afirma que Aldama ha sido el corruptor y Ábalos, el corrompido, para sugerir que uno fue el criminal de la trama y el otro, su víctima. Pero no fue así: ambos se usaron mutuamente para sus fines mezquinos, ambos fueron responsables de sus actos, ambos fueron por igual sujetos agentes del delito. Cada uno fue el corruptor del otro y fue corrompido por el otro. Iguales en todo, salvo en algo fundamental: uno obró desde un cargo público elegido por los españoles y el otro, no.

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Licenciado en Filosofía y doctor en Psicología. Es profesor titular de Psicología Clínica de la Universidad de Oviedo desde antes de que nacieran sus alumnos actuales, lo que le causa mucho desasosiego. Durante las últimas décadas ha publicado varias docenas de artículos científicos en revistas nacionales e internacionales sobre psicología, siendo sus temas más trabajados la conformación del yo en la ciudad actual y la dinámica de las emociones desde una perspectiva contextualista. Bajo la firma de Antonio Rico, ha publicado varios miles de columnas de crítica sobre televisión, cine, música y cosas así en los periódicos del grupo Prensa Ibérica, en publicaciones de 'El Terrat' y en la revista 'Mongolia'.

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