El liderazgo futbolístico español
"Ningún otro acontecimiento festivo o luctuoso sería capaz de promover en este país una concentración tan multitudinaria de ciudadanos".
Mas de dos millones de personas, según cómputos oficiales, salieron este lunes a la calle en Madrid a homenajear a los 26 jugadores y a su entrenador que el domingo consiguieron en Nueva York el Campeonato del mundo, una competición cuatrianual que España ya logró también en 2010. Es evidente, a la luz de la experiencia, que ningún otro acontecimiento festivo o luctuoso sería capaz de promover en este país una concentración tan multitudinaria de ciudadanos, que en un día de calor extraordinario, permanecieron varias horas al sol justiciero de Castilla con el único afán de ver pasar durante unos segundos a un colectivo de muchachos que festejaban a su modo el alarde. Las audiencias cosechadas por las retransmisiones de los partidos y programas de acompañamiento durante más de un mes que ha durado el Campeonato —del 11 de junio al 19 de julio— revelan a las claras la fruición con que se ha digerido el gran acontecimiento, que ha suscitado además una rara unanimidad interclasista: derechas e izquierdas, ricos y pobres, han apoyado a la selección española de fútbol, a pesar de los conflictos administrativos y gerenciales que los órganos deportivos han provocado en los últimos años con gran escándalo mediático de por medio.
El campeonato del mundo de Fútbol de la FIFA (en francés: Fédération Internationale de Football Association), tiene, como es obvio, más relevancia política y social que deportiva. Fue fundado en 1930 por iniciativa del dirigente francés Jules Rimet. Desde entonces, se ha convertido en el evento deportivo más visto del planeta, celebrándose cada cuatro años con las únicas excepciones de 1942 y 1946 a causa de la Segunda Guerra Mundial. En el desarrollo del campeonato se advierte que inicialmente el fútbol internacional tenía más pujanza en Latinoamérica, trasladándose posteriormente el peso de este deporte a Europa. De los 23 campeonatos jugados, 10 han sido ganados por americanos del sur (Brasil, cinco; Argentina, tres; Uruguay, dos), en tanto los restantes se han decantado hacia cinco países europeos: Alemania e Italia han conseguido cuatro campeonatos cada uno; Francia y España, dos por país; Inglaterra, la nación inventora del fútbol, un solo campeonato.
Quiere decirse que en toda Europa, donde el fútbol es el deporte más y mejor implantado, España pertenece al núcleo avanzado de los cinco países con estrella (cada mundial ganado se plasma en una estrella que luce en las camisetas del equipo nacional) en un honroso segundo plano, en tercer lugar detrás de Alemania e Italia, a la altura de Francia y por delante de Inglaterra.
La Europa actual desarrollada y moderna, no admite chovinismos ni pueriles rivalidades, pero es un hecho que el desarrollo deportivo de un país va en paralelo con el socioeconómico y cultural. Y España, un país que cosechó un penoso retraso en las décadas posteriores a la segunda guerra Mundial, empezó a coger el paso gimnástico de Europa en los Juegos Olímpicos de 1982, en los que salió de una dilatada marginalidad. En el fútbol, el deporte rey, el ascenso ha sido más tardío: no conseguimos el primer campeonato del mundo hasta 2010, cuando la democracia española había cumplido la treintena. Y el segundo nos llega al borde de la cincuentena. De cualquier modo, este segundo galardón podría subjetivamente indicar que España llega plenamente a colmar sus expectativas históricas de potencia media en Europa. Esta no es una verdad científica pero sí una impresión probablemente bastante extendida y desde luego incuestionable y valiosa.
Este escribidor, aunque muy amigo de algún sabio gestor de este deporte por antonomasia, entiende poco de sus interioridades y, por supuesto, del desarrollo deportivo de los clubes, pero siente gran interés en el fenómeno sociológico que representa la afición que dichas instituciones suscitan. Es sumamente llamativo que, salvo grupos irreductibles de menor cuantía, el apoyo moral y verbal a la selección española sean tan masivo, tan unánime y tan independiente de las agrupaciones nacionalistas que aparecen en la política. No solo la selección se nutre de jugadores de todos los orígenes territoriales y étnicos de España sino que la afición salta también barreras y acaba formando muchedumbres homogéneas e indiferenciadas.
Todos los elementos que caracterizan el fenómeno del fútbol y sus adhesiones permiten describir una normalidad espontánea que contradice supuestas y conflictivas realidades nacionales que sugieren división y crisis. Porque es difícil evitar concluir estas líneas sin señalar que, aunque este país esté repleto de cantonalismos y de nacionalismos de primero y de segundo grado —catalanistas, vasquistas, andalucistas…— existe también un sustrato genuinamente español, en parte intuitivo y en parte reflexionado, que refuerza el tronco común de este país pujante y que frena tanto las expansiones centrífugas cuanto el particularismo divisor que nunca le sentó bien a esta entidad nacional.